ZONA POLITEiA/ Bloquear el camino hacia el desastre

CÉSAR VELÁZQUEZ ROBLES (Sinaloa). Hay que bloquear el camino hacia el desastre. No hay un solo ejemplo de una sociedad que haya podido fincar su desarrollo social y material así como una convivencia civilizada, promoviendo la crispación y la polarización. Cuando estas se apoderan de la vida colectiva, se cancela toda posibilidad de consensos, el diálogo se vuelve imposible y los disensos, como lo estamos viendo ahora, se persiguen por la vía penal. Desafortunadamente, caminamos en esta ruta: la ruta de una regresión autoritaria; la pérdida de no pocas de las conquistas logradas por el movimiento democrático en estos azarosos años de la transición. Estamos corriendo el riesgo de una involución en las relaciones políticas y sociales que puede colocarnos en los años setenta del siglo pasado, cuando el viejo régimen autoritario priista se enseñoreaba de toda la vida pública mexicana. Sin embargo, causa una enorme desazón que muchos militantes que entregaron durante años su esfuerzo generoso para avanzar una sociedad moderna y pluralista, de mercados políticos y económicos abiertos, sean hoy fervientes defensores de un modelo autoritario, que busca restablecer los viejos controles gubernamentales,  reducir los espacios de expresión de amplios grupos sociales y derribar, demoler instituciones y mecanismos que en democracia funcionan como diques frente a los excesos arbitrarios del poder.

El presidente López Obrador, al atizar el conflicto de modo permanente, al recurrir a un lenguaje endurecido, que descalifica y niega todo valor a quienes no piensan como él, sean estos partidos de la oposición, representaciones empresariales, expresiones de la sociedad civil, académicos, comentaristas u opinadores, cierra las vías a toda conciliación, a cualquier posibilidad de acercar posiciones y a hacer de la política un espacio común de entendimiento que permita procesar al menos algunas elementales coincidencias que impidan una fractura mayor a la que ya estamos experimentando. Si la economía, que marcha decididamente hacia el desastre, estuviera creciendo a un ritmo aceptable –por ejemplo, con capacidad para recuperar los niveles del PIB previos a la pandemia– y si en las elecciones intermedias hubiera ratificado el enorme respaldo conseguido en 2018, no habría ninguna duda de que su propósito, el cambio de régimen, podría transitar sin resistencias. Pero resistencias hay, y muchas. Sin embargo, cuando no hay sensibilidad para integrarlas como parte de la necesaria reflexión y el debate obligado de nuestros asuntos públicos, se termina por atizar la conflictividad de la vida social.

¿Cómo va a abordar el gobierno la recesión de la economía? ¿Tiene capacidad por sí solo de trazar estrategias y desplegar políticas para dar curso a una nueva economía política del desarrollo? ¿Tiene el liderazgo para hacer creíbles sus propuestas? ¿Tiene autoridad política y moral para convocar a todos los factores de poder para generar las interdependencias que promuevan un desarrollo sostenido? Precisamente porque el gobierno no tiene estrategia para enfrentar la recesión y vamos camino de un sexenio de crecimiento cero, y porque las respuestas a las últimas preguntas son negativas, es que se hace necesario un cambio, un viraje para recuperar capacidad de crecimiento, de atracción de inversiones y de creación de empleos. Estos son los asuntos que constituyen nuestro talón de Aquiles, y que no pueden seguir obviándose, sino a condición de seguir camino hacia el desastre.

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