VIDA Y LECTURA/  Marguerite Antoinette Jeanne, Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour

MARCELA ETERNOD ARÁMBURU (SemMéxico, Aguascalientes). A finales de los años 80, Antoine Gallimard, presidente del poderoso grupo editorial francés “Éditions Gallimard”, le pidió a Josyane Savigneau -en ese entonces al frente de la sección “Le Monde des libres” que producía semanalmente un suplemento dentro del prestigioso diario “Le Monde”- que escribiera una sólida biografía sobre la primera mujer que fue admitida en la siempre masculina Academia Francesa de la Lengua.

Ante la petición ineludible de su jefe, Josyane Savigneau invirtió tres años en escribir “Marguerite Yourcenar. La invención de una vida”. Quizá la biografía más completa, equilibrada y documentada que se ha escrito sobre Yourcenar; escrita desde la admiración y la simpatía que Savigneau le profesaba a la escritora, pero con la mesura de una lectora inteligente y crítica, avezada en ponderar las fuentes y los documentos a los que tuvo acceso. El resultado es una biografía sorprendente, sincera y ampliamente documentada que presenta la compleja y productiva vida de Marguerite de Crayencour.

Desde que su padre, Michel René Cleenewerck de Crayencour, le ofreció costear él mismo la publicación de su primera obra, Marguerite transformó el patronímico familiar en “Yourcenar”, recombinando sus letras y eliminando una “c”. Ese fue el nombre con el que destacó, con enorme fuerza, como novelista, traductora, poeta y ensayista, desde mediados del siglo pasado. Es el nombre que aparece en su museo en Mount Desert, en Maine. Y es el nombre al que se le rinde un culto, casi sacramental, por parte de las y los eruditos en literatura francesa y por crecientes grupos de admiradores y lectoras, que la descubren al leer “Memorias de Adriano”.

Marguerite Yourcenar es considerada una escritora erudita y exquisita. Su erudición es producto de la cuidadosa instrucción, siempre en manos de adecuados preceptores y de su propio padre, de quien se afirma que fue quien le enseñó griego y latín. Dado que nunca acudió a una escuela formal, se deduce que recibió una excelente instrucción privada, regida por la exigencia y la disciplina que la acompañó toda su vida y la obligaba a reescribir y revisar, hasta el absurdo, todos sus textos. A ello también se debe su obsesión por la perfección y esa manía de revisar y reescribir sus textos.

En la biografía escrita por Savigneau destacan dos ejes que van a contextualizar la vida y la obra de Yourcenar. El primero, su constante deseo de viajar, la necesidad de moverse, de ir a diferentes lugares, de conocer todas esas otras latitudes a donde sus lecturas y ensoñaciones filosóficas la llevaban, para profundizar en esos territorios, ver su luz, internalizar sus olores y sabores. Conocerlos con detalle, con profundidad, con vocación de insertarse en ellos. La segunda, la libertad de ejercer su sexualidad sin los límites impuestos por las ñoñerías sociales, sin temores, pero con discreción y elegancia. “Alexis o el tratado del inútil combate” da cuenta de los desgarramientos y esfuerzos internos que viven las personas que no aceptan vivir en la mentira impuesta para no ser socialmente abominados y se confiesan, a sí mismos y a los demás, la verdad de sus inclinaciones.

En esta biografía se señala la importancia que tuvieron, a mediados de los años treinta, dos personas en la vida de Yourcenar, por los lazos que, aunque breves, fueron fuertes. Yourcenar está en Grecia, donde pasará varios años, y ahí conoce a Andreas Embirikos, escritor de izquierda (comunista), y a Lucy Kyriakos, pariente de un colega traductor con quien Marguerite está trabajando. Con ambos, tiene un romance que, con el tiempo, se vuelve evocador por su ternura e intensidad. Son los años en los que se está gestando la Segunda Guerra Mundial, cuyo inició se formalizará en septiembre de 1939.

Huyendo de esa guerra, Yourcenar viaja a los Estados Unidos, respondiendo a una invitación de Grace Frick, quien terminó siendo su compañera de vida durante los siguientes 40 años. La figura de Grace Frick como la mano derecha de Marguerite, como su administradora de tiempos y agendas, de horarios y diarios está ampliamente documentada, y abarca las cuatro décadas que convivieron juntas.

El papel de Grace Frick como organizadora de la vida de la escritora, su cuidado como archivista, curadora, documentalista y copista de todo lo que hizo Yourcenar, es minuciosamente narrado por Josyane Savigneau y se resume en el siguiente párrafo: “Además, había comprendido desde hacía mucho tiempo que al quitarle al otro toda preocupación por lo cotidiano, éste termina -por muy dominante que sea- siendo dependiente. Y fue gracias a ese frágil conjunto de amor, de cálculo (por ambas partes), de devoción (por parte de Grace) y de cierta sumisión (por parte de Marguerite), por lo que la pareja formada por ambas llegó a ser indestructible”.

Frick no pudo ver como Yourcenar lograba ingresar a la exclusiva y totalmente masculina “Académie Française”. Esa siempre varonil institución, fundada por el Cardenal Richelieu en 1634, integrada por cuarenta miembros, los famosos “Inmortales”, le abría sus puertas -tras casi 350 años de férrea tradición- a una mujer, a una escritora con densidad ontológica indudable y a una de las grandes figuras de las letras francesas, a Marguerite Yourcenar.

A los 76 años, con veinte votos a favor y diez en contra, según relata Feliciano Fidalgo, la Academia Francesa al fin contaba con la primera “…Señora de la Coupole”. Marguerite Yourcenar logró vencer a los sexistas, machistas, misóginos y tradicionalistas que se opusieron a ello con toda clase de argucias y descalificaciones. Su sillón, identificado con el número tres, fue el primero que ocupó una mujer, venciendo todos los obstáculos y con apoyo de cientos de reconocidas personalidades.

Mi sugerencia es que se lea la biografía escrita por Josyane Savigneau, a la par que parte de la obra de Yourcenar. Es decir, cuando se introduce en la cronología de vida un texto, se puede hacer una pausa para leerlo y retomar la biografía. Tomará un poco más de tiempo, pero valdrá la pena leer “Memorias de Adriano”, “Opus Nigrum” “Alexis o el tratado del inútil combate” y sus “Ensayos”.

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