SINGLADURA/ Más pasado que futuro

ROBERTO CIENFUEGOS. Casi sonó como un adiós el discurso este domingo del presidente Andrés Manuel López Obrador en Chapa de Corzo, Chiapas, muy cerca de su tierra natal, a donde volverá según tiene prometido y aún ratificado con insistencia, una vez que concluya su mandato en septiembre del 2024.

Tras inaugurar una sucursal del Banco del Bienestar en el ejido Revolución Mexicana, ratificó su compromiso de que no puede quedar mal y no puede defraudar al pueblo. Es probable que López Obrador viva atormentado esta última etapa de su gobierno cuando mira el reloj, que marca las horas y el ocaso de su gestión, tan prometedora para millones de mexicanos, pero tan agobiada. Primero por la falta de crecimiento desde el primer año de su administración, algo que es peculiar en todo inicio de gestión, pero que en el caso del hombre de Macuspana promete haber llegado para quedarse, con índices si acaso positivos para lo que resta del sexenio pero por debajo incluso y muy lastimosamente para los mexicanos de las mediocres tasas registradas con los gobiernos “neoliberales”.  El pobre crecimiento económico del sexenio constituye ya una pésima noticia para los mexicanos, pero todo indica que será la marca de los 70 meses de esta administración.

Luego, la pandemia del coronavirus, esa que no pudo ser atajada ni con el Detente exhibido por Amlo en Palacio Nacional cuando el virus comenzaba a cobrar cada vez mayor fuerza y letalidad. Así que la pandemia, lejos de caer como anillo al dedo -según una proclama ininteligible del propio López Obrador- ni siquiera ahora se ha detenido del todo cuando ya entramos en el tercer año de esta enfermedad, a duras penas contenida en parte por las vacunas, la experiencia y ciertos cuidados que mantiene la población.

En Chiapas, López Obrador prometió seguir fortaleciendo acciones en beneficio de la población en los meses que restan a su mandato, cada vez menos. Seguramente esto debe casi angustiar al presidente, el auténtico líder de la llamada Cuarta Transformación, que a decir verdad, pocos entienden, menos conocen, pero muchos aprovechan. Y esto debe ser otra enorme preocupación del presidente, que una vez alejado del poder real como también tiene prometido, podría ver naufragar su proyecto, o al menos, mirarlo absolutamente desdibujado de lo que él fraguó en sus horas de insomnio. Esto debido a que aún si la 4T preservara el poder presidencial luego de López Obrador, nada será igual ni podría. Baste ver que ninguna de las “corcholatas” y ni siquiera la preferida de ellas, poseen las características políticas del padre de la 4T, ninguna. Si acaso constituyen copias y muy malas del líder, cuyo ocaso constitucional se aproxima en medio de tensiones orgánicas y cronológicas propias de su condición médica en general.

López Obrador ofreció en Chiapas ayer domingo, lo único que ya puede ofrecer: “continuar apoyando” después de años de lucha. Por eso quiso exaltar y animar a quienes consideró los protagonistas de esa lucha.  ¡Cuántos años luchando!”, trató de resumir su largo, accidentado, extenuante periplo, al tiempo que reconoció “ya algunos se nos adelantaron”.

Por eso, dijo, “no podemos quedar mal”, pero lo cierto es que su sexenio ya está prácticamente sellado, marcado, trazado y con más pasado que futuro. Quizá lo siga obsesionando su lucha y la de quienes lo acompañaron hasta llevarlo a Palacio Nacional. E insistió: “no podemos quedar mal, no podemos defraudar al pueblo, no podemos traicionar al pueblo. No mentir, no robar, no traicionar”. Su arenga suena más a obsesión que a realidad cuando -insisto- su sexenio ya está sellado con los saldos a los ojos de quienes quieran verlos en la mayoría de las esferas públicas del país. Los datos no mienten, y las fuentes proliferan.

Por ello, se obsesiona con el tiempo encima. Así lo confiesa: “En el tiempo que nos falta vamos a continuar fortaleciendo todas las acciones en beneficio de nuestro pueblo”, su arenga cotidiana, la que todavía y pese a todo, aún emociona a muchos mexicanos, unos de manera sincera, otros por ingenuos, otros tantos por conveniencia, y muchos más por el temor profundo a admitir que una vez más la esperanza sucumbió ante la enorme desilusión que se acumula bajo el cielo encapotado del país.

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