VIDA Y LECTURA/ Ikram Antaki Akel

MARCELA ETERNOD ARÁMBURU (SemMéxico, Aguascalientes). En estos días de asueto, y ante la cada vez más incierta realidad nacional, recordé una de las frases que una escritora siria-mexicana, a quien leí hace ya algunos años, decía: “… en la vida terminamos siendo los libros que leemos y los amigos [y amigas]de los que nos rodeamos”. Como estoy convencida que el verdadero valor de una persona se puede medir por el número de afectos que logra hacer en su vida, y creo —además— que los libros son una de nuestras más plácidas, interesantes y amables compañías, releí con gusto y cierta extrañeza un par de libros de Ikram Antaki, cuya biografía incompleta da cuenta de una personalidad reservada e irónica, una erudición destacada y una gran facilidad para conversar sobre sus pasiones: la historia, la literatura, la filosofía y la importancia de la razón, gran invento de los griegos y fundamental como método didáctico.

Antaki estudió con monjas francesas en Damasco y su formación profesional la realizó en la Universidad de París. Terminados sus estudios de doctorado, volvió a Damasco; sin embargo, se negó a vivir en un país social y políticamente convulsionado, prácticamente en guerra permanente, y decidió irse lo más lejos que le fuera posible.

En una de las entrevistas que le hicieron, Antaki contó que tomó un compás y lo abrió a todo lo que daba para encontrar el lugar más alejado de Damasco, girando hacia la derecha encontró Japón, girando hacia la izquierda, la punta del compás señaló el Golfo de México, y fue así que decidió emigrar a México.

Como el día de hoy me niego a aceptar que somos el olvido que seremos, quiero sacar momentáneamente del olvido a esa exótica y poco ortodoxa maestra que haciendo gala de un profundo conocimiento rendía tributo al conocimiento, a la historia del pensamiento, a la lógica, a la literatura y a la poesía. Siendo muchas veces políticamente incorrecta, no temía el debate y podía apabullar a tirios y a troyanos con ejercicios de lógica brutales.

De entre sus textos, que mantienen su vigencia, los reunidos en la serie El banquete de Platón que abarca historia, ciencia, religión, filosofía, arte, espiritualidad, temas sociales y problemas éticos, entre otros, solo puedo comentar que se leen con gusto ya que abren puertas y ventanas a la curiosidad y contribuyen a reducir nuestra ignorancia. Su innegable amor a los conceptos, su pulcritud argumentativa y su capacidad dialéctica la hacían destacar en un mundo de varones misóginos que no concebían que una mujer pudiera darles las tres y las buenas.

Una vez acorralado el adversario y ante sus enconos, solía decir que ya sabía que había nacido maldita, no porque lo dijera el adversario, sino por haber nacido mujer, y haber nacido en un país musulmán donde las mujeres no tenían ningún valor. Nunca logré dilucidar si se trataba de un toque de humor antakiano.

De lo mucho que escribió Ikram Antaki El espíritu de Córdoba es para mí una novela entrañable. Se trata de un diálogo epistolar imaginado por la autora entre dos personajes históricos: Averroes (árabe) y Maimónides (judío), cuya finalidad es mostrar que es posible dialogar, discutir, debatir e intercambiar hechos y datos si tenemos la templanza espiritual para hacerlo, enfatizando que es un espíritu de comprensión y tolerancia lo que debe animar el intercambio de puntos de vista e interpretaciones, no aferrándose a supuestas verdades, ni parapetándose en certezas absolutas (las cuales son falsedades por definición) con el único objetivo de comprender dos culturas con concepciones, por decir lo menos, diferentes.

Sus puntos de contacto, su influencia mutua y sus contradicciones, nos permiten acercarnos a un encuentro ficticio pero posible, gracias a la voluntad de dialogar. En El espíritu de Córdoba, Ikram Antaki logra interesarnos en varios dilemas fundamentales tomando como base la filosofía de la religión, la ética y la historia, pero dándole un sello de cuestionamientos contemporáneos esenciales.

Mención aparte merece el tema del resentimiento histórico que permea a las concepciones de unos y otros, y que se levanta como muro infranqueable que solo puede derrumbarse reconociendo las diferencias, dejando de lado las recriminaciones, procurando la inclusión, el respeto y la comprensión.

Y quizá, dados los tiempos que estamos viviendo, a alguien le sea de utilidad leer El manual del ciudadano contemporáneo donde plantea la construcción de una civilización racional, respetuosa, tolerante, de derechos; una República con muchas voces, un Estado democrático y una ciudadanía vigorosa que abomina la violencia y el autoritarismo.

A más de una década de su muerte, es obligado decir que Ikram Antaki Akel brillo con intensidad por sus conocimientos, su sensibilidad y su honestidad intelectual. Logró que un público reacio a explorar temas complejos la escuchara con éxito y disfrutara sus articulados programas de radio. Aunque una parte importante de la intelectualidad mexicana siempre la trató con “pinzas”, y si no la eludió del todo, procuro mantenerse alejada de ella, como afirma el único hijo que tuvo (Maruan Soto Antaki). Sus detractores aprendieron a eludirla para mantener la idea de que era desacertada y conflictiva; sus críticos la minimizaron y cuando pudieron la ridiculizaron; sus opositores simplemente cerraron filas y la mayoría de sus admiradores se sumergieron en la calidez del olvido.

Leer a Antaki es darse la oportunidad de poder pensar en algo más que la cotidianidad cambiante que, a veces, abruma; es poder reflexionar, es darse un regalo de reyes que lo único que nos cuesta es tiempo para disfrutar de ese enorme placer que es leer, sin prisa, con pausas y con entusiasmo.

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