TEXTURA VIOLETA/ Uso de mujeres en la democracia a puñetes

DRINA ERGUETA

SemMéxico, La Paz, Bolivia. Se realizó una interesante charla académica sobre democracia, organizada en la Universidad Pública de El Alto (UPEA), en Bolivia, donde se criticó mucho a la democracia liberal elitista y se habló de otras existentes y posibles, además preguntarse ¿cómo hacer para entrelazar dos formas sociales de elección de mandos vigentes en Bolivia? Por un lado, la de pueblos originarios rurales que llega y se expresa de alguna manera en sectores de ciudades como El Alto y la citadina plena, urbana, colonial, clasista, formal y hegemónica que tiene como referente al mundo occidental.

Además de la liberal, se habló sobre la democracia representativa, deliberativa, participativa y, también, la directa y la rotativa que ejercen los ayllus. Hoy, de estas democracias, la liberal es la predominante y en ellas en general los varones son omnipresentes en los liderazgos más altos. Incluso en la tarima de la charla en la UPEA sólo había hombres. Sé que se buscó que una mujer estuviera, pero no fue posible, seguramente porque en un mundo de hombres las mujeres se sienten inseguras o son más reacias a participar.

En todo caso, mientras desde esa seria palestra académica se cuestionaba la democracia liberal y se planteaban otras posibles, en Bolivia impera la democracia a puñetes, donde las mujeres ejercen una representación delegada del ejercicio de esta. No se trata de una apreciación ligera, ya que en los hechos este tipo de democra-pugilato logra efectos concretos en espacios institucionales, como en la Asamblea Plurinacional o parlamento, evitando la aprobación de leyes, retrasando su tratamiento, poniendo en riesgo según qué política que depende de ello. Por otro lado, en los sectores de las organizaciones sociales, este tipo de “ejercicio democrático” se produce en congresos y reuniones decisorias, en los que vuelan patadas, sillas y carajazos, ocasionan divisiones irreconciliables, creación de instituciones paralelas, disgregación de fuerzas y por ello de influencia, además de poner en riesgo la reelección de un gobierno. No es poca cosa.

Pero volvamos a las mujeres como representantes delegadas del ejercicio de la democracia a puñetes (llámese también, a arañazos, jaladas de cabellos, empujones y escupitajos) que se da en el parlamento. Como la Asamblea Plurinacional es un espacio público donde los hombres evitan enfrentarse a golpes para resguardar de alguna manera su imagen, como mucho menos éstos pueden golpear (públicamente) a una mujer del bando contrario porque se les acusaría de violencia machista, son las mujeres diputadas las que salen a jalonear o golpear a quien esté en el otro frente político y, a su vez, son las mujeres de éste que también se les enfrentan, trenzándose entre ellas, dando un espectáculo jugoso que hace salivar a los canales de televisión mientras comentan: “¡Qué bochorno!”.

La Ley 26 del Régimen Electoral establece la paridad y alternancia de género en las listas electorales para garantizar una participación del 50% de mujeres en el Parlamento y concejalías municipales. Si bien esto se cumple, la presión sobre las electas desde los hombres para quitarles el lugar o silenciarlas es muy alta, siendo que, pese a que Bolivia es el único país en Latinoamérica que cuenta con una ley contra el acoso político hacia las mujeres, la Ley 243, los casos denunciados sólo de parte de concejalas municipales suman 151 en 2023.

En este panorama, positivo sólo por la paridad legal, las mujeres o permanecen en sus cargos electos invisibles o invisibilizadas; son desplazadas mediante desprecios, amenazas o golpizas; pocas resaltan por actividad política propia o, como en el caso del pugilato, asumen roles masculinos violentos siendo así utilizadas de fuerza de choque por los bandos enfrentados; aunque, parece que ellas piensan que así están empoderadas.

La democracia a puñetes es fundamentalmente masculina, delegada y elitista, ya que los golpes los dan y reciben los de tercera fila o más abajo, si son mujeres mejor. Jamás se verá golpeándose entre ellos a Carlos Mesa y Evo Morales, ni a éste con Luis Arce, menos a Fernando Camacho que parece que es “macho” si hay guardaespaldas. Todos delegan ese rol que lastima y, en general, desprecian esta práctica y a quienes se dejan usar. Pero la imponen constantemente, a falta de argumentos o discurso.

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