SINGLADURA/ Pasa todo y nada

ROBERTO CIENFUEGOS J. ¡Asómbrese si aún le queda esa capacidad! México es el país donde las cosas de la cosa pública van de mal en peor y, paradójica, curiosa y extraordinariamente, no pasa nada. No se ría. Los mexicanos seguimos la vida, así nomás, de largo, así hasta llegar al panteón. Renegamos de muchas, casi de todas las cosas que vivimos cada día, pero sin que éstas dejen de pasar, resolverse y/o remediarse. Seguimos vivos, eso es lo bueno, lo extraordinario. Porque al final, siempre nos consolamos, creamos una narrativa para primero explicar y luego justificar el por qué así y no de otra forma. Nos salió barato, pudo haber sido peor, lo bueno es que tenemos vida, son algunas de las expresiones con las que encontramos todo tipo de consuelo, aliento y esperanza para seguir en el diario suceder de la vida.

Esto, que pudiéramos llamar la filosofía del mexicano o la naturaleza del mexicano, estudiada por Octavio Paz o Samuel Ramos, nos ayuda, nos alivia y nos da energía suficiente y aún de sobra para proseguir en nuestro camino, mientras no ocurra nada grave, aun si ocurre, o peor aún, si sobreviene incluso lo irremediable. Pero siempre nos consolamos, nos reconfortamos o nos resignamos para seguir el camino que nos toque. Así somos. Quizá sea una virtud muy mexicana por lo demás, o nuestro peor defecto como pueblo, o como sociedad. Seguimos, siempre seguimos, como sea. Así vivimos, o nos morimos cada día, pero seguimos porque aquí no pasa nada.

Durante décadas, por ejemplo, pensamos -no sin una carga de ingenuidad- en que la derrota suprema del PRI abriría la ruta, la tan ansiada ruta, hacia la resolución de casi todos los problemas del país. Una vez derrotado el PRI, visto como el peor leviatán del mundo, México accedería casi por arte de magia a un estado supremo de felicidad nacional, donde los peores problemas asociados a la prevalencia septuagenaria del PRI, prácticamente se esfumarían. Y pácatelas, la expectativa tocó con una sorpresa mayor al percatarnos de que la casi extinción del PRI no significó el inicio de la recuperación plena del país ni la supresión de las peores prácticas políticas asociadas al hoy casi extinto tricolor.

De manera también ingenua y/o esperanzada quizá, asumimos que el foxiato no nos fallaría como dijo el ranchero gigantón de botas en El Ángel de la Independencia la noche de su triunfo en julio de 2000, hace ya más de dos décadas. Pues no. Entre las botas de charol, los besos fuera de El Vaticano y la expectativa presidencial de Marthita Sahagún, se nos fue el sexenio, que tuvo la bendición -si, bendición como pueblo milagrero que somos- de los precios petroleros altos. El foxismo consumó la hazaña de desterrar al PRI del poder, pero hasta allí llegó. Se echó a la hamaca y otra vez, México se quedó a la zaga del gran cambio y, por supuesto, de la resolución, o al menos del inicio de una etapa para la resolución de los peores problemas nacionales.

Más tarde, el calderonato nos entrampó en una guerra contra el crimen y el narcotráfico, que envolvió prácticamente el sexenio completo y lejos de resolver un drama nacional, provocó los peores daños colaterales para un país bajo el asedio criminal. Nada, pero peor.

Con la misma ingenuidad, esperanza o urgencia, creímos en general que los priístas habían aprendido la lección derivada del destierro del poder presidencial y asumimos otra vez de manera equivocada que Peña Nieto, el joven enjundioso, parte de un grupo políticamente poderoso y con la experiencia de gobierno en el Estado con el mayor peso electoral del país, haría la diferencia. Pronto se desinfló. El globo mexiquense fue agujereado por la corrupción y casos tan graves como La Casa Blanca, la Casa de Malinalco, Higa Construcciones y la verdad histórica de Ayotzinapa, así como el crimen y el narcotráfico rampantes. ¡Kaput para un gobierno que antes del término constitucional arrió sus banderas ante la avalancha formidable de una ola denominada la Cuarta Transformación!

¿Y ahora qué? ¿Estamos mejor que antes? Pasada más de la mitad de un gobierno que se dice transformador, cada quien saque sus propias conclusiones, las que mejor acomoden a cada circunstancia, credo, ideología, teología o convicción.

Ha pasado casi de todo en estos poco más de tres años, pero no pasa nada. Lo bueno es que seguimos vivos y con eso tenemos bastante. ¿O no?

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