SINGLADURA/ Mercachifles

ROBERTO CIENFUEGOS J. De cara al ambiente económico, social y político de México en estos días, semanas y meses, cuando la ciudadanía volverá a las urnas el cinco de junio próximo para elegir en seis entidades a los titulares de los ejecutivos estatales, y cuando aún en lontananza si se quiere, ya se vislumbra la disputa por “La grande” del 2024, se observa que el tema nacional de fondo es político, por encima incluso de otras asignaturas y ámbitos.

Hace años, ya varias decenas de años, México no encuentra la solución política que requiere para su desarrollo. El fenómeno es grave porque revela que la clase dirigente o política, si así se le quiere llamar, no ha estado a la altura de las circunstancias y mucho menos ha sido capaz de actuar para resolver los cada vez mayores y más complejos problemas nacionales. No hablemos ya de figuras políticas de Estado. No las hay y tampoco las ha habido, así haya quienes pretendan endilgarse el título de prohombres y/o próceres de la historia patria. Nada de eso. Apenas si gobiernan de manera facciosa para sus clientelas electorales, y no para todo un país tan complejo, enorme y poblacionalmente diverso como México.

Un repaso a vuelo de pájaro deja ver esta ausencia, grave, de genuinos políticos de Estado. Mire hacia atrás y se dará cuenta que de manera predominante quienes ejercen y han ejercido el poder político en México, desde sus escalas municipales, estatales y federales, se achican cada vez más.

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique me comentó un día en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que México carecía de una clase política auténtica. Dijo en cambio que se trataba de una clase dominante, incapaz incluso -añadió- de desarrollar y aun inventar ninguna nueva estructura constitucional acorde con las necesidades inherentes al proceso histórico de nuestros países. Todo lo han copiado y/o importado, lamentó. Aunque en ese momento, el comentario del escritor me pareció un tanto cuanto exagerado, el tiempo parece haberle dado la razón. Basta ver los desatinos de nuestra clase política. Sexenios llegan, sexenios van y otros vuelven, y México sigue atado a un torbellino de presuntos cambios, sin que ninguno cuaje para que el país entre de manera clara en un círculo virtuoso de desarrollo material, con lo que el deterioro educativo, social y aún moral, crece a paso agigantado. Apena decir esto, pero es la norma en general.

Alcaldes, legisladores, gobernadores, secretarios de Estado y hasta presidentes, no parecen dar el ancho en sus respectivas áreas de responsabilidad y trabajo. El país retrocede eso sí, se deteriora, involuciona o, al menos, parece que sus problemas son cada vez mucho más grandes que las soluciones que impulsan o proponen sus políticos. Vamos de tropiezo en tropiezo, y pasamos de la enorme, gran expectativa y esperanza, a la gigantesca, profunda y desilusionante realidad. ¿Dónde están los hombres de Estado? ¿Dónde los políticos que resuelven y/o dan cauce a la resolución de los cada vez mayores problemas del país? Si acaso, plantean soluciones a medias, parciales, limitadas y muchas veces cuajadas de encono. Facciosas al fin.

México requiere replantear el perfil de sus políticos para exigirles a fondo, para hacerlos responsables de sus cargos y/o desempeños. Seguimos padeciendo en general a políticos mediocres, interesados predominantemente en medrar desde la esfera pública, muchos de ellos incluso al precio que sea en un país dominado por la estafa, la impunidad, el encubrimiento, la protección de bandos y aún la corrupción, que goza de cabal salud, así se sostenga lo contrario para proteger al grupo, la camarilla,  el bando, pero por encima de todo, el poder, su real vocación y apetito.

La ciudadanía mexicana tenemos la obligación de la vigilancia y más aún, de la acción para exigir una mejor clase política, formada no para ganar elecciones, sino para impulsar el futuro del país bajo una concepción de Estado. De otra forma, seguiremos dando tumbos y pasando de la gran expectativa al desencanto profundo. Es tiempo de imaginar el fin de los mercachifles de la política, que hacen hoy por hoy, una vergonzosa mayoría en la escena pública y gubernamental.

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