SINGLADURA/ El ring

ROBERTO CIENFUEGOS J. Es su estilo, su modito, y los ha puesto de manifiesto desde sus viejos años de hacer política. Podría caracterizársele como un político “entrón”, o para decirlo de otra forma, una muy coloquial, un hombre que no tiene pelos en la lengua. Él lo dice de otra forma. Mi pecho no es bodega, precisa.  Tuvo los aprestos para autoproclamarse presidente legítimo con el argumento de que le hicieron fraude en 2006, cuando Felipe Calderón por un margen escasísimo, fue investido presidente del país. López Obrador tomó Reforma. La historia se conoce sobradamente.

Siguió su largo bregar en busca de la presidencia de México. Lo logró a punta de calcetín, al recorrer varias veces la geografía nacional. Se le ha reconocido su tenacidad, otros la llaman necedad u obsesión. En 2018 alcanzó el sueño largamente pospuesto de convertirse en presidente. Fue sin duda un triunfo avasallante, dicho esto sin regateo alguno y tampoco posible.

Así se puso al frente, en la línea de fuego, de lo que no sin cierta dosis de ensoberbecimiento, denomina la Cuarta Transformación, una que muy desafortunadamente para los mexicanos, divide, polariza y parte al país entre quienes están con él o en su contra, así, sin medias tintas ni tonos grises. Un cromática única, blanco o negro. También de sobra es conocida su pugnacidad. No da tregua y el estrado de Palacio Nacional como un ring, es el atila político del país, donde casi cada mañana se pronuncia sobre todo tipo de asuntos. Como dijo el gran Terencio, nada de lo  humano y aun lo divino le resulta ajeno.

Pero su modito, su estilo, es consustancial. Con frecuencia me hace recordar a Mike Tyson en su pelea al cierre del 1996 contra Evander Holyfield por el campeonato del peso pesado de la Asociación Mundial de Boxeo, un capítulo donde le lanzó una tarascada a la oreja de su oponente, que se hizo mundialmente famosa. López Obrador se pone los guantes cada mañana y arremete contra todo y contra todos si es que no se acomodan a él y su gobierno. Es su estilo. No lanza tarascadas, claro, pero si dardos verbales cada vez de mayor calibre. Los conocemos bien los mexicanos. Es el estilo, el modito presidencial. Quienes difieren, critican o se oponen desde sus escaparates, no comparables claro con Palacio Nacional, pues ya sabemos lo que se ganan, no salen indemnes. No lo repetiré aquí. Se sabe sobradamente en la narrativa presidencial, hasta ahora eficaz, aguda y permanente.

Entre los capítulos más recientes de una larga disputa con periodistas, destaca la respuesta a los 607 diputados del Parlamento Europeo, a quienes llamó “borregos” por sumarse a las solicitudes para que el gobierno contribuya a generar un entorno seguro para periodistas y activistas de derechos humanos. El incidente polarizó una vez más en México y tuvo repercusiones en Europa. ¿Y? Pues nada. Allí quedó ya el registro.

Bueno, si Antony Blinken, el Secretario de Estado de Joe Biden, comenta sobre los periodistas mexicanos, así le va. Lo moquetea y lo insta a informarse sobre lo que ocurre en un país que ya no es colonia ni protectorado, ni mucho menos tierra de conquista. No hay cansancio ni tregua para repeler, mucho menos mesura. Así anoche justo otro periodista, el octavo al hilo en menos de tres meses, haya sido asesinado.

Así está más que claro que no hay ni habrá nada que cambie o al menos modere el estilo, el modito presidencial. Al parecer ese modito le funciona a López Obrador, cuya popularidad, según diversas encuestas y/o sondeos, se mantiene alta para despecho de sus opositores y adversarios. Así seguirá, seguramente. En consecuencia, es previsible que el ring de la matutina sólo se extinguirá sí acaso cuando el sexenio concluya. El ring es una pieza crítica para un presidente que libra todas sus batallas, o al menos la mayoría, en su Palacio. Después de todo, la matutina cotidiana es un ejercicio crítico, fundamental.

No hay nada más importante que subir al estrado y atizar el combate. Hay sin embargo una gran interrogante sobre el saldo de este combate cotidiano. ¿México será un mejor país en 2024? ¿Habrá valido la pena tanta dinamita verbal? El tiempo nos lo dirá. Ya falta menos.

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RoCienfuegos1

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