LA COSTUMBRE DEL PODERLA COSTUMBRE DEL PODER

Tomás Nevison y el argumento del mal menor, o del bien mayor

*¿Cómo determinar lo que es un mal menor, o su inversa? Escribe Marías: “La crueldad es contagiosa. El odio es contagioso. La fe es contagiosa… Se convierte en fanatismo a la velocidad del rayo. Por eso encierran tanto peligro, por eso son difíciles de parar. Cuando uno quiere percatarse, ya se ha propagado como un incendio en el bosque (o una sugerencia en la mañanera)”

GREGORIO ORTEGA MOLINA. ¿Quiénes y cómo determinan el mal menor, y lo que ha de hacerse para conseguirlo? ¿O lo contrario, el bien mayor, y cómo proceder para que la sociedad obtenga ese beneficio? Cuando es determinado por vidas que han de segarse, ¿quién toma la decisión final y cómo se elige al o a los ejecutores? ¿Es una función del Estado, exigida por grupos de poder, o impuesta para cumplir acuerdos con gobiernos extranjeros?

Cuando Pilatos decide dar tiempo a Jesús, y antes de condenarlo lo envía con Herodes, además de buscar una complicidad, trata de establecer el mal menor. Tan es así, que pide un recipiente para lavar sus manos de toda responsabilidad histórica, porque los sacerdotes eligieron perdonar a Barrabás, que, por donde se le vea, sí era -para pichicatear certeza teológica al cristianismo- ese bien mayor (como el suicidio de Judas) tan anhelado por Anás y Caifás: la protección de su feudo, y, por el otro lado, refuerzo para que se fortaleciera la confianza en Cristo y su función en el mundo.

Soy lector de Javier Marías desde hace más de 20 años, cuando cayó en mis manos Mañana en la batalla piensa en mí; terminó de seducirme con la trilogía Tu rostro mañana, donde deja muy claro que siempre es deseable que muera el que está a tu lado, porque nunca sabes cuándo ni cuál ni cómo es tu momento.

En Tomás Nevison va más allá con las diversas hipótesis de la muerte necesaria, y la manera en que ha de proceder quien ha de infligirla, para hacerle sentir que su acción es correcta y permanecerá protegida como servicio a la comunidad y al Estado y, por ende, su ética y moral no han de padecer ni un momento de inquietud.

Hemos de regresar a la interrogante inicial, debido a que en esta nación cada 24 horas hay más desaparecidos, más feminicidios… y también se incrementan, aunque no tan rápido, las muertes de periodistas, activistas en defensa del medio ambiente, víctimas de trata y del tráfico de estupefacientes. ¿Resultan mejores los abrazos?

¿Cómo determinar lo que es un mal menor, o su inversa? Escribe Marías: “La crueldad es contagiosa. El odio es contagioso. La fe es contagiosa… Se convierte en fanatismo a la velocidad del rayo. Por eso encierran tanto peligro, por eso son difíciles de parar. Cuando uno quiere percatarse, ya se ha propagado como un incendio en el bosque (o una sugerencia en la mañanera)”.

De alguna manera habremos de sortear el peligro que nos acecha y se renueva en el Salón de la Tesorería.

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