LA COSTUMBRE DEL PODER/ El invierno del patriarca

*Creo que desde la semana que corrió entre el 17 y el 21 de enero últimos, nuestro patriarca empezó a experimentar esa diferencia que zanja, de manera definitiva, la distancia entre el otoño y el invierno. Sabe, como lo supo hace mucho, aunque se negó a aceptarlo, que no es lo mismo querer, que desear y poder. Cuando no se puede, aunque te ayuden

GREGORIO ORTEGA MOLINA. En el calendario la distancia entre el otoño y el invierno es de una hoja. Las 24 horas de un día con el primer minuto del siguiente marcan la diferencia… y la distancia.

En la vida no es así, ni siquiera se asemeja a la más desafortunada de las narraciones de Gabriel García Márquez. El otoño del patriarca es un esfuerzo tenaz por entender el proceso de envejecer, incluida la sevicia del tiempo sobre el cuerpo humano, pero encima de todo sobre la razón. Es cuando se hace difícil aceptar que no es lo mismo sentir la lumbre en los aparejos, que constatar que los dedos de los pies se entumecen y adquieren ese color fúnebre que anuncia la gangrena y la urgencia de amputar, para no morir.

Creo que desde la semana que corrió entre el 17 y el 21 de enero últimos, nuestro patriarca empezó experimentar esa diferencia que zanja, de manera definitiva, la distancia entre el otoño y el invierno. Sabe, como lo supo hace mucho, aunque se negó a aceptarlo, que no es lo mismo querer, que desear y poder. Cuando no se puede, aunque te ayuden.

La inteligencia y la capacidad de razonar son insustituibles, y su único vehículo para expresar las conclusiones obtenidas en el proceso de pensar y dialogar, es la palabra como una continuidad, insustituible, del logos. Si así es, resulta imposible la contradicción; si se cae en ella, es que se tropezó con la tontería y la imposibilidad de hacer lo que se supone que es bueno hacer, cuando del gobierno de los humanos se trata.

¿Cómo ha de proceder un gobernante que hace tiempo vive en el invierno de su tiempo medido? Lo importante es que acepte dónde está parado, que no es lo mismo sentir bajo los pies el parqué de Palacio Nacional, que el hielo que obligó a Roald Amundsen a meditar seriamente en su necesidad de regresar, y permitir que fuesen otros los que completaran la investigación, llegaran a las verdaderas metas.

Todo lo anterior, para remitirnos al texto de ayer sobre la idea de México, porque no veo en el presente, ni en el futuro inmediato, un patriarca con todas sus facultades, para guiar conceptualización, diseño e instrumentación de un proyecto de futuro, al que no le suceda lo que ocurre con los planes nacionales de desarrollo y las ambiciones personales. La patria y el Estado deben ir primero.

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La vejez debilita la templanza y la cordura en el decir y el hacer. La usura del tiempo hermana a Andrés Manuel y Porfirio Muñoz Ledo, aunque es preciso subrayar que el primero se apresuró a llegar. Lo hizo años antes que el segundo.

Al que ha de colocar en pausa el contrapeso de los poderes Legislativo y Judicial, es al presidente de la República. Pausa en el término preciso de la palabra, que implica suspender en el tiempo y su involución o evolución, un movimiento físico. Puede no ser definitiva, a menos de que sobrevenga la muerte del proyecto o la palabra del líder se convierta en dislate y ponga en riesgo a la nación.

Alejandro Encinas, por simple vergüenza, debe renunciar. Es responsable de la seguridad física de periodistas y líderes de defensa de medio ambiente y derechos humanos, pero carece de los recursos económicos para lograrlo. Se los matan.

Además, el dicho presidencial entorpece su función. Seamos sensatos, cuántas de esas vidas desperdiciadas se deben al boquiflojo que es huésped principalísimo de Palacio Nacional. Y lo que nos falta, solapado por sus adoradores.

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