Durante más de dos siglos, la Universidad de México no necesitó una biblioteca refiere Manuel Suárez Rivera (I)

Norma L. Vázquez Alanís

Ciudad de México, 04 de febrero (entresemana.mx). Aunque la creación de una universidad en Nueva España se dio por cédula real de Carlos V e inició su cátedra el 25 de enero de 1553 bajo el nombre de Real Universidad de México, su biblioteca se fundó en 1761 -más de 200 años después-, lo que significa que aquel centro de estudios careció de tal servicio durante todo ese tiempo, aunque sin menoscabo de su calidad educativa.

Parecería inverosímil que una universidad no contara con una biblioteca, porque los parámetros que tenemos arraigados hoy en día nos hacen imposible entender una institución semejante sin bibliotecas, sin estudiantes yendo a ellas todo el tiempo; actualmente las bibliotecas son indisolubles de las universidades, pero antes era distinto.

Al participar en el ciclo de conferencias ‘Historia del libro en Nueva España’, organizado por el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM) Fundación Carlos Slim, la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y el Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el doctor en Historia Manuel Suárez Rivera presentó un interesante trabajo de investigación que le llevó siete años, para hacer el libro Historia de la Biblioteca de la Real Universidad.

El ponente explicó que la conferencia sería una especie de síntesis global, un poco a nivel de difusión, de este tema tan maravilloso que son las bibliotecas, acerca del cual la primera duda cuando se estudia el asunto de las bibliotecas en las universidades, es por qué un claustro como la Real Universidad de México no tuvo una biblioteca sino hasta dos siglos después; esa pregunta -aseguró- tiene mucho sentido, pero también tiene explicaciones desde el punto de vista histórico.

El doctor Suárez Rivera recordó que, si bien las universidades se crearon alrededor de los siglos XII o XIII, las bibliotecas nunca fueron necesarias debido a la dinámica de las clases, que se basaban en el esquema escolástico donde obviamente el libro siempre estuvo presente y era muy importante para la universidad medieval, pero era un texto muy específico y distinto al que entendemos hoy.

Ahora el paradigma de lectura es extensivo, explicó; entre más libros y más lecturas tenga el alumno, su formación será más completa, mientras que en aquella época era justamente al revés, se pretendía que el estudiante tuviera un texto bien aprendido, pues era una sociedad con una enorme estabilidad memorística.

Todo el conocimiento estaba en los Corpus

Para acercarse al estudio de esta biblioteca hay que entender la historia de las universidades, pues en la actualidad se cree -un error común- que la universidad se llama así por el conocimiento universal, pero en realidad esta palabra se refería a un conjunto de individuos que en el Antiguo Régimen (periodo del último tercio del siglo XV al primero del siglo XVIII) era una sociedad corporativista. De manera que, por ejemplo, la universidad de mercaderes era un conjunto o universo de personas de un mismo oficio; y en el caso de las universidades como se les conoce ahora, era un gremio que se encargaba de transmitir el conocimiento y su monopolio le permitía otorgar grados, que daban un estatus jurídico y social.

Estos grados eran licenciado, bachiller y doctor. Para el primero el requisito indispensable de ingreso era tener conocimientos de gramática y retórica, pues todos los textos estaban en latín y griego porque en esa época la lectura se hacía en latín, y si alguien no lo sabía, era imposible que accediera a otros saberes.

Después se ingresaba a un bachillerato en Artes que duraba tres años -lo que actualmente es la preparatoria, haciendo una extrapolación anacrónica- y luego se necesitaba incorporarse a un bachillerato en otra facultad, así que eran facultades menores para bachillerato porque las mayores eran para el grado de licencia otorgado por el gremio para que la persona pudiera enseñar. Posteriormente se cursaba el grado máximo que era el de doctor.

En la Real Universidad de México había esa tradición escolástica porque era un claustro que venía en línea directa de la de Salamanca. Había sólo cinco facultades porque el conocimiento estaba organizado así, y eran las de Teología, Derecho Canónico, Derecho Civil, Medicina y Artes; aparte estaban las facultades menores de gramática, retórica y lengua mexicana, donde se enseñaba el náhuatl.

El doctor Suárez Rivera expuso que la relación de esta dinámica escolástica con el texto era muy importante, porque tenía una autoridad de doctrina, es decir, había un autor que detentaba la doctrina y entonces se generaban una serie de acotaciones alrededor del texto, que se denominaban glosas o comentarios de ordinarios; después se elaboraban otros comentarios o sumas de las cuales surgían algunos manuales; de esta manera se producía una especie de conocimiento troncal en donde había un texto de origen del cual empezaban a surgir distintos autores comentaristas, que formaban un cuerpo ya muy grande en el cual la habilidad principal que se esperaba de los estudiantes era que supieran argumentar y contraargumentar.

La dinámica escolástica fue muy clara y en la Real Universidad de México, en sus constituciones, se establecía que se debía leer una hora entera por el reloj de la universidad o ampolleta, después media hora dictando y escribiendo y otra media hora explicando lo que hubieran escrito en latín, si no es que la dificultad fuera tan grande que pidiera su explicación en romance. Este punto es importante -dijo el doctor Suárez Rivera- porque actualmente en idioma anglosajón todavía se mantienen remanencias de cómo se hacía una cátedra de ciencias en inglés.

En este tipo de enseñanza la presencia del texto era primordial y la clase se dividía básicamente en tres partes: la lectura, es decir la introducción a un tema por medio de la lectura de un autor facultativo; la disputatio, que eran otras maneras de enfrentar el problema a través de los comentaristas; y al final la conclusión, que era la defensa de la solución más acertada.

El conferenciante hizo notar que por eso era una dinámica muy distinta y hay que intentar entenderla, lo cual es muy difícil a tantos siglos de distancia, pero conociendo la manera como estaban organizadas estas clases, se puede inferir por qué no era necesaria una biblioteca.

Además, en los estatutos de la universidad estaba especificado cuáles eran los textos que se debían leer y todos los conocimientos de cada facultad estaban perfectamente establecidos en los Corpus luris Canonici, Civilis y Médico; ahí estaba sintetizado todo el conocimiento de los autores y de los comentaristas, generalmente en cuatro o cinco tomos, de forma que todo lo que tenían que estudiar los alumnos estaba en estos libros y por ello no necesitaban una biblioteca.

(Concluirá)

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