BELLAS Y AIROSAS/ Ser funcionaria de casilla: el México que me gusta

ELVIRA HERNÁNDEZ CARBALLIDO

SemMéxico, Pachuca, Hidalgo. Sonó el timbre de mi casa. Fue tan raro. Recibimos pocas visitas. Me asomé a la ventana y apenas se alcanzaba a ver el sombrero de un hombre detrás de nuestro coche. Al preguntar: ¿Quién? No tuvo que decir nada, se dejó ver completo, luciendo su chaleco del Instituto Nacional Electoral (INE).

Prudente, se fue acercando, justificando que buscaba a Elvira Laura Hernández Carballido. Soy yo.  Es que, pues… Le tocó ser funcionaria de casilla -dijo bajito. ¿No me diga? ¡Qué padre! ¿De verdad le da gusto? -respondió sorprendido e incrédulo. Oiga -contesté-, van a ser unas elecciones muy importantes, por primera vez hay una alta posibilidad que México tenga a una mujer presidenta. Quiero ser testiga muy cercana de ese momento que será histórico.

Su timidez desapareció y entró a mi casa como un amigo más. Llenó papeles y no dejaba de repetir que ojalá todas las personas reaccionaran igual que yo. Me dejó un documento y aseguró que pronto se pondría en contacto.

Tal vez mi actitud provocó una rara situación o de verdad fue la suerte, pues la siguiente semana llegó una chica del INE a informarnos que mi esposo e hijo también serían funcionarios de casilla. Ellos, días después, recibieron un correo para asistir a un curso, yo no. Me decepcioné, quizá ya no me quisieron contemplar, supuse. Sin embargo, más tarde recibí un mensaje donde se indicaba que me visitaría un capacitador, fue así como conocí a Jorge Rubén García Licona. ¡Qué tipazo! Solidario, paciente y generoso me explicó el nombramiento que iba yo a tener, entregó unos cuadernillos, compartió un enlace para tomar un curso virtual y desde ese momento nunca dejó de estar en contacto.

Debo reconocer que quedé muy admirada de la capacitación que se otorga: Infografías claras, charlas sencillas, animaciones lindas, datos precisos, explicaciones puntuales, exámenes nada complicados y felicitaciones constantes al avanzar en cada módulo. Confesaré que por cuestiones de trabajo me retrasaba en el curso, pero ahí estaba Jorge Rubén ofreciendo su asesoría. A veces me preocupaba, dios, esto se ve muy absorbente, ¿podré cumplir bien mi rol? Mi hijo me motivaba y hasta tuvo la paciencia de sentarse conmigo para avanzar en la capacitación.

Mi esposo, con sus anteojos de “Homero Simpson”, me provocaba gran ternura al verlo atento a los cuadernillos editados por el INE y subrayando lo que le parecía importante. Nuestro capacitador confió tanto en nosotros que nos compartió decepcionado que algunas personas se “zafaban” y por ello no completaba la mesa que se encargaría de nuestra casilla. Lo confirmamos el día del simulacro, nos presentamos menos de la mitad. Sin embargo, quienes estuvimos ahí juramos no rajarnos: El doctor Rimboaud -ya jubilado de la universidad de Hidalgo-, doña Mary -dueña de una cocina económica y a quien adoramos porque nos ayuda a que nuestras familias coman mientras estamos en el trabajo-, y Moni -vecina solidaria-. Un día antes de las elecciones Jorge Rubén escribió: “Buena tarde funcionarios, el día de mañana, domingo 2 de junio, es nuestra jornada electoral. Les deseo mucho éxito y agradecemos su valiosa participación en este proceso cívico ciudadano. Nos vemos 7:15 am, no olviden llevar su nombramiento y su INE.”

Sentimos emoción, pero también el gran peso de la responsabilidad. A las siete de la mañana nos dirigimos a nuestra casilla.  Ya había personas esperando a fuera del jardín de infantes Baltazar Téllez Girón, lugar elegido para votar. Poco a poco la casilla básica y la contigua se fueron conformando. Debido a que en la segunda no llegaron los dos primeros funcionarios, mi hijo Baruch subió a presidente. Qué orgullo me dio verlo desempeñarse con total compromiso, absoluto respeto, asumiendo con gran responsabilidad su papel.

Abrimos tarde, entre los nervios y las dudas, la seguridad y las ganas, pero a las 8:31 las personas entraron a votar. Yo revisaba su credencial, los buscaba en la lista nominal, chuleaba su foto o su nombre. Reíamos divertidos cuando alguien sacaba la tarjeta de crédito o licencia en lugar de su INE.

Admiré la santa paciencia de mi marido, a cada una de las más de trescientas personas que votaron les explicaba el proceso. Doña Mary y Mónica con toda amabilidad sellaban la credencial e iluminaban dedos pulgares con tinta indeleble. El presidente de casilla, el Dr. Rimboaud, estuvo pendiente de todo.

Debo destacar que, desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche, otro gran capacitador estuvo en nuestra casilla: Esteban Labra Pérez. Cuánta paciencia, qué solidario y comprensivo, dispuesto a sentarse a nuestro lado para resolver dudas, para revisar cada acta que se llenó, para cerrar con total responsabilidad el paquete electoral con todos los documentos requeridos.

La jornada fue admirable. Nunca dejó de llegar gente, votó en nuestra casilla el 73 por ciento del electorado: chicas universitarias, profes de todos los niveles educativos, el señor de la tiendita de la esquina, los vecinos gruñones y los agradables, el hombre que vende carnitas todos los sábados, la señora que antes de ir al mercado decidió pasar a votar sin dejar su bolsa del mandado. El hijo mayor que llevaba de la mano a su madre anciana. Familias con la playera de su equipo favorito, el Pachuca por supuesto. La chava dark y el chico banda.

El México que me gusta desfilaba ante mis ojos.

Un México que apuesta por sí mismo, esperanzado e ilusionado.

Los representantes de cada partido, siempre amables, no dejaban de prestar atención a todo lo que ocurría. Entre ellos estaba Amílcar Adrián Montiel León, él y yo empezamos un juego divertido para ver quién encontraba más rápido el nombre en la lista nominal de quien llegaba a votar. El ambiente era de fiesta y confianza.

A las seis de la tarde con un minuto cerramos la casilla. Nuestros corazones palpitaban al mismo tiempo cuando empezamos a abrir las urnas.

Una voz potente decía el nombre del partido elegido, una mano santa mostraba la papeleta. Otra vez, repetía dentro de mí: este es el México que amo, el México que merecemos.

Las bromas ante la manera que arrasó Morena: “Ya paren esta masacre”. La sorpresa al ver la fuerza que tomó Movimiento Ciudadano. La posible desaparición del PRD. La debilidad del PRI, el orgullo del PAN, la roja necedad del PT. La neblina que parecía ocultar al Partido Verde y al de Alianza. Los votos nulos y sus frases célebres: “El que lo lea es puto”, “Chinguen a su madre”, “Voto por yo mero…”

Nos tardamos más con la santa burocracia, pinches actas, ya casi las diez de la noche y no veíamos sus letritas. Las copias ilegibles. La satisfacción de pegar en la puerta del lugar los carteles con los resultados.

Entonces, vino la despedida. Abrazos por haber compartido tan significativo momento. En la casilla contigua estuvieron al frente puros jóvenes, hicieron gran equipo con mi hijo.

Nos despedimos y vemos a nuestros capacitadores cargar con sumo cuidado el paquete electoral para llevarlo al INE. No hay palabras para agradecer su total compromiso, qué gran joda se llevan, nunca se quejaron ni estuvieron de mal humor, su labor la hacen con total pasión. Nos alejamos del lugar y yo sigo repitiendo: Este es el México que me gusta.

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