
OCTAVIO CAMPOS ORTIZ
Hace mucho que la UNAM dejó de ser una de las mejores universidades del mundo, ranquea alrededor de la centena entre las escuelas de educación superior del orbe y defiende su lugar entre las excelencias hispanoamericanas. ¿Qué detonó su progresivo deterioro y despeñadero como referente internacional en la formación de profesionistas de alta calidad académica para la investigación, la docencia y la difusión de la cultura? Si bien es cierto que no fue la primera universidad creada por los españoles en el continente, desde su creación como Real y Pontificia Universidad de México se distinguió por su preparación científica, filosófica y humanista. Su aportación al conocimiento mundial no dejó duda. Grandes pensadores también pasaron por sus aulas y no pocos difusores cultuales enaltecieron el orgullo universitario.
Aun durante el porfiriato, la Universidad aportó lo mejor de sí misma para enriquecer la ciencia, la técnica y la formación de cuadros para la administración pública, amén de grandes filósofos y literatos que prestigiaron al país. El barrio universitario que iba del edificio de la Santa Inquisición a las colindancias con Palacio Nacional vio desfilar por Donceles -calle que transitaban los donceles, los jóvenes hacia la Universidad-, a muchas generaciones de hombres de bien que forjaron la patria. Justo Sierra es ejemplo vivo de apoyo a la Universidad, a quien se le debe el rango de Nacional. No fue necesariamente un revolucionario quien logró darle la autonomía a la UNAM, sino uno de sus rectores, José Vasconcelos, mejor humanista que político.
Desde entonces, 1929, la -perdonen el lugar común-, Máxima Casa de Estudios se convirtió en verdadera casa de la universalidad, templo de la diversidad de ideas, convergencia de la pluralidad política, santuario de la libertad de cátedra e incubadora de la ciencia y la tecnología, recinto de la cultura y recipiendaria de cientos de galardones internacionales. Forjadora de los tres Premios Nobel con que cuenta nuestro país. La autonomía y el rector Javier Barros Sierra aguantaron el embate del presidencialismo y la represión estudiantil de 1968. Sin embargo, un rector progresista y hasta izquierdista, autor del libro La Democracia en México, Pablo González Casanova, provocó la masificación de la educación universitaria. Su hermano, Henrique, no solo lo apoyó para conservar el pase automático, sino que creó los CCHs para fomentar la educación tecnológica y truncar el acceso de miles de jóvenes a las licenciaturas en las facultades, colapsadas por su matrícula. Mano de obra barata para la planta productiva. Ahí comenzó el deterioro de una de las universidades más importantes del planeta. Curiosamente, muchos de los cuadros en la cúspide de la 4T salieron de los movimientos desestabilizadores de la UNAM, aunque la mayoría de sus adeptos no pasaron por la Universidad ni en camión y otros recurrieron a títulos apócrifos o escuelas patito. Hoy, desde la administración pública mantienen una nueva envestida para acabar con la Universidad de José Vasconcelos, Ignacio García Téllez, Antonio Castro Leal, Gustavo Baz, Mario de la Cueva, Alfonso Caso, Salvador Zubirán, Nabor Carrillo, Ignacio Chávez, Javier Barros, Guillermo Soberón, Jorge Carpizo, José Sarukán, José Narro y Enrique Graue, entre otros. La 4T quiere una Universidad acrítica, no pensante, masificada que solo forme técnicos mediocres agradecidos con la “educación” gratuita para permanecer en la medianía.
El papel de la UNAM debe ser otro. El de una institución de pueblo que cumpla con un cometido social: hacer de México un país grande, referente en el mundo de la ciencia, la tecnología y la cultura. La Universidad debe trascender a su mediocre gobierno y forjar nuevas generaciones aspiracionales que conquisten un mundo globalizado que exige profesionistas de calidad. No hay otro parámetro que la educación de excelencia. El reto está hoy en sus autoridades y el estudiantado. México merece mucho más.
Apostilla: El reportero, corresponsal, columnista, comentarista, conductor y director de Excelsior, Pascal Beltrán del Río, platicó con alumnos de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, a quienes expresó que “la libertad de expresión no se pierde de golpe. No desaparece con un decreto ni con una reforma explícita. Se erosiona. Se desgasta. Se encoge. Se vuelve riesgosa. Y a veces, lo más inquietante, se vuelve socialmente impopular. En el México de la Cuarta Transformación, el principal reto no es que libertad de expresión haya sido formalmente abolida, sino que se ha vuelto frágil, selectiva y crecientemente condicionada”. Dijo a los futuros comunicadores que la pregunta ya no es si existe la libertad de expresión, sino qué estamos dispuestos a pagar por ejercerla y qué tipo de periodistas quiere formar esta generación.
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