Sucesión adelantada, guerra temprana (I/III)*

Con el inicio de año, publico esta primera entrega (de tres) de reflexiones en torno a la sucesión presidencial anticipada y la guerra temprana, con el ánimo de contribuir a un debate ordenado y honesto, que nos permita actuar de manera congruente sobre lo que en México puede suceder

Ricardo Monreal Ávila

Ciudad de México, 03 de enero (entresemana.mx). La importancia de no repetir la historia

La historia no engaña, pero vuelve en sus formas más crueles y despiadadas. Por eso Karl Marx se atrevió a afirmar que se repite, primero como una tragedia y después como una farsa.

El filósofo alemán estaba en lo correcto, los seres humanos solemos tropezar con la misma piedra en más de una ocasión. En un inicio, por error, ignorando las enseñanzas del pasado, pero después persistimos en el yerro, a pesar de contar con elementos suficientes para saber cómo evitarlo, así como las consecuencias de transitar por un camino potencialmente destructivo.

Estos días de reflexión, los primeros de 2022, son propicios para hacer un alto temporal y analizar lo que sucede en México. De este modo, nos daremos cuenta de que la precipitación en la carrera por la sucesión presidencial ha provocado que comience una disputa política inesperada al interior del Gobierno, sus aliados y MORENA, el partido que llevó al presidente al poder en 2018.

En la Antigüedad, la escuela aristotélica sostenía que la naturaleza aborrece el vacío, y esta idea ha permeado hasta la actualidad en el imaginario político bajo la forma del vacío de poder, condición que puede surgir por pérdida de legitimidad, falta de capacidad de una administración o ausencia de una figura de autoridad.

La historia nos muestra que las grandes revoluciones, que en su mayoría han sido violentas, en el mejor de los casos se interrumpen y, en el peor, colapsan, porque quienes las llevaron a cabo fueron incapaces de sostener principios y renovar democráticamente las dirigencias de sus movimientos, sin desatender que, a causa de rencillas internas que bien pudieron dirimirse, generaron confrontaciones insalvables y colapso institucional en el proyecto.

Recién cruzamos el umbral de los primeros tres años del nuevo Gobierno; el objetivo principal de quienes respaldamos a la 4T debería ser profundizar los cambios institucionales, lograr la transición política y el cambio de régimen, así como conseguir que el sistema político-electoral sea neutral, honesto y esté en mejores condiciones de las que enfrentamos en 2018.

Sin embargo, cada día que pasa, la evidencia de los desencuentros internos, lejos de disminuir, aumenta, y pareciera que la historia está por repetirse. Por eso, en este punto de nuestra historia sería valioso e ilustrativo repasar acontecimientos del pasado que nos inviten a reflexionar con toda serenidad, para poder precisar o imaginar lo que puede suceder si en el movimiento persisten comportamientos facciosos y autodestructivos.

Quizá el ejemplo más doloroso de nuestra historia, en los tiempos de la conquista española contra el imperio que un día fue nuestro país, fue lo sucedido cuando un grupo se fraccionó internamente. Si Hernán Cortés pudo avanzar con un puñado de hombres en el territorio dominado por Moctezuma, fue precisamente por la incapacidad del gobernante mexica para solucionar los conflictos internos existentes con otros grupos, como los tlaxcaltecas.

Hasta nuestros días, es ilustrativo cómo al interior de todos los movimientos que intentaron cambiar el curso del país hubo figuras al frente de grupos que impidieron la consumación de la transición política.

Así sucedió en la Independencia, cuando el naciente México se fraccionó entre liberales y conservadores. También al perderse más de la mitad del territorio nacional, con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, entonces, por falta de unidad, la mayoría aceptó este atraco al corazón de la patria. Lo mismo ocurrió en la guerra de Reforma, cuando las luchas intestinas consumieron al país, alejándolo de la reconciliación y abriendo la llave al innecesario derramamiento de sangre.

De igual forma se repitió en la Revolución mexicana. Luego de lograrse que Porfirio Díaz abandonara el país y que Francisco I. Madero ascendiera al poder, se generaron desencuentros entre constitucionalistas y zapatistas, que terminaron con una campaña militar encabezada por Pablo González, en la que Emiliano Zapata fue asesinado a traición por Jesús Guajardo, causando una fisura aún irreconciliable entre dos Méxicos: el que surgió desde el poder y el que se quedó esperando en el campo a ser escuchado y tenido en cuenta.

Bajo esta postura, los objetivos agraristas de la Revolución se vieron relegados del oficialismo, que consideraba culminado el movimiento, pese a que no se habían cumplido las demandas del campesinado, que luchó incansable bajo el lema “Tierra y libertad” y, por el contrario, se dio paso a cruentos escenarios, como la masacre ocurrida en Tlaltizapán, Morelos, donde la población civil fue cruelmente asesinada.

Otros países del mundo también proveen lecciones que nos advierten sobre los peligros que este tipo de disputas representan al interior de un movimiento, y que sirven como parangón, especialmente cuando para dirimirlas están ausentes las condiciones de equidad y, sobre todo, de procesos democráticos.

Antes de nuestra era, en las guerras de Unificación chinas, que enfrentaron a los reinos combatientes y de las cuales surgió la dinastía Qin como la primera del imperio, las guerras civiles fracturaron ese primer intento de solidificar una organización superior que pusiera fin a las disputas. Liu Bang pudo dar inicio a la dinastía Han precisamente porque el rey Chu fue traicionado por un comandante de su propio ejército en el año 206 a. C.

En la Roma clásica, tras el ascenso de César, luego de vencer en la segunda guerra civil, una conspiración de sus más cercanos colaboradores —que terminó por arrebatarle la vida a traición— provocó una tercera. La dramatización de este pasaje difundió la frase Et tu, Brute? (“¿Tú también, Bruto?”), que supuestamente pronunció César al momento de su muerte, sorprendido por la participación de Marco Junio Bruto, uno de sus principales allegados.

Algo similar ocurrió en la Francia posrevolucionaria con Maximilien Robespierre quien, a pesar de haberse pronunciado contra la pena de muerte, terminó generando un periodo de terror en el que la guillotina se utilizó para aniquilar a toda persona sospechosa de ser contrarrevolucionaria, bajo un clima de persecución política y crispación social que culminó con la propia muerte de este líder en la máquina de decapitación, y dio paso a la fórmula de gobierno conocida como Directorio, de carácter más conservador.

En la Rusia socialista, la lucha entre facciones estalinistas y sus opositores provocó que el autoritarismo extinguiera y liquidara a los adversarios con acciones como la llamada Gran Purga, en la que fueron ejecutados los principales líderes de la Revolución de Octubre y funcionarios del gobierno de Lenin.

Por su parte, León Trotsky propugnaba la teoría de la “revolución permanente”, en el sentido de que ésta se declarara en guerra franca contra la reacción, y que no podría terminar más que con la liquidación completa de la sociedad de clases.

Un antecedente más próximo de este fenómeno lo encontramos en Sudán del Sur, cuando en 2013 el presidente Salva Kiir Mayardit dio la orden para la detención de su exvicepresidente y rival político Riek Machar, quien ocupara ese cargo desde la independencia del país en 2011, lo que desató una serie de ataques entre facciones del ejército, derivando en una guerra civil que se prolongó hasta 2018, y que costó la pérdida de miles de vidas humanas.

*Publicado en la página web del senador Ricardo Monreal Ávila

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Twitter y Facebook: @RicardoMonrealA

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