Santa Fe y la alcaldía Álvaro Obregón

RUBÉN MOREIRA VALDEZ*

Ahora hay dos caminos para llegar a la ermita; uno es difícil y el otro casi imposible. La recompensa es mayúscula; el visitante encuentra un edificio del siglo XVI. Es el lugar que construyó un hombre legendario, el mismo que, de vivir en nuestros días, tendría tarjeta del INAPAM. Cruzó el Atlántico para descubrir su misión en la lectura de Tomás Moro.

El sitio se ubica en una cañada y es parte del antiguo pueblo de Santa Fe. En el fondo del accidente geográfico, un manantial y, sobre el centenario edificio, un puente atirantado que servirá para que circule el tren México-Toluca.

Vasco de Quiroga fue longevo; muchas fueron sus vidas. Eran días donde la brevedad le ganaba a la existencia y él murió a los 95 años. Era fácil pasar al otro mundo: la mortalidad infantil menguaba las familias; los accidentes y enfermedades, por simples que parecieran, podían ser fatales.  Llegar a nonagenario era una proeza, más para quien cruzaba el océano, se internaba por tierras ignotas y tenía la costumbre de despreciar a los poderosos.

Quiroga era jurista, pero sobre todo un convencido de que el reino inicia en la tierra y que, por el Evangelio, bien valía la pena intentar llevar a la realidad la fantasía de aquel lord inglés, autor de un popular libro que todavía se encuentra en circulación. Su primer intento lo hizo cerca de la naciente Ciudad de México, apenas una década después de la caída de Tenochtitlan y en los días en los cuales sucedía un milagro en el cerro del Tepeyac.

Superaba los 60 años cuando se ordenó como sacerdote. En Michoacán se le recuerda como “Tata”. A él se deben varios pueblos donde se intentó desterrar la explotación del hombre por el hombre. El objetivo: vivir como los primeros cristianos, igual que como se narra en Hechos de los Apóstoles. Para él no era válido que los vencedores trataran como bestias a los vencidos.

Del otro lado de la cañada, el caserío del antiguo pueblo de Santa Fe de México se defiende ante la urbanización de la metrópoli. Es formidable y orgulloso de su ilustre pasado. En sus paredes los vecinos han plasmado su historia y, en la parroquia, por la tarde, se reúnen a disfrutar de la belleza del lugar.

El acceso a la ermita, el que la une al caserío, es una escalinata por la que fluye una cascada de aguas negras y se acumulan montones de basura, mientras la alcaldía Álvaro Obregón no hace nada.

*Coordinador del Grupo Parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados LXVI Legislatura Federal

Check Also

El populismo penal y el vapeo

RUBÉN MOREIRA VALDEZ Es una mala idea buscar en el derecho penal todas las respuestas …