
EDUARDO MERAZ
El reciente comunicado de la Secretaría de Hacienda, celebrando la colocación de 9 mil millones de dólares en el mercado internacional, es uno de esos actos de prestidigitación política: se presenta como triunfo lo que en verdad es deuda, se viste de gala lo que no es más que un traje ajeno.
Bajo la égida de la llamada “transformación”, México vive de prestado, de mentiras y de espejismos.
De acuerdo con las proyecciones de las autoridades hacendarias, cada año del segundo piso transformador la deuda de México crecerá en 1.5 billones de pesos en promedio.
Una cantidad que supera con holgura al fantasma del Fobaproa, ese espectro que aún recorre la memoria colectiva, y que se equipara a lo que se destina a devolución de impuestos, disfrazados de programas sociales.
En otras palabras: el país se endeuda para sostener la ficción de una justicia redistributiva que, en la práctica, se convierte en dádiva política.
Es decir, en poco más de siete años, los gobiernos emanados de Morena ya nos duplicaron la carga de pagar los créditos, sin por ello notar un cambio significativo en el nivel de vida de la sociedad o, al menos, contar con una administración responsable y juiciosa.
Las calles siguen siendo las mismas, los hospitales continúan padeciendo carencias, las escuelas sobreviven con lo mínimo; la sociedad, convocada a la esperanza, se encuentra atrapada en la misma rutina de sobrevivir, mientras los números de la deuda crecen como una sombra que amenaza con devorarlo todo.
El despilfarro, más que política pública, se ha convertido en estilo de gobierno. Los recursos se diluyen en proyectos faraónicos, en obras que buscan la posteridad del líder antes que el bienestar de la nación. Y, como si se tratara de una parábola bíblica, los hombres cercanos al poder se enriquecen, se transforman en nuevos potentados, en herederos de privilegios que antes criticaban con vehemencia; así, con los manirrotos guindas la sentencia popular se cumple: cuando el pobre llega a tener dinero, loco se quiere volver.
Y sólo basten los botones de muestra de los hijos del ex presidente, de Gerardo Fernández Noroña, Mario Delgado.
Cuando vivían en la medianía o menos sus viajes extraordinarios eran a Estados Unidos. Hoy, gracias al haberse convertido en los “cachorros de la transformación” descubrieron Europa y otros lugares del orbe, donde no les retirarían las visas o los detendrían.
. La transformación, que prometía igualdad, ha terminado por reproducir las mismas desigualdades de siempre, solo que con nuevos protagonistas.
Vivir de prestado no es únicamente una cuestión financiera, es también una metáfora de la forma en que se ejerce el poder:
Se gobierna con discursos prestados, con promesas heredadas de luchas pasadas, con símbolos que ya no corresponden a la realidad; se vive del crédito de la historia, de la nostalgia del ciudadano que aún cree en la posibilidad de redención. Pero ese crédito, como toda deuda, tiene un límite.
Se habla de justicia social, pero se practica el clientelismo; se invoca la austeridad republicana, pero se multiplican los privilegios; se presume independencia, pero se depende del dinero ajeno.
Es un teatro donde los actores principales se disfrazan de redentores, mientras detrás del telón se negocian contratos, se reparten beneficios y se acumulan fortunas.
Vivir de prestado es, en última instancia, vivir sin futuro. Es hipotecar la esperanza, vender la ilusión de un mañana mejor a cambio de un presente de apariencias; es caminar con la certeza de que cada paso nos acerca más al abismo de la insolvencia.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Y hablando de vivir de lo ajeno, el SAT acaba de señalar que no se trata solo de “deber impuestos”, sino de usar engaños o aprovechar errores para dejar de pagar total o parcialmente una contribución, o para obtener un beneficio indebido en perjuicio del fisco federal, es defraudación fiscal.
Este ordenamiento fiscal debería ampliarse al terreno político electoral y que la ley castigue la intención de engañar, no el simple atraso o error corregible.
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