PULSO/ T-MEC Recargado

EDUARDO MERAZ

Difícil aventurar si será algo más benéfico para la economía mundial; inclusive tampoco se puede asegurar si lo será para el crecimiento y desarrollo de Estados Unidos. Lo único cierto es la creación de un nuevo “modito” de los intercambios de bienes y servicios entre países.

Atrás quedará, por unos cuantos años, la economía abierta y el comercio sin barreras ni trabas propuesto por los globalifílicos; un triunfo parcial de los globalifóbicos , encabezados por el presidente norteamericano Donald Trump, convencido de su cruzada nacionalista.

Sus posiciones en la reunión del foro Económico Mundial, en Davos, Suiza, muestran a un Trump desbocado y ansioso de recuperar los principios norteamericanos al término de la Segunda Guerra Mundial y, con ello, recuperar el liderazgo mundial, para lo cual busca dividir a las naciones europeas e impedir una alianza entre China y Rusia.

La potencia del mercado estadounidense se ha vuelto la principal arma de Donald Trump en su batalla por reinstaurar la grandeza americana, aún a costa de previsibles pérdidas económicas en el corto plazo.

La potencia del mercado estadounidense es, para Trump, la espada y el escudo. Con ella pretende dividir a las naciones europeas, impedir la consolidación de una alianza entre China y Rusia, y reafirmar que Washington sigue siendo el centro de gravedad de la economía mundial.

Pero esa estrategia, como toda batalla, implica sacrificios: previsibles pérdidas económicas en el corto plazo, tensiones diplomáticas y la certeza de que los rivales, aunque más débiles, no dejarán de resistir.

Los escarceos con los países de la Unión Europea, China, Rusia, es muy distinta a la aplicada a las naciones del continente americano, en particular a sus principales socios: México y Canadá.

En este tablero, México y Canadá ocupan un lugar peculiar., no son enemigos declarados, pero tampoco aliados incondicionales; son socios comerciales atrapados en la lógica del T-MEC, un tratado que durante más de dos décadas ha permitido beneficios palpables, sobre todo para México, y en segundo término para Canadá.

El déficit comercial estadounidense frente a sus vecinos ha sido el argumento recurrente de Trump para cuestionar la validez de un acuerdo que, en su visión, ha convertido a Estados Unidos en el perdedor de su propio juego.

El T-MEC recargado no es, pues, un simple tratado, es la expresión de una diplomacia ofensiva que sustituye la cortesía por la imposición, la negociación por la amenaza.

México se encuentra en la incómoda posición de ser conejillo de indias de esta nueva diplomacia; la cercanía geográfica, la interdependencia económica y la fragilidad institucional lo colocan como blanco preferido de las presiones estadounidenses. Cada negociación, cada acuerdo, cada encuentro bilateral se convierte en un recordatorio de que la relación está marcada por la asimetría y por la voluntad de un vecino que no duda en imponer su visión.

El T-MEC recargado es, en este sentido, más que un tratado comercial: es un espejo de la política exterior de Trump. Refleja la intención de transformar la cooperación en competencia, la integración en subordinación.

Para México, la vanagloria de ser el primer socio comercial de Estados Unidos se ha convertido en un argumento en contra, en una razón para recibir un trato más duro, menos preferencial, más exigente.

El T-MEC recargado es apenas una pieza de ese rompecabezas, pero es también el recordatorio de que México, por su cercanía y su dependencia, seguirá siendo protagonista involuntario de una historia escrita en Washington y donde la grandeza americana se erige como meta y como amenaza.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum pide evitar excesos, la secretaria de Turismo, Josefina Rodríguez Zamora, fue captada en el Palco de Honor del Estadio Santiago Bernabéu, durante un partido del Real Madrid; a su lado estaba Quirino Ordaz Coppel, embajador de México en España y exgobernador de Sinaloa.

Si a esta situación, le agregamos los efectos de la migración y tráfico de drogas de México y Canadá a Estados Unidos, era obvio esperar una respuesta poco comedida del gobierno de Donald Trump, en especial para con su vecino sureño, fuente y paso de muchos de sus infortunios.

Cambiar de raíz tales desgracias, llevaron a Donald Trump a modificar su visión de las relaciones internacionales y dejar de lado la “diplomacia”, a fin de sustituirla por una óptica ofensiva y de defensa, prácticamente a cualquier costo, de los intereses norteamericanos.

Quizá como ninguna otra nación, México ha servido de conejillo de indias de la nueva diplomacia norteamericana, basada en la doctrina Monroe. La vanagloria de ser el primer socio comercial de Estados Unidos se ha convertido en el principal argumento en contra de recibir un trato preferencial y de “buena vecindad”.

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