PULSO/ Menos tumbas y más mentiras

EDUARDO MERAZ

En el país de las cifras, donde los números se convierten en espejismos y las estadísticas en bálsamos para la conciencia oficial, la muerte se cuenta como si fuera mercancía en un mercado.

Por enésima ocasión, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum da a conocer la disminución en los homicidios dolosos en lo que va de su sexenio; este jueves dijo que han disminuido 34 cadáveres cada 24 horas en los días recientes; disminución aparente para aliviar el dolor colectivo y ganar respaldo de la gente.

Pero detrás de esa aritmética de sangre, se esconde otra operación: treinta y tres desaparecidos diarios durante su mandato, como si la ausencia pudiera maquillar la violencia, como si el silencio de los no encontrados fuera menos estruendoso al disparo mortal.

La presidenta Claudia Sheinbaum habla de logros, de reducciones, de tendencias a la baja. Sin embargo, el país sigue amaneciendo con setenta asesinatos diarios en promedio durante los primeros quince meses de su gestión, alimentando la sospecha popular de estar convertido en un campo de batalla.

Cifra de crímenes demasiado elevada para un país que, presumiblemente no está en guerra contra otra nación, porque dentro de su territorio las batallas entre cárteles semejan mucho un conflicto bélico de proporciones descomunales.

Los cárteles libran guerras intestinas que no necesitan declaración formal: basta el rugido de las balas, el eco de las granadas, el miedo que paraliza comunidades enteras.

Las fuerzas del orden de México no han hecho una “declaración de guerra” a los grupos delincuenciales y su participación en las masacres entre cárteles opositores es más bien tangencial, pues están más ocupados en encauzar los miles de millones de presupuesto para sus gastos operativos como en la administración de sus empresas, con la confianza de que los recursos públicos servirán para sacarlas a flote.

Así, los gobiernos de la transformación, al amparo del apotegma de la impunidad: “abrazo, no balazos” han degradado la seguridad pública, interior y nacional a un simple gasto operativo, una partida presupuestal, un número más dentro de la contabilidad nacional.

Pero la vida humana no se mide en balances financieros; la vida, cuando se pierde, no se recupera con ajustes contables ni con discursos que presumen reducciones porcentuales.

El discurso oficial insiste en que vamos mejor, que las tendencias son alentadoras y que la estrategia está funcionando, pero la realidad contradice esas palabras.

La violencia no se mide solo en cadáveres: también se mide en desaparecidos que, sumados, suman más de un centenar cada día; también deben incluirse los desplazados o los de las comunidades que viven bajo el yugo de grupos armados.

Fuera de los récords del oficialismo se encuentran el miedo que obliga a cerrar negocios temprano, las calles vacías al anochecer, los padres que enseñan a sus hijos a tirarse al suelo cuando escuchan disparos, los cada vez más sepulcros de quienes consumían drogas.

Esas son estadísticas fuera de la contabilidad gubernamental, pero cuya carga para las familias afectadas es cada vez más pesada.

Se nos dice que hay menos tumbas, pero se calla que hay más ausencias; se nos asegura que la violencia disminuye, y convierten a la mentira en política pública, en narrativa oficial.

El país necesita más que cifras: necesita verdad, necesita justicia, necesita paz; no basta con administrar el presupuesto ni con maquillar los números; de otra el Estado se convierte en un cascarón vacío, incapaz de proteger a quienes lo sostienen.

La violencia en México es un espejo que refleja nuestra fragilidad como nación. Cada homicidio, cada desaparición, cada crimen impune nos recuerda que la vida vale poco en un país donde la muerte se ha vuelto rutina.

Menos tumbas, dicen; pero más mentiras, pensamos. La verdad no se mide en cadáveres menos, sino en vidas salvadas. Y esas, hasta ahora, siguen siendo demasiado pocas.

El reto de este sexenio no es reducir cifras, sino recuperar humanidad; no es presumir estadísticas, sino garantizar que los niños puedan jugar en las calles sin miedo, que los jóvenes puedan soñar sin que la violencia los alcance, que las familias puedan vivir sin la sombra constante de la muerte.

Y cuando la gente muere o desaparece, el país se desmorona, aunque las gráficas digan lo contrario.

México necesita menos tumbas, sí; pero, sobre todo, necesita menos mentiras, porque solo con la verdad podremos empezar a construir la paz que tanto nos han prometido y aún no llega.

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