PULSO/ Cubrebocas

EDUARDO MERAZ

Como es su costumbre, la administración de la Ciudad de México se ha apurado a promover el cubrebocas, no por la propagación del virus del sarampión, sino para acallar las voces sociales y periodísticas sobre el aumento en los contagios en materia de salud y violencia.

La jefa de gobierno de la CDMX, Clara Brugada, siempre presuntuosa de sus sin iguales acciones en beneficio de la población de la capital del país, reniega de las verdaderas estadísticas que resultan adversas, y está dispuesta a hacer todo lo posible y hasta lo imposible para evitar la aparición de notas rojas o los nombres de las alcaldías en donde el sarampión ha registrados más contagios.

Así, la Ciudad de México, donde los murmullos se confunden con el bullicio de los mercados y el rugido de los motores, el cubrebocas ha dejado de ser un símbolo sanitario para convertirse en metáfora exculpatoria y política, no  se trata ya de contener virus, sino de sofocar voces.

Las encuestas afines a la jefa de gobierno dan cuenta de un 60 por ciento de popularidad de la ex alcaldesa de Iztapalapa, pero al abundarse sobre programas concretos de gobierno, en realidad ese porcentaje disminuye de manera significativa.

Otras encuestadoras, menos complacientes, dibujan un panorama distinto: calificaciones negativas, desaprobación creciente, desencanto ciudadano. La realidad, esa que no se puede ocultar con mascarillas, se filtra por las rendijas del discurso oficial.

Y al más puro estilo del doctor Muerte, Hugo López Gatell, la titular del ejecutivo de la Ciudad de México, en materia informativa quiere hacer el axioma: “el cubrebocas sirve para lo que sirve y no sirve para lo que no sirve”.

Por eso, en el caso de sus críticos y de los periodistas y reporteros, Clara Brugada quiere imponerles sugerencias para evitar la propagación de las malas noticias que reflejan esa realidad a la cual ella le da la espalda, pues no forma parte de los actos de relumbrón.

El cubrebocas, ese adminículo que durante la pandemia fue símbolo de responsabilidad colectiva, ahora Brugada lo convierte en alegoría del poder que teme a la palabra.

Porque la palabra, cuando se pronuncia con verdad, es más contagiosa que cualquier virus. Los periodistas, los reporteros, los ciudadanos que se atreven a señalar lo que duele, son vistos como portadores de una enfermedad que amenaza la imagen reluciente del gobierno.

Ahora, Brugada la retoma en clave política: el cubrebocas sirve para callar lo que incomoda y no sirve para enfrentar lo que duele. Así, la metáfora se convierte en política pública, y la salud de la democracia se resiente.

Pero la ciudad no se calla, la gente habla; habla de contagios, de violencia, de inseguridad; habla de lo que no aparece en los boletines oficiales. Habla porque la palabra es resistencia, porque el silencio impuesto es insoportable.

El cubrebocas del silencio que  pretende popularizar la jefa de gobierno de la CDMX es, en el fondo, un símbolo de miedo: miedo a la crítica, a la verdad, a la transparencia.

Brugada debe entender que gobernar conlleva escuchar, y escuchar implica aceptar que no todo es oropel, que no todo es aplauso; gobernar es enfrentar las cifras adversas, los brotes de sarampión, los índices de violencia y también es asumir la responsabilidad de lo que duele, no esconderlo detrás de un accesorio.

Los periodistas que denuncian, los ciudadanos que cuestionan, los académicos que analizan, son parte de esa salud colectiva que mantiene viva a la ciudad. Silenciarlos es enfermar la democracia, es propagar un virus más peligroso que el sarampión: el de la censura.

Clara Brugada, en su afán de controlar la narrativa, olvida que la ciudad es un organismo vivo, que respira, que habla, que se expresa.

Olvida que la popularidad es efímera, que las encuestas son volátiles, que la verdad siempre encuentra la manera de salir a la luz y el cubrebocas, por más que se imponga, no puede detener el murmullo de millones de voces que reclaman atención, justicia, transparencia.

La metáfora del cubrebocas se convierte entonces en espejo. ¿Qué refleja?: un gobierno que, en lugar de atender los brotes de sarampión, atiende los brotes de crítica un gobierno que, en lugar de combatir la violencia, combate las palabras que la denuncian.

Los habitantes de la capital del país saben que la salud no se protege con silencio, sino con acciones y que la violencia no se combate con encuestas, sino con justicia, pues la democracia no se sostiene con cubrebocas, sino con voces libres.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

El más reciente Informe Diario del Brote de Sarampión en México de la Dirección General de Epidemiología de la SSA, del 11 de febrero señala que de los contagios se han registrado de1 a 4 años, con mil 351 casos, equivalente a 14.7%; de 5 a 9 años, con mil 122 casos, equivalente a 13.5% y de 25 a 29 años, con mil 21 casos, equivalente a 11.1%.

¿Qué gobierno falló más en vacunación?

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