PULSO/ Bad Marx

EDUARDO MERAZ

Enero y febrero, desviejadero, dice el refrán popular, pero por lo visto en este inicio de 2026, sería “desobradero», con la salida y, quizá, muerte política de algunos de los más conspicuos seguidores del expresidente sin nombre y sin palabras.

Está experiencia, en tiempos de la 4T constituyen un desmontaje sistemático de piezas heredadas, un desmantelamiento de figuras que hasta hace poco se creían intocables.

La política mexicana, siempre pródiga en giros inesperados, nos ofrece ahora el espectáculo de la caída de algunos de los más conspicuos seguidores del expresidente innombrable, aquel que se refugia en su finca de Palenque y cuya sombra aún se proyecta sobre la escena nacional.

La remoción de Alejandro Gertz Manero, Adán Augusto López Hernández y Marx Arriaga no es un hecho menor. Son nombres que, cada uno en su ámbito, simbolizaban la continuidad de un proyecto político marcado por la lealtad ciega y la obediencia al caudillo.

Su salida, acompañada de acusaciones, berrinches y declaraciones altisonantes, revela que la presidenta Claudia Sheinbaum ha decidido jugar su segunda carta: cortar de raíz a los malos funcionarios, en especial a los heredados por su antecesor.

La primera carta, la de culpar al antepasado de todos los males, parece agotada, y ya es tiempo de empezar a aplicar la cirugía política, ante la presencia y exigencia de un vecino y para evitar invada la casa.

En otros tiempos, los cambios en el gabinete se asumían con discreción. El defenestrado recogía sus cosas y se marchaba en silencio, como quien abandona una casa que ya no le pertenece; hoy, en cambio, asistimos a un teatro de inconformidades.

Los expulsados se aferran a la silla, exigen oficios, denuncian traiciones, para presentarse como víctimas, pero el ruido de su protesta es directamente proporcional a las omisiones o delitos cometidos durante su encargo.

El caso de Marx Arriaga es paradigmático. Responsable del contenido de los libros de texto de la mal llamada Nueva Escuela Mexicana, se presenta como víctima de una conjura. Exige documentos, asegura que no se moverá de su puesto y acusa de traición al gobierno actual.

Su patanería, más que incomprensible, resulta reveladora: muestra a un funcionario que confunde la función pública con propiedad privada, que cree que el cargo le pertenece por derecho divino.

Arriaga, perpetrador de un proyecto educativo carente de coherencia pedagógica, se siente la última Coca-Cola del desierto, pero su arrogancia no alcanza para ocultar la pobreza intelectual de su obra.

La educación mexicana ha tenido figuras luminosas: José Vasconcelos, por ejemplo, cuya visión trascendió generaciones. Comparar a Arriaga, o a los tres últimos secretarios de Educación —Delfina Gómez, Leticia Ramírez y Mario Delgado— con Vasconcelos no es un ejercicio cruel, es ofensivo a más no poder.

La Nueva Escuela Mexicana, más que un proyecto, fue un experimento fallido, un engendro que confundió ideología con pedagogía y que dejó a millones de estudiantes sin brújula en un mundo que exige claridad y lógica.

Por ello, la caída de Arriaga, no debe verse sólo como un ajuste administrativo, a manera de símbolo, el cual representa el inicio de una etapa en la cual la presidenta Sheinbaum, consciente de la brevedad del tiempo político y que la paciencia ciudadana se agota, decide marcar distancia con el pasado inmediato.

Cortar cabezas es, en este contexto, un acto de afirmación: “este gobierno es mío, no de mi antecesor”. Es también un mensaje hacia dentro: la lealtad al caudillo ya no garantiza inmunidad, el poder cambia de manos y con él cambian las reglas.

El “desobradero” de este inicio de año nos recuerda que la política mexicana es un tablero en constante movimiento y los hombres fuertes de ayer se convierten en los “bad hombres” de hoy.

Si bien la salida de funcionarios cuestionados puede interpretarse como un signo de limpieza, también puede verse como un ajuste de cuentas, un reacomodo de intereses.

La historia reciente nos enseña que las purgas, por sí solas, no bastan para anular a los “Bad Arriagas»: se necesita proyecto, visión, capacidad de ejecución. Se necesita, en suma, gobernar.

El “desobradero” de 2026 nos dirá si la jugada fue acertada o se necesita de más remociones y castigos.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

A cuatro meses de la Copa Mundial de Futbol, la operación del transporte público en la Ciudad de México se cruza con dos conflictos simultáneos: el emplazamiento a huelga en el Servicio de Transportes Eléctricos (STE) y las exigencias de recursos para mantenimiento en el Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro.

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