
La arquitectura exalta algo. Por eso,
allí donde no hay nada que exaltar,
no puede haber arquitectura
Ludwig Wittgenstein
ARTURO SUÁREZ RAMÍREZ/ @arturosuarez
Aquí se lo he dicho: el Movimiento de Regeneración Nacional, mejor conocido como Morena, era propiedad política de Andrés Manuel López Obrador, un caudillo del populismo que lograba dar cohesión a su grupo. Se movía como aquellos viejos priistas —pues ahí fue formado—, se esforzaba en mantener la institucionalidad y los otros lo sabían. Hombre de partido y máxima figura, sus subalternos le tenían miedo. Ahí están los que se fueron de su lado y cómo se convirtieron en sus más acérrimos detractores, pero antes tuvieron que enfrentar su veneno matutino y las embestidas de descalificaciones en redes sociales.
También hemos hablado del papel que tiene el cuarto de guerra, primero de López y ahora de Claudia Sheinbaum. Lo maneja el vocero Jesús Ramírez Cuevas. Usa el aparato de medios creado con sus “comunicadores”, pero también los medios públicos que fueron transformados en mera propaganda. Desde ahí se señala, se calumnia y se envían mensajes para dirigir la opinión pública. No es que antes no se hiciera, pero por lo menos había varios de los que hoy gobiernan ocupando espacios para el debate.
Ese personaje que acumuló tanto poder durante el sexenio del Pejelagarto hoy enfrenta el escándalo, pero no viene de la oposición, porque no tiene con qué. Viene de los otros colaboradores del gabinete, de quienes estuvieron cercanos, a unas cuantas puertas de oficina, con los que compartía los tamales de chipilín que tanto le gustaban al tabasqueño. Esos hoy le sueltan un buen gancho mediante fragmentos de un libro que huele a venganza.
Se trata de Ni venganza ni perdón, libro que firma Julio Scherer Ibarra, ni más ni menos que quien fuera consejero jurídico del Ejecutivo federal, cercano a López desde hace años. También participa el periodista Jorge Fernández Menéndez. En los extractos que ha dado a conocer la editorial, Scherer señala que Ramírez Cuevas “utilizó un decreto sobre extrabajadores de LyFC como instrumento de operación política, usando recursos públicos para construir redes clientelares con fines políticos”, así puede leerse en Proceso.
El exvocero y ahora coordinador de asesores de la Presidencia no ha respondido a los señalamientos; guarda silencio. Desde Palacio Nacional me dicen que la información y el escándalo que se ciernen sobre él no han caído nada bien a la presidenta. Aunque la propia Claudia Sheinbaum respondió que Jesús Ramírez no tiene motivos para presentar su renuncia, la pregunta, por supuesto, generó incomodidad en la jefa del Ejecutivo.
De nuevo, apenas se fue López y muchos se mostraron tal cual son: con lujos, con privilegios y dejando de lado sus principios morenos de “no robar, no mentir y no traicionar”, que según los hacían diferentes. Solo la figura de su líder los contenía. El texto de Scherer, aunque no se quiera, muestra una debilidad del gobierno de la doctora: no le alcanza para cohesionar a la 4T. A la presión internacional, particularmente la que viene de Estados Unidos, se suma la presión doméstica de los escándalos de gobernadores, sus malas compañías, la de legisladores y ahora la que le pondrá este libro, por eso no hay sosiego en Palacio.
En el capítulo que vamos del segundo piso de la transformación, hay muchos pendientes, también dejó cuentas internas sin saldar, rencores y una que otra daga clavada en la espalda del vecino. Sin el caudillo, el movimiento se desnuda, hay poca cohesión, sin disciplina y con sus propios protagonistas lanzándose el veneno que antes reservaban para los adversarios, que son ellos… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.
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