PALABRAS MÁS/ ¡Mucho discurso, poco margen!

Los límites de mi lenguaje

son los límites de mi mundo

Ludwig Wittgenstein

ARTURO SUÁREZ RAMÍREZ/ @arturosuarez

Una y otra vez, la presidenta de la República ha dicho que México no es colonia, que hay cooperación con Estados Unidos, pero no subordinación. Una y otra vez se ha lanzado la táctica del nacionalismo: el “más si osare”, o aquello de “un soldado en cada hijo te dio”. Eso es lo que se inyecta desde los medios públicos y también en las redes sociales a través de sus corifeos. Sin embargo, es un discurso que se desgasta y sucumbe ante la fuerza de los hechos; no hay narrativa que aguante.

Para decirlo desde ahora, no se trata de alegrarse por las acciones emprendidas por la administración de Donald Trump; habría que estar muy mal para que eso cause júbilo. De lo que sí se trata es de ver fortaleza en la presidenta Claudia Sheinbaum y no un discurso de veleta, que cambia con los días y, sobre todo, con las llamadas —según cordiales— en las que el hombre naranja primero la llama “súper mujer”, luego viene el garrote y después la administración mexicana recula.

Tampoco se puede ocultar el culto que profesa el ala más recalcitrante de la 4T a los regímenes de “izquierda” latinoamericanos: a personajes como Fidel Castro, Ernesto Guevara y la revolución cubana, o a Hugo Chávez y al hoy preso Nicolás Maduro. Ahí está la historia, una cooperación que se presume como histórica, pero que también puede entenderse como patrocinio a dictaduras. Como siempre, los más afectados son los ciudadanos de a pie: los que se quedan sin comer, los que no tienen agua potable, los que se quedan sin combustible, como ya ocurrió en la isla, mientras sus líderes no padecen carencias. Incluso sus hijos se dan la gran vida en los mejores restaurantes, viajan a Japón, visten ropa de marca y ni siquiera conocen su país. Eso sí: ¡viva la revolución!

La relación que históricamente ha mantenido México con Cuba ahora pende de un hilo, todo por la presión que emana de la Casa Blanca. El mundo cambió la madrugada del 3 de enero, cuando fuerzas especiales de Estados Unidos se llevaron de Venezuela a Nicolás Maduro. El mensaje se envió al mundo entero, pero las baterías de Donald Trump se enfocaron en Cuba, régimen que busca derrocar asfixiándolo con un bloqueo extremo que sacuda a Díaz-Canel. El mensaje también fue para quienes patrocinan al régimen: Trump no entiende de ayuda humanitaria. Apretó las tuercas para que ya no se le envíe combustible; no importa si hay contratos. De nuevo, la imposición de aranceles para quien lo haga.

Acá nos cuentan desde Palacio Nacional que las llamadas entre ambos mandatarios siempre son tersas, pero después de recetarnos la letanía con la que comenzó este espacio, vienen los hechos: hoy los 3 mil 152 kilómetros de frontera con Estados Unidos están militarizados; hay drones patrullando, aviones que aterrizan en Toluca, reos extraditados de manera expedita, detenciones y apenas discursos tibios.

México seguirá enviando ayuda humanitaria a la isla. Hay mucha tensión con el vecino del norte y la presidenta Claudia Sheinbaum está jugando al equilibrista, sobre todo frente a un Trump más radical, sin freno y amenazante para nuestra economía, con la posibilidad latente de una intervención. Repito: nadie puede alegrarse.

El discurso ya no alcanza, se habla de soberanía mientras acepta hechos consumados; presume dignidad mientras ajusta su política exterior al ritmo de las presiones de Washington, en este nuevo tablero internacional, la duda, la vacilación y el doble discurso prometen muy poco… pero mejor ahí la dejamos.

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Hasta la próxima.

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