
DRA. MARÍA GUADALUPE RAMOS PONCE*
SemMéxico, GUADALAJARA, Jalisco. Guatemala atraviesa un momento crítico. No se trata únicamente de una crisis política o institucional: estamos frente a una disputa profunda por el sentido mismo de la democracia y como ocurre siempre en contextos de regresión, los cuerpos y los derechos de las mujeres vuelven a ser el campo de batalla.
Desde una mirada violeta, lo que observamos no es un hecho aislado ni coyuntural. La fragilidad democrática guatemalteca se sostiene sobre estructuras históricas de exclusión, racismo, militarización del poder y una captura del Estado que ha sido particularmente violenta con las mujeres, especialmente con las mujeres indígenas, defensoras de derechos humanos y lideresas comunitarias.
En este escenario, la participación política de las mujeres no solo es limitada: es activamente obstaculizada. No hablamos únicamente de la ausencia de paridad o de cuotas incumplidas, sino de un entramado de violencia política por razones de género que opera a través del hostigamiento, la criminalización, las amenazas y el silenciamiento. En Guatemala, hacer política siendo mujer sigue teniendo un costo alto y hacerlo desde el feminismo o desde los pueblos originarios, un costo aún mayor.
Lo que hoy vive el país (con decreto de estado de excepción, con procesos de elección cuestionados, decisiones tomadas a puerta cerrada y una ciudadanía que observa con desconfianza), nos obliga a decirlo con claridad: no hay democracia posible sin la participación real, libre y segura de las mujeres. Las llamadas “elecciones de segundo grado”, que reaparecen cíclicamente en la historia guatemalteca, se convierten en espacios donde las mujeres quedan nuevamente relegadas de la toma de decisiones, reproduciendo pactos patriarcales que se heredan entre élites políticas.
Desde la mirada violeta, también es imposible no nombrar la contradicción central: mientras el discurso institucional habla de legalidad y orden, las mujeres siguen enfrentando niveles alarmantes de violencia, con un sistema de justicia que no responde, que revictimiza o que simplemente mira hacia otro lado. La democracia se vacía de contenido cuando no garantiza la vida, la seguridad y la dignidad de más de la mitad de la población.
Sin embargo, Guatemala no es solo dolor y retroceso. También es resistencia feminista. Son las organizaciones de mujeres, las redes comunitarias, las defensoras que, incluso en contextos adversos, siguen sosteniendo la democracia desde abajo. Son ellas quienes documentan, denuncian, acompañan y proponen. Quienes entienden que la democracia no se reduce al voto, sino que se construye todos los días en la defensa de los derechos.
Hoy más que nunca, Guatemala necesita una apuesta política clara por la democracia paritaria, por procesos transparentes y por una participación de las mujeres libre de violencia. Desde CLADEM y desde los feminismos regionales, lo decimos con firmeza: no habrá salida democrática sin las mujeres, sin su voz, sin su experiencia y sin su liderazgo.
Mirar Guatemala con lentes violetas es asumir una responsabilidad colectiva. Es exigir que la democracia deje de ser un privilegio y se convierta en una realidad vivida también por las mujeres. Porque cuando la democracia se debilita, somos las mujeres quienes primero pagamos el precio. Y cuando las mujeres avanzamos, la democracia se fortalece.
*Dra. María Guadalupe Ramos Ponce, Coordinadora Regional electa de CLADEM
Profesora Investigadora de la UdeG.
@dralupitaramosp [email protected], Canal de Youtoube Dra. Lupita Ramos.
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