LA COSTUMBRE DEL PODER: El asta bandera es mía

*Lo terrible es que esos humanos asesinan con la ferocidad que había desaparecido, gracias a que el Estado ejerció su autoridad y su violencia legal, y los contuvo con sanciones duras y, no pocas veces, con ojos cerrados ante muertes inexplicables, en apariencia. Hoy los excesos están del lado de la delincuencia. La anomia momifica al gobierno y sus instituciones

GREGORIO ORTEGA MOLINA

Insisten en decir que nuestro amado líder y presidente de la República es un hombre de ocurrencias. Nada más falso, es de fantasías, tal como lo exhibe la decisión de escamotear al lábaro patrio a quienes acudieron el sábado 18 de febrero y el último 8 de marzo al Zócalo

¿En qué fantaseaba cuando decidió hacerse de la vista gorda y culpar al cerco, que él mismo ordenó, para que no mancillaran el Palacio Nacional? Supongo que, en la más íntima de sus intimidades, deseó ser un stripper de pelo en pecho, con la musculatura suficiente para balancearse -eso sí, en filo de dente– a todo lo largo de los cien metros del asta bandera, tan solo para demostrar que es el señor del gran poder.

Mientras incubaba el ensueño de su propia fantasía, los obispos de Guerrero, ante la ausencia de Estado -obviamente para nulificar la complicidad del narco con autoridades-, aspiraron a negociar una tregua con los grupos de narcotraficantes que se disputan la hegemonía en esa entidad federativa, pero cometieron el craso error de no llevar con ellos a Félix Salgado Macedonio, dueño de haciendas y voluntades.

Sostener que hace décadas Guerrero está en disputa por el narco es una tontería. Hubo presencia pacífica, la amapola produjo riqueza para narcos y laboratorios farmacéuticos, pero nunca, sí, nunca la violencia que hoy destroza a las instituciones y hace pedazos a las familias, destruye comercios y negocios, da al traste con la producción y ahuyenta el turismo, como sucede en Taxco. Me recuerda mi casi olvidada lectura de Matadero Cinco.

Lo ocurrido en Aguas Blancas no fue un anticipo, sino la confirmación de una constante: los guerrerenses son violentos; la sucedido recientemente en San Miguel Totolapan muestra que San Fernando, en Tamaulipas, se extendió a buena parte del territorio nacional, zona donde los desaparecidos se multiplican, las fosas clandestinas esconden secretos y atrocidades y, es necesario admitirlo, las complicidades varían entre ejecutores y asesinos de todos calibres, con casi todos los niveles de la autoridad. Es cierto, como sostiene Andrés Manuel López Obrador, también son humanos.

Lo terrible es que esos humanos asesinan con la ferocidad que había desaparecido, gracias a que el Estado ejerció su autoridad y su violencia legal, y los contuvo con sanciones duras y, no pocas veces, con ojos cerrados ante muertes inexplicables, en apariencia. Hoy los excesos están del lado de la delincuencia. La anomia momifica al gobierno y sus instituciones.

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