LA COSTUMBRE DEL PODER: ¿Conserva su valor la palabra?

GREGORIO ORTEGA MOLINA

*Es momento de preguntarnos qué experimentaremos los electores cuando nos enteremos del resultado del voto el dos de junio o el tres por la madrugada. ¿Estamos dispuestos a continuar en la pesadilla, y adaptarnos al nuevo significado de las palabras? ¿Le dará su verdadero valor al término CHINGADA? Lo dudo

*Claudia Sheinbaum no tiene problema. El presidente de la República hace campaña por ella, pero sobre todo por él mismo, pues desea quedarse

*Xóchitl Gálvez perdió la oportunidad de ser diferente, innovadora, propositiva, ofertar el verdadero cambio de modelo político para, de una vez por todas, acabar con la impunidad

*Dante Delgado quedó convertido en Antonio Salieri. Siempre atrás, sin beneficio

El desconcierto agobia. Lo que tuvimos por inmarcesible, dejó de serlo. La palabra, desde el origen, como lo indica el Génesis, era un aliento de vida: Al principio fue sólo eso, la palabra. ¡Hágase la luz! Cómo saber si así ocurrió. Hoy es asediada y tergiversada, vilipendiada, desfigurada, deshonrada.

La auténtica reforma, la verdadera revolución, cambiar -para bien o para mal- un sistema social, una nación, una patria, una cultura, una civilización, inicia con las modificaciones del lenguaje. Unos idiomas se transforman, lo mismo evolucionan que involucionan, otros desaparecen, otros más, los menos, son tema de los estudiosos y de los feligreses practicantes de sus religiones. ¿Cuánto perdió el latín al desaparecer del rito? ¿Modificó el arraigo de la fe?

Asistimos a un asedio a la norma, a la costumbre, a la eventración del lenguaje en beneficio del poder político, de la publicidad, de la sumisión económica, de la ideologización de lo que no es. ¿Qué resuelve el vocabulario incluyente -todavía lejos de constituirse en lenguaje e idea e ideología- si no es un sentimiento de certeza para quien se sirve de él, pero no su espíritu ni su manera de ser?

Hoy asistimos aquí, en México, y quizá en otra naciones, a la perversa modificación de la esencia de la palabra, todo para servir a un poder político que pudre el presente y hace nugatorio todo derecho a vivir, desde el cual el mismísimo presidente Manuel Andrés López Obrador se muestra incapaz de aclarar o puntualizar para quién pide lealtad a toda prueba. ¿Para él, las instituciones, el Estado? Como presidente de la República se siente omnisciente y se sabe omnipresente, ahora asume la actitud de Humpty Dumpty y determinó que en la patria que él dice gobernar, las palabras significan lo que él quiere que signifiquen.

Así decidió que los mexicanos somos felices, sin detenerse a pensar en qué consiste esa felicidad; también asegura que vivimos en un país seguro, donde la violencia y las fosas clandestinas son casi inexistentes, y los abrazos detienen, como el DETENTE, los balazos.

Es momento de preguntarnos qué experimentaremos los electores cuando nos enteremos del resultado del voto el dos de junio o el tres por la madrugada. ¿Estamos dispuestos a continuar en la pesadilla, y adaptarnos al nuevo significado de las palabras? ¿Le dará su verdadera valor al término CHINGADA? Lo dudo.

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Deprimente resultó la noche del domingo 7. El debate ofreció el auténtico tamaño de los contendientes. Para medirlos, se requiere de una regla milimétrica. Las dos aspirantes son de dar pena, nada propusieron, nada debatieron, no presentaron ideas. Fue un vulgar pleito verbal de lavanderas.

Javier Álvarez Máynez únicamente hizo el papel a él encomendado por Dante Delgado. El de esquirol a favor de Manuel Andrés López Obrador.

Claudia Sheinbaum no tiene problema. El presidente de la República hace campaña por ella, pero sobre todo por él mismo, pues desea quedarse.

Xóchitl Gálvez perdió la oportunidad de ser diferente, innovadora, propositiva, ofertar el verdadero cambio de modelo político para, de una vez por todas, acabar con la impunidad.

Dante Delgado quedó convertido en Antonio Salieri. Siempre atrás, sin beneficio.

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