LA COSTUMBRE DEL PODER/ Carstens, inteligencia y éxito en silencio II/III

*Hoy estamos en el vórtice de un reordenamiento mundial en asuntos políticos redefinidos por su incidencia en la economía, en la captura sana de recursos fiscales, y en la rebatiña de la enorme y creciente producción de riqueza negra debida a la delincuencia organizada

GREGORIO ORTEGA MOLINA. Imposible navegar en el mundo de la globalización y el libre comercio sin esa soberanía que únicamente se obtiene con recursos fiscales y mínima deuda externa. ¿Qué importa la paridad y un peso fuerte al que le resulta más barato un dólar que un kilo de tortillas, si el poder adquisitivo de la moneda nacional desciende y la inflación aumenta, despacio, pero de manera consistente?

Lo cierto es que nos negamos a aprender del pasado y no quisimos consolidar el servicio civil de carrera en áreas fundamentales como la hacendaria, las relaciones exteriores y la procuración y administración de justicia. Algunos administradores públicos se preocuparon por hacer escuela, contribuyeron a formar un par de generaciones, al menos, de excelentes funcionarios públicos, que en cuanto llegó la alternancia y fueron tratados a patadas, optaron por ganarse decorosamente la vida en otras naciones, donde hay disciplina administrativa y respeto.

En la alocución ya referida, Agustín Carstens lo recuerda para nosotros: “Tener un buen grupo de economistas técnicamente solventes, pero también expuestos a las trincheras de los mercados, es de vital importancia. Los mercados financieros hacen una gran contribución en la evaluación de las políticas, lo que con frecuencia lleva a la adecuación de las mismas. Una de las características salientes de dichos mercados es que diariamente juzgan a las políticas implementadas y emiten un veredicto sobre si son creíbles o si requieren afinación. El reto radica en tener la habilidad de extraer las señales adecuadas del cúmulo de información que emiten cotidianamente los mercados.

“Durante los últimos años de los ochenta y los primeros de los noventa, México llevó a cabo muchas reformas estructurales: la autonomía del Banco de México, la apertura comercial, la desregulación de muchas actividades internas, la privatización de empresas públicas y de la banca, la creación de la autoridad de competencia económica y la apertura a la inversión extranjera, incluyendo la que tuviera como destino la deuda pública interna. También renegociamos nuestra deuda externa en términos de mercado (Plan Brady), que fue la primera restructuración de este tipo y que posteriormente fue emulada por decenas de países emergentes.

“Uno hubiera pensado que, a la luz de las reformas mencionadas y en particular con un banco central autónomo, México entraría por fin a una etapa prolongada de inflaciones bajas y estables”.

Hoy estamos en el vórtice de un reordenamiento mundial en asuntos políticos redefinidos por su incidencia en la economía, en la captura sana de recursos fiscales, y en la rebatiña de la enorme y creciente producción de riqueza negra debida a la delincuencia organizada, notoriamente el narcotráfico, que es una transnacional que se mueve libremente y sin restricciones más que las momentáneamente necesarias.

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