LA COSTUMBRE DEL PODER/ A recontar las víctimas

*¿De qué sirve a esos generadores de riqueza -no necesariamente traducida en bienestar general- incrementar sus ganancias, si al mismo tiempo tienen, por necesidad, que multiplicar el número de sus guardaespaldas, pagar extorsión, evitar que los transportes de sus productos sean asaltados en las carreteras? Viven con el Jesús en la boca por la seguridad de sus mujeres e hijos, porque de otra forma puede sucederles lo que ocurrió al vástago de Alejandro Martí

GREGORIO ORTEGA MOLINA. Permitimos que los gobiernos -el actual tanto como los anteriores- nos vean la cara; simplifican las cuentas de los fracasos de sus políticas públicas y las ajustan a la suma de cadáveres y ausencias, debidas a los desaparecidos. Parece que más de 120 mil.

Las consecuencias de las decisiones gubernamentales son diversas y más complicadas que la pérdida de vidas, pues nada hay peor que continuar respirando a sabiendas de que estás muerto, porque te arrebataron tus sueños, te despojaron de tu propiedad y empleo y, lo peor -porque no existe término para describirlo-, te dejan sin hijos, los matan frente a ti, los desaparecen, o los convierten en sicarios, porque son los gobernantes quienes transforman las vidas de esos jóvenes que, por hambre y como respuesta a la violencia, se convierten en asesinos. A todo costa prefieren dejar de ser víctimas, aunque eso los transforme en cruentos victimarios.

¿Cómo entender el comportamiento de los empresarios? ¿Se lo explican ellos mismos? Enrique Quintana, de El Financiero, tituló su columna del 9 de junio último “El País va mal, pero yo voy bien”, y así la inicia: “En la reunión nacional de Consejeros Regionales de BBVA que se celebró esta semana se aplicó una encuesta en la cual se preguntó a los empresarios por las perspectivas del país y de sus empresas.

“El director general del banco, Eduardo Osuna, dio a conocer interesantes resultados. El 82 por ciento de los encuestados consideró que la situación económica del país o se mantendrá igual o empeorará este año”.

¿De qué sirve a esos generadores de riqueza -no necesariamente traducida en bienestar general- incrementar sus ganancias, si al mismo tiempo tienen, por necesidad, que multiplicar el número de sus guardaespaldas, pagar extorsión, evitar que los transportes de sus productos sean asaltados en las carreteras? Que no es lo más grave, pues viven con el Jesús en la boca por la seguridad de sus mujeres e hijos, porque de otra forma puede sucederles lo que ocurrió al vástago de Alejandro Martí.

También está el aspecto económico, salvo que todo lo exporten, pues la pobreza generada por las políticas públicas reduce el poder adquisitivo de las víctimas, y si antes vendían 100, pronto se dan cuenta de que ya no venden ni 20.

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El agotamiento físico es producto de una enfermedad que debo atender y estar atento a que la medicina la revierta. Imposible determinar el tiempo requerido para ello. ¿Dos, cuatro, seis semanas? Lo desconozco.

Tengo lecturas atrasadas y reflexiones, como aquella que François Mitterrand deja para la pluma de Elie Wiesel en Memoria a dos voces: sostuvo tener resuelto lo filosófico, que quedaba determinar el momento para suspender el medicamento. Yo añadiría que también es necesario resolver los asuntos de fe, que se reducen a uno: ¿se tiene o se carece de ella?

Tengo la certeza de que antes de que concluya el año, los estaré enchinchando de nuevo. Me doy ocho semanas.

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