JUEGO DE OJOS/ Conquistadores y conquistados

MIGUEL ÁNGEL SÁNCHEZ DE ARMAS

Hugh Thomas fue un historiador británico de la vieja escuela, formado en Oxford, Cambridge y La Sorbona, ajeno al activismo académico y convencido de que la historia se sostiene en archivos, paciencia y prosa clara. Nació en Windsor en 1931 y murió en Londres en el 2017.

No fue un especialista de gabinete ni un propagandista ideológico. Se interesó por los grandes procesos de poder -imperios, revoluciones, guerras civiles- y los abordó siempre desde una perspectiva narrativa, con atención al detalle humano y político. Su obra más conocida, La guerra civil española, lo colocó como una referencia internacional y marcó un método que repetiría en La conquista de México: reconstrucción minuciosa, desconfianza del dogma y voluntad de contar la historia completa, incluso cuando esa totalidad resulta incómoda para todos los bandos.

Thomas escribió La conquista de México con una ambición que hoy resulta rara: contar un episodio fundacional sin reducirlo a consigna, sin convertirlo en estampita patriótica ni en alegato judicial. Su libro no busca absolver ni condenar; busca entender. Y eso, tratándose de la Conquista, es una toma de posición.

Leído hoy, el libro impresiona menos por su erudición -que es vasta y disciplinada- que por su método. Thomas no narra desde el centro moral del presente. Se instala en el siglo XVI y desde ahí observa a Cortés, a Moctezuma, a los capitanes, a los tlaxcaltecas, a los frailes, a los soldados anónimos y a los pueblos sometidos. No los justifica. Tampoco los simplifica. Los sigue. Los escucha. Los deja hablar con las palabras que dejaron en cartas, crónicas, procesos judiciales y memoriales. Esa decisión le da al libro un tono que incomoda tanto a los devotos del mito hispanista como a los administradores de la culpa histórica.

En ese mismo registro de incomodidad, Thomas aborda el tema de los sacrificios humanos sin animadversión ni evasivas. No los niega, no los minimiza y tampoco los convierte en explicación total de la Conquista. Los describe como una práctica central del orden religioso y político mexica, inseparable de su concepción del mundo, del poder y de la guerra. Entiende que el sacrificio no era un acto de crueldad arbitraria, sino una obligación cósmica, una forma de sostener el equilibrio del universo. Al mismo tiempo, no pierde de vista su impacto político: el terror ritualizado como mecanismo de dominación sobre pueblos sometidos y como uno de los factores que facilitaron alianzas contra Tenochtitlan. Thomas no usa los sacrificios como coartada moral para la invasión, pero tampoco los barre bajo la alfombra del relativismo. Los coloca donde pertenecen: en el centro de una civilización compleja, brillante y también brutal.

El Cortés que emerge no es el demonio plano ni el héroe de bronce. Es un político precoz, un lector atento del poder, un jugador que entiende antes que otros el valor de la información, de la alianza y del espectáculo. Thomas lo muestra como un hombre capaz de audacia extrema y de cálculo frío, de crueldad funcional y de gestos teatrales pensados para producir obediencia. No lo absuelve. Pero lo explica. Y al hacerlo devuelve a la Conquista su dimensión política, que suele perderse cuando se la reduce a choque de civilizaciones o a tragedia inevitable.

Uno de los mayores aciertos del libro es la manera en que desmonta la idea de una Conquista exclusivamente española. Sin idealizar a los aliados indígenas, Thomas deja claro que sin ellos el avance habría sido imposible. Tlaxcala no aparece como traición abstracta sino como decisión histórica tomada bajo presión, con memoria de agravios y con cálculo de supervivencia. Esa lectura incomoda porque desplaza la comodidad de los relatos binarios. Aquí no hay dos bandos puros. Hay intereses cruzados, violencias acumuladas, equilibrios rotos.

Moctezuma, por su parte, aparece como una figura trágica sin caricatura. Ni místico paralizado ni tirano inepto. Un gobernante atrapado en un sistema de signos, rituales y obligaciones que limitaban su margen de acción. Thomas es cuidadoso al no psicologizarlo con categorías modernas. No le atribuye dudas cristianas ni fatalismos inventados. Lo sitúa en su mundo, con sus códigos, y desde ahí muestra cómo el encuentro con los españoles fue también un colapso semántico: los signos dejaron de funcionar, los rituales perdieron eficacia, el lenguaje del poder se volvió opaco.

El libro se sostiene, además, en una atención minuciosa al detalle material. Las armas, las rutas, las enfermedades, los tiempos de desplazamiento, la logística de la guerra. Thomas entiende que la historia no avanza solo por ideas o decisiones, sino por cuerpos que se cansan, caballos que mueren, pólvora que se acaba, epidemias que arrasan sin distinguir bandos. La viruela no es aquí un recurso retórico sino un actor histórico decisivo.

En ese sentido, La conquista de México es también un libro sobre la contingencia. Nada estaba escrito. Nada era inevitable. Cada avance pudo haberse detenido, cada alianza pudo haberse roto, cada error pudo haber sido fatal. Esa conciencia de lo frágil es lo que le da densidad al relato. La Conquista no aparece como destino manifiesto sino como una suma de apuestas arriesgadas que, por razones múltiples, salieron bien para un grupo reducido y de forma catastrófica para millones.

Hay, desde luego, límites. Thomas escribe desde fuera y se nota. Su empatía con el mundo indígena es real, pero mediada por fuentes mayoritariamente españolas. Aun así, hace un esfuerzo honesto por leer entre líneas, por reconstruir voces acalladas, por no aceptar sin más la versión de los vencedores. No siempre lo logra, pero el intento es visible y serio.

El libro de Hugh Thomas sirve para algo más que entender el siglo XVI. Obliga a pensar cómo se construyen los relatos fundacionales, quién los administra y con qué fines. La Conquista sigue siendo un campo de batalla simbólico porque ahí se juega la idea misma de nación, de culpa, de origen y de poder. Thomas no ofrece consuelo ni coartada. Ofrece complejidad. Y eso, en tiempos de consignas rápidas, es casi un acto de resistencia intelectual.

La conquista de México no se lee para confirmar certezas. Se lee para perderlas. Y quizá por eso sigue siendo un libro incómodo, necesario y, a su manera, profundamente actual.

25 de enero de 2026

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