
FRANCISCO RODRÍGUEZ
¡Por fortuna, todavía hay clases sociales!, solía exclamar una de mis tías que, vergonzosamente para toda la familia, aún se ubicaba a sí misma dentro de la llamada “aristocracia pulquera” de nuestro país.
La misma frase podría soltarla en la actualidad cualquiera que haya visto la viralizada escena del señor presidente de la Suprema “Corta” de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar Ortiz, erguido mientras dos de sus subalternos le limpiaban los zapatos.
No basta que haya explicado posteriormente en un post en la red social X haya presentado disculpas y haber dicho que a su “compañera, directora de Comunicación Social, se le cayó café y nata. No nos dimos cuenta (de) que me había salpicado en el zapato y cuando ella se percata, trató de resolver la situación. Esto me tomó por sorpresa y es el momento que ahora se difunde.
“A Amanda Pérez, agradezco su gesto. En cuanto me percaté le pedí que no continuara. Aún (otro sic) así, le ofrezco una disculpa y le reitero mi respeto.”
Y no. No es lo que se ve en la imagen captada por una cámara de Televisa. Porque, además, si se le manchó el zapato derecho, ¿por qué otra persona le limpia el que portaba en el pie izquierdo!
¿Sería que los traía sucios, empolvados y quizá hasta enlodados porque tuvo que correr tras la combi o “pesera” para alcanzarla en una de las esquinas del humilde barrio donde don Hugo reside?
Puede que así haya sido. Ya él mismo divulgó, al rechazar la Jeep Cherokee blindada que la SCJN ponía a su servicio, que estaría dispuesto hasta viajar en camión o subirse al Metro para llegar al lugar donde labora.
Falsas disculpas aparte, la soberbia y la ausencia de humildad de quien dice honrar al indigenismo estuvieron presentes en la vergonzosa escena que, no es exagerado decirlo, todo México conoce.
“Confía en lo que ven tus ojos” –escribió hace unos días el periodista Jorge Ramos– frente a las distorsionadas versiones oficiales. Y “ante la duda, cuando no sepas si lo que dice el gobierno es cierto, confía en lo que ven tus ojos. Esa es la mejor manera de acercarse a la verdad”.
Manifestaciones de odio entre las clases sociales
También hay que decir que en este régimen de Cuarta… Transformación se nos han impuesto el miedo y la opresión, el sectarismo y la rapiña, la depredación corrupta de gobiernitos sin freno y sin castigo, por sobre la aceptación y el aprecio de la diversidad, a la capacidad de vivir y dejar vivir a los demás, al libre arbitrio de tener cada uno sus propias convicciones, al privilegio de gozar sus derechos sin lastimar al prójimo.
Y así, aunque no lo queramos aceptar, porque es muy infamante, el nuevo sistema político mexicano se está construyendo sobre cimientos de ignorancia, codicia, corrupción y depredación. No hay para cuando se acabe, no sabemos cuáles pueden ser sus fronteras. Sólo sabemos que no lo podemos aceptar.
México tardará demasiado en esquivar este pasmo, costará mucho trabajo erradicar todas las manifestaciones de odio entre las clases sociales y tendrá que reforzar la legislación para castigar con dureza sus crímenes de odio.
La solución no será otra que alentar la libertad y el pluralismo, apoyar la toma de conciencia individual para romper el círculo vicioso entre la desconfianza y la violencia, detectar a tiempo la propaganda nociva que la incuba y la propala.
La intolerancia ignorante y la pésima distribución de la riqueza son el caldo de cultivo de las dictaduras, de la marginación y de la exclusión social. La perversión en el intercambio de favores políticos de la cúpula es el veneno implacable para convertir cualquier país en un páramo insoluble.
Por ello secaron la economía, destruyeron la planta de empleo instalada, hicieron crecer a sus favoritos, desangrado el campo, arrastraron el caro prestigio que nos quedaba. Por eso han fracasado en todos los flancos y con sus conductas delincuenciales ahuyentaron todo asomo de inversión nacional y extranjera, en un México desgarrado por su ignorancia y su ambición inusitada.
Por ello, han arrasado con las libertades, derechos, garantías, prerrogativas constitucionales, integridades y dignidades humanas. Por ello, para ellos, nadie tiene derecho a vivir ni a progresar fuera del manto lúgubre de su complicidad, alejado de su encubrimiento. Nadie puede ni debe resistirse a sus conductas corruptas. El que lo haga, ya sabe a qué le tira.
Odio y miedo, los peores enemigos del ser humano
Por eso, el que pretende denunciar sus trapacerías, aunque sea de soslayo, está ipso facto fuera del mundo que ellos explotan. Sus designios deben ser inimpugnables, no admiten reclamación. Su ferocidad es cobarde, porque no lo hacen de frente, pagan por silenciar, por vejar, por excluir.
Su enfermedad de poder sólo se encuentra en la base craneana de los estultos. Ante todo lo existente, ante todo lo animado. Que se mueva y piense, ante aquello que crean amenaza sus intereses y codicias, dejan caer todo el peso del poder. No saben diferenciar dignidades de libertades, de obligaciones melifluas.
Por eso, la característica de los mamarrachos es el odio y el miedo, los peores enemigos de cualquier ser humano que quiera vivir en cualquier democracia, aunque sea imperfecta. Todo lo que se oponga al moche, deberá pasar a degüello.
Las libertades de los gobernados les impiden ejercer su ambición sin freno. Son el valladar para sus desvaríos, para sus inmunidades, para sus pactos en oscurito. Creen que todas las conciencias y las capacidades de raciocinio deben arrodillarse ante sus majestades de huarache.
En buena hora para el país, el fantoche populista que encabeza la “Corta” de Justicia ha mostrado su verdadera cara.
Ojalá sea el ejemplo contra lo que se debe luchar en libertad y en democracia.
Indicios
Porque todavía hay clases, las señoras senadoras de Morena cuentan con salón de belleza dentro de las instalaciones de la que fuera Cámara Alta. Dicen que es porque no les da tiempo de viajar desde sus entidades, cumplir en ellas una agenda de trabajo territorial y luego trasladarse a CDMX a reuniones de las comisiones a las que pertenecen y asistir a las sesiones del pleno. Hasta no hace mucho, a media cuadra del Senado, dentro de las instalaciones del hotel Sevilla-Palace, existía una peluquería –a la que incluso asistía Ricardo Monreal– y salón de belleza, negocio que “quebró” cuando los elitistas legisladores abrieron su propia estética. * * * Por hoy es todo. Agradezco su lectura a este Índice Político y, como siempre, le deseo ¡buenas gracias y muchos, muchos días!
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