Ibargüengoitia y la cuatro T

RUBÉN MOREIRA VALDEZ*

Ibargüengoitia nació en Guanajuato y murió en Madrid. Era grande y gordo, y eso no le importaba. Quería ser ingeniero y terminó de escritor. Se decidió por el teatro, no le fue mal, pero en la novela se encuentran sus mayores triunfos. Fue alumno de Usigli y salió de bronca con él. Se enamoró de su compañera de aula, no fue correspondido y, a mi juicio, le fue mejor con la pintora que se encontró en San Miguel de Allende.

Estamos más cerca de lo que pensamos de la obra de Jorge, hace unas semanas la Ciudad de México se inundó con la propaganda donde una de las llamadas “plataformas” anunciaba Las Muertas. La exitosa productora llevó a la pantalla la novela donde el guanajuatense relata lo acontecido con un grupo de mujeres conocidas como “Las Poquianchis”.

Otras de sus obras llegaron al cine. Algunas con no mucho éxito, como Maten al León, que en su versión de celuloide casi mata la novela. Mejor suerte tuvo Dos Crímenes que fue premiada en Nantes, Cartagena, México, Bogotá y San Diego. Estas ruinas que ves, sin embargo, es a mi gusto la mejor de las que sirvieron de argumento para películas, en especial por la actuación de Blanca Guerra y Fernando Luján.

Al inicio de los ochenta me prestó un amigo El Atentado, obra de teatro premiada en Cuba y la cual me presumió tanto que tuve la buena idea de no ir a clase para disfrutarla. Eran mis días de marxista – leninista, nada raro para alguien que nació hace 60 años y estudió en escuela pública. De hecho, las personas más sanas que conozco tuvieron esos días, y aun cuando algo queda, también los dejaron. Reconozco que Los relámpagos de Agosto, La ley de Herodes y Los pasos de López me sirvieron para llevar a mejor puerto mi vida y ahorrarme un psicoanálisis.

Las finanzas de un estudiante no dan para llenar el carrito de libros, pero el viejo régimen tenía salvavidas, y uno de ellos eran las publicaciones a bajo precio. Por aquellos días la Secretaría de Educación Pública puso a la venta, por 100 devaluados y viejos pesos, la colección Lecturas Mexicanas, que en dos series colocó en kioscos y librerías 200 títulos. Muchos de aquellos tesoros que se pueden encontrar en los anaqueles de Donceles.

En esa edición me topé, entre otros, con Urquizo, Molina, Vasconcelos, Traven, Reyes, Torri, Leduc y, para suerte mía, a Ibargüengoitia. Hoy las cosas son distintas: en la SEP los funcionarios andan a madrazo limpio. En el Fondo de Cultura Económica se publican las preferencias atávicas de su director y, en el gobierno, un tal Marx afirma la siguiente sandez: “Leer por goce es un acto de consumo capitalista”.

Hace falta Jorge para salvarnos de las mamadas de estos parásitos y regresar al país a la realidad.

*Coordinador del Grupo Parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados LXVI Legislatura Federal

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