ESCARAMUZAS POLÍTICAS/ Venezuela: se llevaron a Maduro, pero no al país

GLORIA ANALCO

Desde la Casa Blanca, Trump y su equipo siguieron en tiempo real la operación contra Maduro. Proyectaron control absoluto. Habló como si Estados Unidos hubiera tomado Venezuela: de dirigir el país, administrar la transición, permitir la entrada de las grandes petroleras y, si fuera necesario, lanzar una segunda ola de bombardeos. Todo cuidadosamente montado para proyectar victoria total.

Pero los hechos cuentan otra historia. Siempre más elocuentes que cualquier rueda de prensa.

Detrás del secuestro de Maduro late un reflejo histórico. Creen poder cobrarse lo que nunca pudieron con Fidel Castro. El comandante cubano sobrevivió a más de 600 intentos de asesinato, resistió bloqueos, conspiraciones internas y presiones externas. Murió a los 90 años, tranquilo en su cama, con la victoria frente a Estados Unidos asegurada.

Maduro también se autoproclama revolucionario. Sus políticas sociales muestran un compromiso con el pueblo que recuerda, en cierta medida, aquel espíritu cubano. Aunque Venezuela nunca fue comunista, para el Estado Profundo derrotarlo simbolizaría saldar cuentas pendientes con la revolución que Castro encarnó y jamás pudieron doblegar.

Nicolás Maduro ya no está en Venezuela, pero el Estado venezolano sigue funcionando. Las Fuerzas Armadas permanecen cohesionadas. Las instituciones operan con normalidad. El Tribunal Supremo activó de inmediato el mecanismo constitucional que garantiza la continuidad del Ejecutivo.

En cuestión de horas, la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la presidencia encargada. No hubo vacío de poder. No hubo tutela extranjera efectiva. No hubo ocupación. Sí hubo amenaza: si Washington no recibe obediencia, advierten que volverán a bombardear.

Esta contradicción entre discurso y realidad es clave.
Si Estados Unidos gobernara Venezuela, no necesitaría anunciarlo; simplemente lo haría. El exceso verbal delata límites.

¿De dónde vienen esos límites?
China y Rusia, con intereses sólidos en Venezuela, no permitirán transformaciones unilaterales sin consecuencias.

Todo indica que la extracción de Maduro no fue improvisada. Una operación de ese calibre, ejecutada en tan poco tiempo, exige coordinación interna y un entendimiento tácito con actores clave dentro y fuera del país.

Detrás de la teatralidad, se percibe un cálculo cuidadoso que mantiene a raya los riesgos: dentro, para garantizar la continuidad del Estado; fuera, para evitar un choque directo con China y Rusia.

El espectáculo se dejó en manos de Washington; los límites, en manos de un equilibrio global. El hecho tan llamativo fue cuidadosamente negociado. No habría que descartar un acuerdo tácito con Nicolás Maduro.

Estados Unidos había caído en un pantano: su armada en el Caribe frente a poderosos misiles supersónicos en manos de Venezuela. Había que buscarle una salida.

Ya en el espectáculo con luz verde, Trump lanza advertencias a gobiernos vecinos, señala a Petro, advierte a México y exhibe América Latina como su traspatio.
En ese contexto, Marco Rubio, cuya familia emigró de Cuba tras la derrota de los batistianos, ha cultivado desde niño un afán por desmantelar lo que recuerde a la Revolución cubana.

Esa historia personal explica buena parte de la energía con que algunos congresistas presionan por intervenciones y muestran obsesión particular con Venezuela, como extensión simbólica de su narrativa familiar de revancha histórica relacionada con Cuba.

Mientras se proyecta fuerza hacia afuera, en Washington se desata un conflicto interno. Legisladores advierten sobre las consecuencias legales, económicas y estratégicas de las acciones de Trump.

Nancy Pelosi, por ejemplo, señala que no existe amenaza urgente que justifique el uso de la fuerza sin autorización del Congreso. Alexandria Ocasio-Cortez, por su parte, denuncia la hipocresía de la operación: no se trata de drogas ni de democracia, sino de petróleo y de cambio de régimen.

Este conflicto interno refuerza lo evidente: el poder proyectado desde Washington choca no solo con la multipolaridad internacional, sino con los límites legales y políticos dentro de su propio país.

Lo que se ve en el escenario mediático de Venezuela no es control absoluto; es un espectáculo rodeado de dudas, resistencias y críticas internas.

La teatralidad del operativo -discursos grandilocuentes, advertencias, seguimiento en tiempo real- es solo eso: teatro. La amenaza retórica choca con límites reales. China y Rusia no han desaparecido del tablero. Sus movimientos son medidos, sutiles, invisibles, pero efectivos.

La tibieza aparente de sus reacciones no indica ausencia de poder. Indica negociación estratégica y control calculado. EE. UU. ya no se manda solo; el juego global requiere acuerdos que marcan hasta dónde puede llegar el espectáculo.

El espectáculo de Trump tiene sentido: mostrar fuerza mientras se administra la realidad, aceptar límites y compensarlos con ilusión de protagonismo.

La multipolaridad impone reglas incluso sobre el actor que se cree hegemónico.

En conclusión, lo ocurrido en Venezuela no puede leerse como una toma del país. Es un recordatorio de que el mundo dejó de ser unipolar. Que los límites existen incluso para los más poderosos. Que la teatralidad mediática no sustituye la realidad estratégica.

Se llevaron a Maduro, sí. Pero no se llevaron a Venezuela. Lo demás, como siempre, es puro aspaviento.

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