ESCARAMUZAS POLÍTICAS/ Trump inaugura el régimen de extorsión estratégica del siglo XXI

 

GLORIA ANALCO

Donald Trump ya lo dijo sin rodeos: Venezuela “entregará” decenas de millones de barriles de petróleo a Estados Unidos. El crudo se venderá a precio de mercado y el dinero quedará bajo su control. No habló de acuerdos, ni de cooperación, ni de reconstrucción. Habló de entrega, y de administración ajena.

Eso tiene un nombre que la diplomacia suele evitar: robo, o bien saqueo; extracción bajo amenaza militar.

Y lo anunció justo en el momento en que China y Rusia consolidan exactamente lo contrario: contratos energéticos fuera del dólar, infraestructura real, alianzas estables y un sistema económico paralelo que ya no depende de Washington. No es una coincidencia. Es un síntoma.

Trump no roba porque esté ganando. Roba porque está perdiendo la batalla estructural.

Mientras otros construyen sistemas, Estados Unidos, bajo su mando, empieza a cobrar tributo.

Estados Unidos no ha ocupado Venezuela. Ha hecho algo más acorde con su estilo de arrebatar: ha impuesto un régimen de extorsión estratégica.

No gobierna el país. Le pasa la factura, como cualquier mafioso de barrio, y esos mismos planes -aunque de distinta forma- los tiene con otros países:

¡va a cobrar tributo a todo aquel que se deje!

El secuestro del presidente Nicolás Maduro y la muerte de más de treinta de sus hombres de seguridad ya no pueden leerse como un exceso ni como una operación quirúrgica. Fueron el acto fundacional de este nuevo esquema: o entregas recursos, o vuelven los bombardeos, y en otros casos podrían tratarse de más aranceles.

La pregunta ya no es si Washington controla Caracas. La pregunta es cuánto cobra, durante cuánto tiempo y a quién desplaza en el camino: a China, a Rusia o a ambos, y cuáles serán las consecuencias.

Como ha explicado Alastair Crooke, exdiplomático británico y reconocido analista de seguridad y conflictos internacionales, fundador del Instituto Conflicto y Política Global, con décadas de experiencia en Medio Oriente y asesorías en inteligencia estratégica, este método no es nuevo.

Es el mismo modelo ensayado en Siria: presión extrema, maniobras opacas, mediaciones “amistosas” desde los Estados del Golfo -Catar incluido-, reacomodos internos de poder y, finalmente, un país fragmentado y un Estado fallido.

Crooke subraya que la estrategia estadounidense es de tipo “empresarial”: comprar voluntades, presionar a las fuerzas armadas y a los servicios de seguridad, y tratar de controlar un país a través de sus élites.

Pero en Venezuela, ese esquema tropieza con resistencias profundas: lealtades históricas, la impronta cubana en los aparatos de seguridad y un núcleo duro nacionalista que no encaja fácilmente en los planes de un cambio de régimen administrado desde fuera.

El costo humano inmediato fue brutal. Durante el secuestro de Maduro fueron asesinados decenas de miembros de su entorno de seguridad. No fue un gesto simbólico. Fue una operación violenta diseñada para producir shock.

Y ese shock no iba dirigido solo a Caracas.

En su análisis, Crooke vincula lo ocurrido en Venezuela con una campaña más amplia de intimidación estratégica, ocurrida en Rusia, que incluye ataques o sabotajes contra infraestructura nuclear sensible: bombarderos estratégicos, radares de alerta temprana y complejos de búnkeres de mando.

Nada de eso tiene que ver con Ucrania. Todo tiene que ver con enviar un mensaje existencial a Moscú, y viene del Estado Profundo estadounidense que al parecer gusta de jugar con fuego.

El mensaje implícito es brutal: si te opones a nosotros en Venezuela, en Irán o en cualquier otro escenario, podemos tocar el corazón de tu sistema estratégico.

A diferencia de lo que algunos podrían suponer, Crooke no dice que Rusia o China estuvieran avisadas ni que aprobaran la operación en Venezuela. Lo que describe es otra cosa: contención, cálculo, espera. No acuerdo. No consenso. Tensión contenida en un momento extraordinariamente peligroso.

Visto desde este ángulo, Venezuela deja de ser solo un país petrolero y vuelve a ser lo que siempre fue en la geopolítica: una pieza estratégica en la lucha por el control del hemisferio y, ahora, en la batalla por impedir la consolidación del mundo multipolar.

Pero hay algo todavía más revelador en todo esto. Trump no aparece aquí como un estratega fuerte ni como el arquitecto de un nuevo orden. Aparece como lo que es: el administrador tosco de una decadencia.

No ofrece un proyecto. Administra un saqueo. No propone un orden. Gestiona una extorsión.

Y en ese gesto hay algo profundamente triste y peligrosamente revelador. El imperio ya no promete. Ya no seduce. Ya no organiza. Solo cobra.

Estados Unidos puede ganar golpes tácticos. Puede secuestrar a un presidente. Puede imponer miedo. Puede pasar la factura.

Pero cada vez resulta más evidente que ya no puede ordenar el mundo. Y cuanto más recurre a la coerción, más acelera el proceso que dice querer detener.

Venezuela no es el final de esta historia. Es una advertencia.

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