ESCARAMUZAS POLÍTICAS/ Trump, Davos y la estampida hacia los BRICS

GLORIA ANALCO

Hasta hace apenas unos días -antes de Davos- el mundo occidental tenía un aire inconfundiblemente “a lo Donald Trump”. Los líderes europeos todavía desfilaban con esa mezcla de sumisión y esperanza, intentando congraciarse con el hombre que se cree director de orquesta del planeta. Trump subía al escenario, agitaba los brazos, repartía amenazas y, durante unas horas más, todavía lograba dar la impresión de que llevaba la batuta del viejo Occidente.

Entonces ocurrió Davos.

Sube al estrado el primer ministro de Canadá, dice en voz alta lo que muchos ya pensaban en silencio -que el viejo orden no va a volver, que esto no es una transición sino una ruptura- y, como si el discurso hubiera sido el prólogo de una obra mucho más concreta, horas después toma el avión y se va a China con toda su comitiva. No a pedir permiso. No a disculparse. A hacer negocios.

Y ahí empezó la estampida.

En cuestión de días, lo que parecía un mundo todavía girando alrededor de Washington se convirtió en otra cosa. Canadá abrió el camino. La Unión Europea firmó acuerdos con India y empezó a mirar seriamente hacia los BRICS. El Reino Unido, con Starmer al frente, también marchó a Pekín acompañado de una extensa comitiva. Y la OTAN… bueno, la OTAN empezó a preguntarse si su papel histórico es seguir a ciegas a Washington o simplemente tratar de no estrellarse en medio del caos.

El espectáculo es digno de un reality show geopolítico, pero sin guion y con consecuencias reales.

Trump, desde luego, no lo tomó bien.

Observa todo esto como un niño al que le quitaron el juguete: grita “¡traición!” y manda a su secretario del Tesoro a poner orden, quien parece haberse mudado al Muro de las Lamentaciones, exhibiendo públicamente -según él- la “deslealtad” de los aliados.

Trump se queja del mundo que él mismo está ayudando a dinamitar y no entiende que esto no es deslealtad: es supervivencia económica y geopolítica.

Sí, Trump lo está logrando. Está hundiendo el liderazgo estadounidense. Pero no solo eso: también está enseñando a sus aliados que existen alternativas.

Y entonces llegó el golpe más simbólico.

La alta responsable de la política exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, lo dijo sin rodeos en un tuit que debería enseñarse en las escuelas de diplomacia:

“Europa necesita adaptarse a las nuevas realidades. Europa ya no es el principal centro de gravedad de Washington. El primer ministro canadiense dio en el clavo en su discurso en Davos. Es hora de que Europa también reconozca este cambio radical.”

Traducido del lenguaje diplomático: se acabó la ilusión.

Hay, además, un detalle que Trump parece incapaz de entender. Lleva años creyendo que el gran garrote de Estados Unidos es su mercado de consumo: trescientos y tantos millones de compradores usados como chantaje geopolítico. Aranceles aquí, amenazas allá, “o me compras o te castigo”. El problema es que el mundo cambió… y los números también.

Europa y Canadá no es que “traicionen”. Simplemente hacen cuentas. Frente al mercado estadounidense de unos 330 millones de consumidores, está China con más de 1,400 millones de personas y una clase media con un poder de compra cada vez más sólido. Y está India, con otros 1,400 millones, todavía desigual, sí, pero con un potencial de crecimiento que hace palidecer cualquier fantasía proteccionista.

Durante décadas, Europa actuó como si el mercado estadounidense fuera el centro natural del universo. Hoy, por fin, parece haber descubierto que el planeta es más grande. No es que “cambien de bando”: es que dejan de comportarse como si solo existiera un cliente posible.

Trump amenaza con aranceles como si todavía tuviera en las manos el único boleto de entrada al banquete. Pero el banquete ya no es uno solo, y él ya no controla la puerta.

Mientras Europa y Canadá se reajustan, el hemisferio latinoamericano ofrece una lección que Washington se niega a aprender. Venezuela, con sus vínculos con China, Rusia e Irán, sigue siendo una obsesión. Cuba, el ejemplo eterno de que la presión no produce sumisión sino resistencia. Irán, en la lista de posibles bombardeos, completa el cuadro de la triste realidad de una potencia que todavía cree que puede ordenar el mundo a base de amenazas.

Marco Rubio intenta justificarlo todo -en el Senado estadounidense- como estrategia: Venezuela, Cuba, el “hemisferio”, la seguridad. Pero el problema es que el mundo ya no está escuchando ese discurso con la misma devoción.

Mientras en Washington se alarman por la desdolarización y por los acuerdos energéticos y comerciales que florecen fuera de su control, sus aliados históricos simplemente están haciendo lo único sensato: no hundirse con el capitán.

El remate es cruel, pero inevitable: si hasta Cuba, aislada y sancionada durante décadas, aprendió a sobrevivir, ¿por qué sorprenderse de que Europa y Canadá busquen ahora oxígeno fuera del abrazo sofocante de Washington?

Trump puede seguir jalándose los pelos. Su secretario del Tesoro puede seguir llorando traiciones y su secretario de Estado puede seguir disfrazando el naufragio de doctrina geopolítica. Pero la realidad es otra: en cuestión de días, el mundo cambió de escena… y Estados Unidos ya no es el director de la obra.

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