ESCARAMUZAS POLÍTICAS/ Semanas Cruciales: ¿Civilización o Conflagración Global?

GLORIA ANALCO

Es inequívoco que Trump no tiene los pies en la Tierra… ni siquiera en el Ártico. Acusa a Rusia de querer adelantarse a tomar Groenlandia, para que sea Estados Unidos quien llegue primero. ¿Cómo se le ocurre semejante inocentada, cuando Rusia ya domina cinco millones de kilómetros cuadrados de territorio ártico y no necesita ni un barquillo de nieve más?

Este primer desliz refleja un patrón de pensamiento propio de quien confunde deseos con realidades estratégicas, y así nos conduce a su siguiente tropiezo: el petróleo.

En materia petrolera, el cálculo de Trump está igualmente fuera de órbita. Aunque Venezuela e Irán cuentan con vastísimas reservas -Venezuela posee cerca del 17 % de las reservas globales- la contribución real de estos países al suministro mundial es mucho menor.

Venezuela, por diversos factores, aporta apenas alrededor del 1 % de la producción global, mientras que Irán representa entre el 4 % y el 5 %. Esto significa que, incluso si Washington lograra controlar estos recursos, su capacidad de influir directamente en los precios mundiales del petróleo sería bastante limitada.

La obsesión por imponer la condición del petrodólar sobre crudos cuyo volumen no domina el mercado revela más una lógica simbólica y política que una palanca económica real sobre el mercado global.

Otro de sus deslices intelectuales: Trump va a buscar proyectarse en el Foro de Davos como el artífice de un “nuevo orden internacional”, pasando por encima de China, que lo supera en economía; de Rusia, que lo supera en armamento; y de su propia realidad de bancarrota, pues debe mucho más de lo que posee. Esto sería un error que raya en la irresponsabilidad histórica.

El defecto de Trump, antes considerado un acierto suyo, es que todo lo quiere llevar al plano mediático, incluso antes de que los hechos ocurran. Cree que puede manejar la percepción pública y su popularidad a su antojo, ignorando que la verdad siempre termina saliendo a la luz.

Cada vez que esto ocurre, su barómetro de popularidad desciende más, un patrón que sigue ignorando con peligrosidad histórica.

En paralelo, la sobrecarga de armamento ruso y chino en Irán lo aleja de poder manejar el petróleo iraní alguna vez.

Esto convierte a Irán en un verdadero “campo de prueba estratégico” donde convergen las tres superpotencias.

A diferencia de Venezuela, que está en el hemisferio occidental, Irán se ubica dentro del área de influencia rusa y china, recibiendo sobrecarga tecnológica y armamentista de esos países, lo que convierte cualquier intento de intervención estadounidense en un riesgo extremo para sus tropas e instalaciones militares.

De no haber prudencia, es muy posible que Occidente pierda esta guerra frente a Irán y su fuerte respaldo ruso-chino. Será la prueba de fuego para las tres potencias.

En paralelo, el nacionalismo iraní se fortalece con concentraciones masivas y homenajes a los mártires, enviando un mensaje claro: la soberanía nacional se defiende frente a cualquier intento de hegemonía extranjera.

De esta manera, la narrativa de Estados Unidos y sus aliados, que buscaba presentar estas manifestaciones como “protestas espontáneas por la libertad”, se desmoronó ante la evidencia de coordinación internacional y el apoyo logístico extranjero, que buscaban convertir a Irán en un ensayo estratégico de revolución de colores de proporciones históricas.

Y cómo no… si el campo de batalla ya estaba en toda su plenitud.

El mismo patrón de búsqueda de control se observa en el manejo del mercado petrolero: Trump intenta subordinar los recursos de Venezuela e Irán al esquema del petrodólar, desplazando a actores como Arabia Saudita, Rusia y la OPEP.

Sin embargo, esta estrategia provoca tensiones incluso entre sus aliados tradicionales, debilitando la confiabilidad de Estados Unidos y evidenciando la fragilidad de su hegemonía en un mundo que ya no responde a la lógica unipolar.

Trump llegaría a Davos, en caso de hacerlo, no fortalecido como él cree.

Y las encuestas lo confirman: más de la mitad de los estadounidenses piensa que Trump ha ido demasiado lejos con despliegues militares en el extranjero, y existe un amplio descontento incluso ante propuestas como la “compra” de Groenlandia, que provocan repudio en el electorado moderno (AP-NORC; Axios/The Economist).

Si entrara en guerra con Irán y tratara de imponer su voluntad sobre Groenlandia, estas cifras anticipan que podría perder el Congreso y quedar fuera de la presidencia, este mismo año.

Así de crudo está su presente, a pesar de que él lo ve muy luminoso.

Lo que estamos presenciando, entonces, es mucho más que un conflicto regional o una maniobra política aislada. Es el colapso gradual del viejo orden mundial unipolar y el nacimiento de un sistema multipolar donde la cooperación y la soberanía nacional redefinen el poder global.

Las próximas semanas serán cruciales: los pasos en falso de un imperio moribundo, las decisiones estratégicas de Rusia y China, y la resistencia de los países del sur global determinarán si esta transición se realiza de manera relativamente civilizada o si, por el contrario, asistimos al espectáculo aterrador de una conflagración global.

El mensaje para nuestros lectores es claro: no se trata de política interna de Irán ni de la voluntad de Trump. Se trata del futuro mismo de la civilización, de quién controla el acceso a los recursos, de quién define las reglas en el tablero mundial y de si la historia permitirá que un nuevo orden multipolar surja sin destruir lo que queda de la estabilidad global.

Son momentos aciagos.

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