
GLORIA ANALCO
Por primera vez en décadas, Estados Unidos no logró dictar el guion de una negociación que era de gran interés suyo, y terminó participando en una escena cuyo libreto no controlaba. No es un detalle diplomático menor; es una señal de época.
Ocurrió ayer miércoles: cuando un país sancionado logró sostener líneas rojas y negociar en sus propios términos, además de que las sanciones han entrado en un proceso de desgaste visible.
No desaparecen de un día para otro, pero dejan de ser garantía de sometimiento.
Puede ser, en los hechos, el inicio de la erosión de su eficacia como instrumento automático de presión.
El punto de quiebre apareció en la diplomacia cuando Washington intentó incorporar el tema de los misiles iraníes en la agenda de negociación -es decir, exigir a Irán la reducción de su arsenal- lo que en términos estratégicos equivalía a pedirle a que disminuyera su capacidad disuasiva.
Teherán fijó entonces su línea roja. Se retiró de las negociaciones tras advertir que sólo se reuniría si ese tema quedaba fuera de la agenda. Estados Unidos lo había aceptado inicialmente, pero luego reintrodujo el asunto.
Al percibir la maniobra, la delegación iraní canceló el encuentro y estableció una condición inequívoca: sólo discutiría su programa nuclear. La negociación sería en esos términos o no sería.
Finalmente, Washington tuvo que recalibrar y aceptar ese marco limitado, así que el encuentro tendrá lugar este viernes pero bajo las condiciones iraníes.
No es frecuente ver a Donald Trump retroceder en un asunto que él mismo presentó como innegociable. Pero incluso los liderazgos más enfáticos reconocen, a veces sin decirlo, los límites de la realidad estratégica.
Trump intentó matizar el repliegue con advertencias severas, recurso habitual cuando la retórica busca compensar la reducción del margen de maniobra.
Hay que decir que Irán no actúa como actor aislado. Detrás de su firmeza se percibe la sombra de dos potencias que hoy disputan la arquitectura del poder mundial: Rusia y China.
No se trata de una alianza militar formal, sino de una coincidencia estratégica: ninguna desea que Washington consolide control sobre un país clave en energía, rutas comerciales y equilibrio regional en una zona estratégica para sus intereses.
En estos días se habla de Irán como si fuera un episodio más de las tensiones en Medio Oriente. No lo es. Lo que está en juego rebasa a la región: toca el nervio del equilibrio de poder global.
Washington desplegó fuerza militar considerable en torno a Irán. Esos movimientos no se hacen por rutina ni por teatro. Son costosos, calculados y políticamente sensibles. Pero, contra lo que muchos anticipaban, el ataque no llegó. Y ese compás de espera dice más que cualquier discurso.
¿Por qué la pausa? Porque esta vez el tablero es distinto.
La presión occidental no logró encuadrar la negociación en los términos acostumbrados. Cuando un país sancionado sostiene sus líneas rojas y aun así negocia en sus propios términos, la coerción pierde centralidad.
Ahí está el nudo del momento actual.
Estados Unidos enfrenta un dilema: escalar con riesgos elevados o aceptar límites a su capacidad de imponer condiciones. Ninguna opción resulta cómoda para una potencia habituada a marcar el ritmo.
La realidad internacional ya no es la de hace veinte años. El avance tecnológico y económico de China, junto con la resiliencia estratégica rusa, ha reducido el margen de acción unilateral de Washington. No es un declive inmediato, pero sí una transición de poder.
En ese contexto, Irán se vuelve símbolo de algo mayor: el mundo que emerge ya no responde a un solo centro de gravedad.
La pregunta ya no es quién gana una batalla, sino quién define las reglas del sistema internacional que viene. Y esas reglas, cada vez más, se negocian entre varios, no se dictan desde uno solo.
A veces la verdadera fuerza no está en disparar primero, sino en entender cuándo no hacerlo. Las grandes potencias suelen aprenderlo tarde. Esta vez, Washington tuvo que aprenderlo en tiempo real.
Al final, la gran guerra que muchos esperaban se redujo a un dron iraní interceptado por un portaaviones estadounidense. La tensión real no estuvo en el combate, sino en la negociación: Irán sostuvo sus líneas y Washington tuvo que tragarse su frustración.
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