
TERESA GURZA
Me ha tocado entrevistar a tres premios Nobel de la Paz.
Y la decisión de entregarlo a dos de ellos, Henry Kissinger en 1973 y Rigoberta Menchú en 1992, fue aún más controvertida que darlo a Corina Mechado.
El de Kissinger, poderosísimo secretario de Estado primero del presidente Nixon y luego de Gerald Ford, fue compartido con Lê Ðức Thọ integrante del Buró Político del Partido Comunista de Vietnam, por los Acuerdos de Paz; firmados por ambos en Paris en enero de 1973, para poner fin a la guerra de 9 años.
Tho lo rechazó porque la paz no se concretó y dos de los jurados del Nobel renunciaron, porque Kissinger prolongó la guerra al bombardear Camboya y Laos matando cientos de miles de inocentes, solo para impedir la entrada de suministros a Vietnam.
Por eso y por apoyar las dictaduras de Argentina, Bolivia y Chile, medios como New York Times lo calificaron Premio Nobel de la Guerra.
Y lo recuerdo ahora, porque el comité editorial del NYT criticó duramente esta semana, la invasión gringa a Caracas para secuestrar a Maduro.
Maduro es antidemocrático, represivo, asesino, torturador y agresor sexual, sintetizó ese diario, agregando que se robó las elecciones presidenciales el año pasado y ocasionó el éxodo de ocho millones de sus compatriotas.
Pero aun así, advirtió, la operación ordenada por Trump para capturarlo, puede empeorar las cosas.
Y acusó al presidente, de no dar explicación coherente sobre sus acciones y empujar a EEUU a una crisis internacional sin razones válidas y violando la constitución al no pedir aprobación al Congreso.
Más o menos eso se dijo de Kissinger, cuando recibió el Nobel.
Y aunque Trump carece del talento y la cultura que Kissinger tenía, se asemejan en su narcisismo criminal, sus ansias de reconocimiento y honores, sus críticas y amenazas a países soberanos, su afán por sentirse dueños del mundo, su sadismo al gozar el miedo que provocan y su apoyo a tiranos.
A los que luego, como Kissinger a Pinochet en 1976, piden cuentas por el mal trato a sus opositores.
Y como Trump hoy, negociando con el régimen chavista que dice combatir sin hablar de democracia, pero exigiendo petróleo y enfatizando los negocios que hará y sobre todo, su propia grandeza por esa “impecable y perfecta operación”.
Ya llegará el momento de verlo vencido, porque nunca faltan traidores internos que pacten entregas simuladas de resistencia y más si son estimulados por millonarias recompensas.
Y cuando suceda, se mostrará tan cobarde y barbero como Maduro; que saludó en inglés y deseo feliz año nuevo a sus captores apenas pisó el azul pasillo de la DEA.
Premio Nobel también cuestionadísimo, fue el de la guatemalteca Rigoberta Menchú.
A fines de 1980 estaba en Cuba enviada por el periódico El Día, cuando la víspera de mi regreso a México un funcionario me ofreció entrevistarla.
Y en una oficina del Ministerio de Relaciones, Menchú relató durante horas su infancia, que fue tan pobre que creció analfabeta y sin hablar español y lloró por la muerte de su padre y hermano, “explotados por terratenientes y quemados en junio de 1980 en la embajada de España en Guatemala, donde se habían refugiado perseguidos por el ejército”.
Su narración sonaba a texto aprendido y como miraba a los cubanos buscando aprobación y me solicitaron poner que la había entrevistado “en un lugar clandestino de Guatemala”, decidí no redactarla.
Lo informé al director de El Día, Enrique Ramírez y Ramírez; estuvo de acuerdo y nada publicamos.
Años después, ya trabajando en La Jornada y estando en casa de su director Carlos Payán, volví a verla de pasadita; porque se cubrió la cara con un delantal para no ser reconocida.
Pude enterarme que vivía ahí con su marido, haciendo collares con piedras semipreciosas que la esposa de Payán, -Cristina Stoupignan fallecida en 1997-, traía de sus viajes y luego vendía; y que escribía las memorias por las que en 1992, recibiría el Nobel.
Seis años más tarde, en 1998, el antropólogo estadounidense David Stoll cuestionó la veracidad de su autobiografía, afirmando que estuvo internada en un colegio católico y sus familiares no habían muerto como ella dijo.
El escándalo fue mayúsculo y Menchú debió reconocer, que omitió “detalles”.
Le salieron defensores argumentando que no mintió, sino que pertenece “a una tradición de memoria colectiva, en la que los hechos son de todos”.
Y el Comité Nobel de Noruega rechazó presiones para retirárselo “porque las autobiografías siempre tienden a embellecer el papel del protagonista y los detalles sobre su familia, no fueron esenciales para el premio; que se le otorgó, por su trabajo a favor de los indígenas de su país”.
Tal vez esos indígenas no se enteraron que trabajó por ellos, porque en 2007 se postuló a la presidencia de Guatemala sacando el 3 por ciento de los votos y cuando en mayo de 2011 se candidateó nuevamente, quedó en último lugar.
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