
ÁNGEL RAFAEL MARTÍNEZ ALARCÓN
XALAPA, Veracruz. El 17 de febrero es una fecha que ha marcado mi vida desde la infancia. En mi hogar, siempre estuvo grabada por el fallecimiento del General Maximino Ávila Camacho (1882-1945). Cada año, leíamos con gran atención las reseñas que, un día después, publicaba el periódico Novedades de México, propiedad de don Rómulo O’Farril y de Hilda Ávila Camacho, hija del exgobernador de Puebla. Recuerdo vívidamente, siendo niño, bajar del museo particular de la familia Ávila Camacho un legajo para leer su nombre —el del ex Secretario de Comunicaciones (1941-1945)— junto con los de sus padres y hermanos. Todos excepto su hermano Manuel, cuyos restos descansaron por años en La Herradura, su rancho en el Estado de México, y que desde hace unos 30 años yacen en un panteón civil.
El 17 de febrero de 2026, justo en la víspera del Miércoles de Ceniza —técnicamente, un Martes de Carnaval—, esta fecha adquirió un nuevo y profundo significado. Tras una mañana nutrida de actividades religiosas que nos preparaban para el inicio de la Cuaresma, recibí dos noticias que me llenaron de pesar. Primero, me informaron del repentino fallecimiento de mi hermano en la fe del Camino Neocatecumenal: Samuel Alfonso Gómez Galindo (1973-2026), un hombre joven que caminaba en la Parroquia de la Resurrección. Minutos más tarde, un amigo sacerdote me comunicaba la partida del presbítero David Aguilar Cabeza de Vaca, también joven. Había estado enfermo y fue sometido a una operación con la esperanza de que terminara su sufrimiento, pues siempre fue un hombre sano. Ante esto, solo cabe recordar el misterio de la muerte en el plan de Dios, que solo Él conoce.
David nació en la ciudad de Xalapa el 12 de julio de 1964, en los días en que se desarrollaban los trabajos del Concilio Vaticano II, durante los primeros meses del pontificado de San Pablo VI y con don Manuel Pío López como primer Arzobispo de Xalapa. Sus padres fueron Ricardo Aguilar y la señora María Ernestina Cabeza de Vaca; su padrino de bautizo el licenciado Cuevas
Con el padre David Aguilar Cabeza de Vaca me unía una amistad que data de los hermosos años de la adolescencia. Éramos dos adolescentes diametralmente opuestos en todos los sentidos, y por eso precisamente creo que nació una sincera amistad, que se cultivó con el paso de los años. Nos conocimos en las instalaciones del Instituto de Intercambio Cultural México-URSS “José Mancisidor” de nuestra querida ciudad de Xalapa, donde yo tenía mi primer trabajo como bibliotecario. Una de las principales actividades del instituto era la impartición de cursos de lengua rusa, impartidos por el matemático y maestro universitario Raymundo Aguas Franco, egresado de una de las más prestigiosas universidades de la desaparecida URSS y certificado por el Instituto Pushkin para la enseñanza de la lengua de Dostoievski.
David comenzó a asistir a los cursos y, poco tiempo después, ya participaba activamente en las actividades del instituto. Era un joven especial, muy serio, que siempre se comportaba como un adulto mayor. Las risas propias de nosotros los jóvenes de aquel entonces, él las moderaba como un adulto. Poseía una inteligencia también especial: mientras a todos los estudiantes nos costaba trabajo pronunciar los diálogos en ruso, David rápidamente aprendía, así como a utilizar el alfabeto cirílico. Y lo más complejo, las declinaciones de las palabras, parecía que David ya traía el «chip» para resolverlo. Ganó un premio de la Revista URSS, en la ciudad México, pronuncio un discurso en ruso y español, dejando con boca abierta a los diplomaticos soviéticos y el mismo Carlos Zapata Vela, ex embajador de México en la URSS-
Es imposible hacer un listado de todas las actividades que realicé en compañía de David. Siempre caminamos juntos por las calles de Xalapa, donde nunca dejamos de platicar. Eran también los años de la juventud, de preguntas y búsquedas. Yo ya participaba en la Iglesia, en las Comunidades, y él, con un pensamiento muy claro, siempre fue un contrapunto sereno. Hoy, al recordar esos años, pienso en la generosidad de David para soportar cada una de mis ideas extravagantes. Él siempre convocaba al orden y la mesura.
Llegó el tiempo de la Universidad. Él eligió la carrera de Químico Farmacéutico Biólogo en la Universidad Veracruzana. La mayoría de los estudiantes de los cursos de ruso teníamos como objetivo obtener una de las becas que las universidades soviéticas ofrecían para el estudiantado veracruzano; un gran número de jóvenes lograron estudiar en la patria fundada por Lenin.
Una de las grandes conversiones que me tocó presenciar fue cuando David me informó su ingreso al seminario, en su modalidad de vocaciones tardías. Este era dirigido por el sacerdote Arturo Patricio Ponce (1934-2011), fundador de la Casa de San Pablo, donde se formaban los adultos para el sacerdocio.
El final de su formación sacerdotal me la perdí debido a mis años de estudios en la Universidad Complutense de Madrid. Mi amigo David Aguilar Cabeza de Vaca fue ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Xalapa por su IV Arzobispo, don Sergio Obeso Rivera (1931-2019), primer cardenal de la provincia eclesiástica de Veracruz, en una fecha tan especial como lo es el 13 de mayo del 2000. Hace 25 años. En todo este tiempo, estuvo al servicio de su pueblo, bajo la obediencia de sus obispos: Sergio Obeso Rivera, Hipólito Reyes Larios (1946-2021) y el VI Arzobispo, monseñor Jorge Carlos Patrón Wong.
En estas últimas décadas, siempre lo molestaba pidiéndole sus servicios como sacerdote para la celebración de la Eucaristía en las comunidades del Camino Neocatecumenal de la Parroquia del Calvario. Siempre fue muy solidario con los hermanos de este camino.
En su trayectoria como sacerdote, destacan sus servicios como vicario en diferentes parroquias de la Arquidiócesis de Xalapa. En los últimos años, estuvo al servicio de la Rectoría de San Juan Bautista.
El pensamiento del sacerdote David Aguilar Cabeza de Vaca lo podemos encontrar en las páginas del semanario Alégrate de la Arquidiócesis de Xalapa. En 2004, publicó el libro La caridad en los escritos del beato monseñor Rafael Guízar y Valencia (Editorial Xalapeña, Xalapa, 135 pp.).
En la víspera del Miércoles de Ceniza de 2026, el VI Arzobispo de Xalapa, monseñor Jorge Carlos Patrón Wong, presidió en la Rectoría de San Juan Bautista las exequias por su eterno descanso, concelebradas con sus hermanos en el ministerio sacerdotal, y acompañado por los feligreses de la rectoría, familiares y amigos.
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