CONCATENACIONES/ El incierto futuro de Venezuela

FERNANDO IRALA

El dramático desenlace de la madrugada del 3 de enero en Caracas, es apenas el comienzo de un periodo aciago para Venezuela, cuyo futuro es incierto y probablemente ominoso.

La grosera intervención militar norteamericana para capturar al ahora reo Nicolás Maduro causó primero sorpresa y estupor, luego la preocupación y finalmente la condena de comunidades y gobiernos, la más reciente de ellas, la emitida por España y cinco naciones de América Latina, México incluido, por las acciones que contravienen principios fundamentales del derecho internacional, y ponen en riesgo la paz y la seguridad en la región.

Acusado de encabezar junto con su esposa un cártel del narcotráfico, la figura de Maduro es absolutamente indefendible. Pero está claro que el combate al crimen es el último de los motivos para intervenir en Venezuela.

El propio Donald Trump se había encargado, sin pudor alguno, de confesar las verdaderas razones de la operación que derrocó al presidente venezolano, y que ahora ha ratificado: los Estados Unidos van por el petróleo, una de las mayores reservas del planeta, y sobre otras riquezas naturales de la zona.

Por lo pronto han logrado su cometido, y tras la contundencia de la misión consumada de manera cruenta, cuyos detalles empiezan a conocerse, las amenazas a otros países de la región son claras: México y Colombia son vistos como posibles objetivos de intervención.

El gobierno de Venezuela, que ha transitado más de una década de chavismo sin Chávez, ahora se apresta a una etapa forzada sin Maduro, con los antecedentes de sucesivas elecciones fraudulentas en que los triunfos de sus contrincantes han sido desconocidos y los líderes de la oposición perseguidos, exiliados, encarcelados.

Ahora, mientras el grupo gobernante tiene el reto de reinventarse y conducir la transición intentando conservar el poder, sus oponentes se enfrentan al dilema de encabezar la recuperación de una genuina democracia, o quedar convertidos en simples marionetas de la Casa Blanca.

En ese escenario, la población venezolana no acaba de salir del pasmo, lo cual se explica en parte porque las fervorosas manifestaciones de apoyo al régimen en años pasados han sido siempre organizadas y dirigidas por las instancias gubernamentales.

En el exterior, en cambio, se han multiplicado las expresiones callejeras de júbilo de una comunidad de ocho millones de venezolanos exiliados en una década por el desastre madurista.

Para los pueblos y gobiernos de América Latina, el tema es la definición de una estrategia para enfrentar y salir avantes ante el avance de la primitiva visión con la que hoy se conduce la geopolítica desde Washington, y ante los amagos y golpes para convertir al continente en la plataforma de negocios del señor Trump y sus amigos multimillonarios.

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