ELVIRA HERNÁNDEZ CARBALLIDO
SemMéxico, Pachuca, Hidalgo. Soy una sirena que ha decidido zambullirse en la ciudad más cosmopolita de Estados Unidos para divulgar mi canto en español. Deseo que mi voz feminista se multiplique en mil ecos al volverla cómplice de los fuertes vientos que se cuelan por los altos edificios que caracterizan a esta gran urbe. Quiero tomar por sorpresa a Nueva York, que no le dé tiempo de amarrarse a ningún mástil y quede rendido al oírme. Necesito que atienda a esta voz de una mujer nacida en México, profesora por amor, escritora por pasión, periodista por inevitable destino, FEMUnista por convicción. Piel de puma y alma de garza.
Desde el primer día logro moverme como sirena en el agua, la estructura cuadrícula de estas calles permite ubicar muy bien cada punto cardinal. La cercanía al mar me hace sentir como en casa. El frío neoyorkino provoca un calor extraño en mi alma. Pronto tomo ritmo y no hay peligro de hundirme en oscuras profundidades.
A cada paso que doy cualquier lugar se vuelve una referencia fílmica. Al caminar por Madison recuerdo cuando la protagonista de “Splash” decidió tomar como propio el nombre de este boulevard, era una sirena que llegó a Nueva York en busca del amor. Tengo ganas de decirle al guardia del Empire State que me deje subir hasta el mirador para comprobar que ahí está esperándome un tipo cariñoso como en “Sintonía de amor”. Ojalá me encontrara a “Annie Hall” para confiarle que un tiempo me vestí como ella -corbata, chaleco y ancho pantalón-.
Al evocar la cinta de “Gosth”, tengo ganas de pararme frente a un viejo edificio y gritar hacia arriba el nombre de Molly para que, en cuanto se asome pueda avisarle que el fantasma de su esposo me persigue y desea comunicarse con ella. Aguardo impaciente que en la Terminal Grand Central todos se pongan a bailar como en el filme de “Amigos con beneficios”. Me dirijo rumbo a “Serendipity” para olvidar mi guante y John Cusack me busque ilusionado porque cree en las señales.
Sería colosal que de una de las tantas coladeras humeantes brotara la princesa Giselle y de dibujo animado se transforme en humana, tomarla de la mano para recorrer juntas Central Park, mientras cantamos a dúo: ¿Cómo saber qué la amas? Al pasar por el edificio de “Los cazafantasmas” repito con entusiasmo el coro de su pegajosa canción. No dejo de pensar qué pasaría si de verdad toda la ciudad se convirtiera en una prisión como en “Escape de Nueva York”, e imagino oír las fuertes pisadas de “Godzilla” que hacen retumbar a la ciudad entera.
Por supuesto, voy en busca del edificio donde se supone vivieron los personajes de la serie de Friends y acecho un rato para ver si mi adorado Chandler sale rumbo al trabajo. Planeo toparme con “Harry y Sally” para discutir si un hombre y una mujer pueden ser amigos o el sexo es inevitable para relacionarse.
Fue así como las escenas de mis películas favoritas que han tenido como escenario a esta ciudad fueron una referencia constante, pero esos días de mi viaje también surgieron otras historias e impresiones. La Quinta Avenida me atrapó con sus vitrinas coloridas y la calle 32, donde estaba mi hotel, se convirtió en un lugar seguro. Al caminar rumbo a la Organización de Naciones Unidas la primera sensación hace florecer un nacionalismo gozoso, cursi, me conmuevo al ver ondear mi bandera en esa larga fila internacional de representativos estandartes.
Mis nuevas amigas y yo nos abrazamos emocionadas al entrar al edificio de la ONU. Aspiro el aroma histórico que lo perfuma y en su recinto mayor palpo todas las luchas constantes llevadas a cabo para lograr la paz mundial, como diría Miss Simpatía. Nos tomamos una y mil fotos para guardar por siempre este momento, sin sospechar que ya quedó tatuado en nuestra alma. Un mar de mujeres arribamos como olas imparables y yo, sirena feliz, abrazo a quien se cruza en mi camino, no importa que hable otro idioma. Nuestro color de piel es diferente, pero sé que nuestra lucha es muy semejante, somos aliadas, cómplices feministas.
Cuando paso por la Zona Cero, mi alma se apachurra por completo, ahí han quedado grabados los nombres de las víctimas del 11 septiembre, pero también su dolor, su angustia, la muerte. Mil veces tuve que voltear al cielo para admirar cada uno de los rascacielos que parecen estar coloreados de un gris cemento nostalgia. Compramos recuerditos en el Barrio Chino. Comparto el murmullo de admiración con los pasajeros del bus turístico cuando veo la Estatua de la Libertad: ¡Dios! -musito dentro de mí- ¡Sí existe!
Desayuné contenta cada mañana porque en el lugar que elegimos todos los meseros son mexicanos, un paisano de Hidalgo me abraza feliz, quienes son de Guerrero charlan amenamente con mi querida Gela Manzano, son tan solidarios que nos aconsejan pagar una sola cuenta para no gastar de más. No pueden conseguirnos tortillitas, pero sí una salsa picante, dizque. Orgullosos nos platican que trabajan con todo su entusiasmo para que la hija se titule en medicina, para terminar de construir la casa, para que la esposa pueda alimentar bien a los hijos, para tener un patrimonio más seguro cuando envejezcan y regresen, porque van a regresar. Conmueve el comentario de uno de ellos: “Mi cuerpo está aquí, pero mi corazón no ha salido jamás de mi pueblo”. El último día de nuestra estancia se despiden festivos, nos lanzaban besos por el cristal del restaurante.
Fue muy grato reencontrarme con Cristina Fernández, exalumna y una de las mejores productoras de radio, comparte conmigo el amor por su pequeño hijo nacido en esa tierra lejana de su patria y describe detalles de su vida en tan ajetreada metrópoli. En un desayuno convocado por las organizadoras veo pasar a la senadora Amalia García y, como si fuera una gran conocida mía, la llamo por su nombre, sonriente me dice: Tú me entrevistaste para revista FEM. Nos comparte el discurso que dará ese día, qué admirable es.
Es cierto, Nueva York no duerme, hasta uno de sus fantasmas me visitó durante una noche de insomnio. Cada mañana me levantaba tempranísimo para pasear a mi ritmo. Al acercarme a la orilla de la ciudad la brisa marina confirmaba mi esencia de sirena. Entonces, musitaba una canción de Leonard Cohen, le cambio un poco a la letra original. Estoy segura de que mi voz será profética:
“Me guía una señal en el cielo.
Me guía esta marca de nacimiento en mi piel.
Me guía la belleza de nuestras armas.
Primero tomaremos Manhattan, luego Berlín…”
Y después todo el mundo. Llegaremos todas, más allá de Nueva York.