BELLAS Y AIROSAS/ 2024

ELVIRA HERNÁNDEZ CARBALLIDO

SemMéxico, Pachuca, Hidalgo. ¿Qué se puede desear o esperar cuando has pasado por este momento 61 veces? Sin duda, los deseos, la esperanza, todos los sueños e ilusiones cambian, se reacomodan o se mantienen latentes según la edad, lo que se ha vivido, lo que se sigue esperando.

Durante la infancia pedía de corazón seguir siendo la niña de diez en mi escuela, no por vanidad, sino para mantener la paz materna, lo peor que podía pasar en mi casa era tener un ocho en la boleta. Ya enamoradiza desde esa edad, brindaba para que el niño que me hacía suspirar por fin se fijara en mí. Prometía portarme bien y posiblemente por ello, esos dos deseos siempre se hacían realidad.

Al llegar a la adolescencia mi rebeldía universitaria rechazaba este tipo de festividades burguesas y capitalistas. Además, en mi familia surgió la tradición de ir a pasar estas fechas al pueblito de mi madre en Oaxaca y allá las cosas eran diferentes. Se organizaban calendas, en ellas se paseaba a la virgen y después al niño Jesús, se les cantaba y rezaba cada noche hasta llegar al 25 de diciembre. No estilaban poner arbolito de navidad, pero sí nacimientos. Mi abuelo Joaquín instalaba un escenario maravilloso donde además de los principales protagonistas, el establo y el pesebre, agregaba todo tipo de fauna, una feria con carrusel y rueda de la fortuna, e incluso, en una ocasión, escenificó una carretera con autos que rodeaban su tradicional nacimiento.

Después, ya mujer profesionista y asalariada, me encantaba comprarle regalos a toda la familia, principalmente a mis sobrinos. Luego se impuso que los festejos fueran en casa de una mis hermanas y que se haría un intercambio de regalos donde se rifaría a una persona asignada. Como siempre en este tipo de tradiciones, muchas veces me tocaron regalos que demostraban desconocerme por completo y recibía bolsas de señoras aburridas, portarretratos que nunca usé o best seller de muy dudosa calidad. Pude liberarme de estos extraños rituales familiares luego de una discusión donde con mucho tacto le confesé a mi papá que la pasaba muy mal en esas reuniones. Comprensivo, respetó mi decisión de ya no asistir.

Un tiempo, intenté ajustarme a los festejos de la familia de mi esposo, otro fracaso en mi vida porque entre licores y canciones rancheras de desamor en la madrugada, comprendí que ese tampoco era mi espacio. Gracias a mis terapias supe plantearle a mi pareja lo difícil que me resultaba estar a gusto en ese tipo de convivios, así que también dejé de ir a esas nochebuenas eternas y fin de años tortuosos donde ni ganas de brindar me daban.

Entonces llegué a la Bellairosa, donde los días de diciembre pueden vivirse a cero grados, pero con una verdadera calidez hogareña. Me fascina estar en la cocina la noche del 24 y del 31 para preparar la cena con mi marido y asignarnos nuestras respectivas tareas, él preparar el lomo con ciruela, yo el pastel y el espagueti al cilantro. Mi hijo pone la mesa y mi hermana mayor nos acompaña con mucho cariño. Ya no pido nada en el brindis, agradezco lo que tengo: amor, trabajo, salud, alma feminista, espíritu de garza, fuerza puma, pasión por la escritura, cariño por mis estudiantes, aura bellairosa, alas para volar y un canto de sirena desafinada que sigue creyendo en sí misma.

2024 ya está aquí, tengo la certeza de que cada día está cargado de momentos maravillosos, de grandes retos, de instantes eternos y de pausas necesarias. Seguiré con esta ingenua madurez, sorprendida por observar desde mi ventana un colibrí que representa a mi amiga Regina que murió el año pasado y sigue cerquita de mí. 2024… ¡Bienvenido!

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