ASTROLABIO POLÍTICO/ “La resurrección de los desechos del poder”

LUIS RAMÍREZ BAQUEIRO

“El verdadero progreso consiste en renovarse”. – Alejandro Vinet.

XALAPA, Veracruz.

En política, las alianzas verdaderamente importantes no se construyen en una coyuntura electoral ni se sellan con una foto de ocasión. Se tejen con paciencia, con favores cruzados, con derrotas compartidas y, sobre todo, con la certeza de que el poder nunca desaparece: solo cambia de forma. Por eso no resulta descabellado —aunque sí profundamente revelador— el señalamiento que hace el ex legislador y líder perredista Guadalupe Acosta Naranjo sobre la posible operación de un nuevo partido político nacional bajo el nombre de México tiene Vida, presuntamente impulsado desde las sombras por Marcelo Ebrard Casaubón y el gobernador de Nuevo León, Samuel García Sepúlveda.

Más allá de la veracidad jurídica inmediata del señalamiento, lo que importa políticamente es lo que desnuda: la reconfiguración silenciosa de una derecha moderna, tecnocrática y ultra conservadora que entiende que el viejo PRI y el PAN ya no alcanzan, pero que tampoco está dispuesta a resignarse a la hegemonía de Morena. En ese tablero, Ebrard aparece como un viejo jugador que jamás abandonó la mesa. Su historial lo coloca como un articulador natural de proyectos transexenales, un político formado en la escuela del priismo camachista, donde las lealtades no se rompen, solo se suspenden.

No es casual que su nombre vuelva a cruzarse con el de Elba Esther Gordillo. Desde hace años, Ebrard ha sido uno de los consentidos de la maestra para un eventual proyecto presidencial alterno. Tampoco es casual que ese mismo entramado histórico conecte con actores que hoy buscan desesperadamente una tabla de salvación política.

Veracruz no está ajeno a esta operación. Al contrario: aparece como una de las piezas más codiciadas del rompecabezas. Se afirma que los Yunes de Boca del Río, encabezados por el ex gobernador Miguel Ángel Yunes Linares, ya tendieron los puentes necesarios para acercarse a este proyecto nacional que podría rescatarlos del abandono político en el que quedaron tras apostar —y perder— con Adán Augusto López Hernández. Se la juraron, calcularon mal y hoy pagan el costo de haber quedado fuera del círculo de poder.

La relación entre los Yunes y Marcelo Ebrard no es reciente. Se remonta a aquellos años en que todos eran priistas y se movían bajo las amarras de Elba Esther Gordillo y Manuel Camacho Solís, cuando la política se hacía con pactos de largo aliento y traiciones administradas. Esa memoria compartida es la que hoy vuelve a activarse.

El proyecto que revela Acosta Naranjo deja al descubierto algo más profundo: la posibilidad de una alianza entre viejos grupos desplazados por Morena que no han renunciado a regresar por sus fueros. Los Yunes encajan perfectamente en ese perfil. Morena los dejó sin partido, sin aliados visibles y bajo el escrutinio nacional por su histórica proclividad a traicionar a todos con los que se alían. Sin embargo, la política mexicana ha demostrado una y otra vez que nadie está muerto hasta que lo entierran, y que las ansias de poder —y de impunidad— son un combustible poderoso.

La eventual irrupción de un partido ultra conservador como vehículo de retorno no es una hipótesis desechable. Con los Yunes vendrían también los peores perfiles del PRI y del PAN, esos que hoy no encuentran cabida en Veracruz pero que siguen teniendo recursos, redes y apetitos intactos. Sería, en esencia, un reciclaje del viejo poder con un nuevo empaque.

Porque en política, como en la vida, las alianzas que se construyen con los años no desaparecen: esperan. Y cuando encuentran la coyuntura adecuada, regresan. A veces con otro nombre, pero con las mismas intenciones.

Al tiempo.

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