A JUICIO DE AMPARO/ Hablemos de autoritarismos y no de izquierda y derecha

MARÍA AMPARO CASAR

Las categorías de izquierda y derecha en la política parecen contar cada vez menos y ayudan poco a entender la realidad.

Entre los populismos de izquierda y de derecha en el continente americano hay cada vez menos diferencias en las propuestas. Si acaso hay matices.

Nunca ha sido cierto que la izquierda es democrática y la derecha autoritaria. Lo único cierto es que, al menos en América Latina, cuando derecha o izquierda llegan al poder quieren aferrarse a él, concentrar el poder hasta el límite y relegar la democracia o, al menos, desvirtuarla.

Reconocida como de izquierda, la Cuba de Díaz-Canel encarcela sin juicio a delincuentes y opositores. Reconocido de derecha, Bukele hace lo mismo en El Salvador. Venezuela y Nicaragua arremeten contra la libertad de prensa y las organizaciones de la sociedad civil y Trump también lo intenta. Morena quiere redistritar su geografía electoral para ampliar sus ventajas y el mandatario estadounidense hace lo mismo. Las políticas antimigrantes son parecidas en pretendidas izquierdas y en las derechas.

A veces la derecha sorprende: la política migratoria de Angela Mérkel ya la hubieran querido muchas naciones que se dicen de izquierda.

A veces la derecha sorprende: la política migratoria de Angela Mérkel ya la hubieran querido muchas naciones que se dicen de izquierda.

Las elecciones en el mundo -incluso las democráticas y no como las de Venezuela el año pasado- muestran cambios súbitos y constantes entre partidos de izquierda y derecha o centro izquierda y centro derecha.
No hay otra razón de estos cambios que la insatisfacción de los electores con los gobiernos que ofrecen seguridad, fin de la corrupción, empleo, salarios dignos, derechos y prosperidad y, cuando llegan al poder, no hay resultados visibles. Para los electores cuenta poco si los gobiernos son de derecha o de izquierda.
Hoy tenemos gobiernos que se califican de izquierda en Brasil, Uruguay, Colombia, Venezuela, Nicaragua, Cuba, Guatemala y México. Muchos de ellos sucedieron en partidos de derecha o de centro. En la derecha de hoy en día se sitúa a Chile a partir de las elecciones del año pasado, Argentina, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, El Salvador, República Dominicana y Honduras.

Si hay democracia, los gobiernos se alternan entre “izquierdas” y “derechas” sin pararse a pensar que hace a un país merecer el adjetivo. Son más relevantes otros atributos que caracterizan a esos países.
El primero, desde luego, son los procesos electorales libres y con cancha pareja. Cuba, Venezuela y Nicaragua simplemente no califican. Los tres caracterizados como gobiernos de izquierda. El resto son democracias plenas (Chile, Uruguay y Costa Rica), imperfectas o, de plano, regímenes híbridos de acuerdo con el Índice de Democracia de The Economist . Por cierto, todos a la baja en sus calificaciones democráticas.

El segundo es la aceptación de los resultados electorales y la transición ordenada. Basta señalar que cuando Bolsonaro perdió la presidencia, no reconoció la derrota e incluso planeó dar un golpe de Estado. En cambio, en Chile, Boric y la candidata opositora reconocieron de inmediato que el electorado optó abrumadoramente (con una diferencia de 17 puntos) por Kast, líder ultraconservador del Partido Republicano. La institucionalidad democrática prevaleció. Chile se parece más a lo que ocurre en Europa en donde la derecha ha tomado fuerza, pero en un contexto democrático e institucional.

El tercero es el pluralismo. En la mayoría de los países en los que ha habido alternancia entre la denominada izquierda y la derecha, el partido del o de la presidenta tiene congresos en los que priva el pluralismo, el judicial no está controlado y existen contrapesos institucionales o sociales efectivos.
Por ejemplo, en Chile Kast gobernará con un gobierno dividido ya que su coalición obtuvo solamente el 27% de los votos. Lo mismo ocurre en Brasil con Lula. Su coalición (Federación Brasil de la Esperanza que agrupa al Partido de los Trabajadores, al Comunista y al Verde) no tiene ni siquiera la mayoría simple.

En 2026 tendrán elecciones presidenciales Brasil, Colombia, Perú y Costa Rica. Los cuatro países con sistemas electorales que incluyen la segunda vuelta. Veremos si se mantiene en la izquierda o en la derecha y sobre todo sabremos si la institucionalidad y el pluralismo prevalecen. El péndulo puede moverse en cualquier dirección.

México -también autodenominado como de izquierda- tendrá elecciones intermedias en 2027 y ya se prepara para ellas. El quid del asunto no será sólo si Morena y aliados mantienen la mayoría de dos tercios, sino cómo lo hacen.

Los augurios no son buenos. Está en ciernes una reforma electoral de pronósticos reservada. Una reforma cuyos lineamientos conocidos -aunque hasta el momento inciertos- no presagian más que un retroceso cuyo eje prioritario cuando no único es la preservación de la mayoría constitucional. Cueste lo que cueste.

Desde luego también habrá que mirar atención con la intervención del gobierno actual y de las autoridades electorales -ya cooptadas- en las elecciones.

Una reforma cuyos lineamientos conocidos –aunque hasta el momento inciertos– no presagian más que un retroceso cuyo eje prioritario cuando no único es la preservación de la mayoría constitucional.

Desde luego también habrá que mirar con atención la intervención del gobierno actual y de las autoridades electorales -ya cooptadas- en las elecciones.

Por ahora, respecto a la “cancha pareja”, la aceptación de resultados y el pluralismo, es necesario señalar que México, desde la llegada de López Obrador fue degradándose en el índice de Democracia hasta llegar a ser un régimen híbrido.

Las elecciones presidenciales no fueron cuestionados y su aceptación fue automática. Pero no sucedió lo mismo con las elecciones al Congreso que fueron decididas al margen de la Constitución por un Tribunal Electoral y no por los electores. Un Tribunal que convirtió una mayoría de votos de 43% para la Cámara de Diputados en una mayoría del 63%. Y el pluralismo, en términos del ejercicio real de las facultades constitucionales y de los contrapesos, se ha diluido casi hasta desaparecer.

Si queremos mantener las categorías de izquierda y derecha o de populismo de izquierda y de derecha, lo primero que tendríamos que hacer es pasarlas por el tamiz de la democracia. La conclusión vuelve a ser la misma. Muchos de los regímenes que hemos dado en llamar de izquierda están lejos de ser regímenes democráticos.

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