
A menudo la excesiva tolerancia debilita
y corrompe a la bondad; en el momento
de la pelea se debe ser severo
José Vasconcelos
ARTURO SUÁREZ RAMÍREZ/ @arturosuarez
Para que los regímenes autoritarios funcionen, deben existir contextos particulares: líderes demagógicos que, ante las carencias del pueblo, son bien aceptados; narrativas que prometen un futuro mejor. Nadie podría oponerse a frases como “por el bien de todos, primero los pobres”. Pero a la hora de hacer un corte de caja, cuando ya son gobierno, aparecen los errores, los pendientes acumulados y la eterna promesa de que lo mejor está por venir. Son, al final, encantadores de masas.
Una vez en el poder, utilizan los medios de comunicación del Estado no solo para transmitir sus mensajes, que para eso existen, sino también para ideologizar y eliminar cualquier ápice de crítica. Basta observar la programación de Canal Once o del Sistema Público de Radiodifusión, dirigidos por corifeos del régimen. Ambos han enfrentado conflictos; eso sí, cuentan hasta con “defensores de las audiencias” capaces de censurar a los suyos, como ocurrió con Sabina Berman tras su entrevista con el derechista Eduardo Verástegui. ¿No que muy plurales?
Otro instrumento ideologizante al que recurren los gobiernos para mantener el estatus es la educación. Todos han prometido alcanzar mejores niveles, pero con Morena la situación se agravó. Se presentó con bombo y platillo la llamada Nueva Escuela Mexicana: poner al centro a los más pobres, dignificar al magisterio y romper con la herencia “neoliberal”. Fue, en buena medida, discurso llevado al terreno político de la mano del SNTE y la CNTE.
No se puede negar que el mensaje fue potente frente a una realidad mucho más compleja. No es lo mismo la educación en las grandes ciudades que en las comunidades apartadas. Cuando llegó Andrés Manuel López Obrador, se canceló la Reforma Educativa, siempre bajo la lógica de respetar los acuerdos con los sindicatos que lo apoyaron. El péndulo pasó de un extremo al otro: se desdibujó la evaluación, se debilitó la exigencia académica y se sustituyó la discusión pedagógica por la ideológica, cerrando la pinza con los programas sociales y alentando una sociedad menos reflexiva.
Ideologizar se entiende como “el proceso de imbuir o impregnar a personas, instituciones o conceptos con una ideología o conjunto de ideas específicas, a menudo políticas, sociales o religiosas, para influir en su forma de pensar y actuar”.
En ese terreno, los regímenes populistas se mueven con soltura. Si a ello sumamos los años de pandemia, que generaron un retraso de al menos una década en el aprendizaje, el fenómeno se vuelve más claro. También debe considerarse la brecha digital, que evidenció la desigualdad estructural del país. Ahí está el rezago en lectura, matemáticas y comprensión; es una bomba de tiempo que apenas comenzamos a dimensionar.
En el sexenio del Pejelagarto llegó la tormenta de los libros de texto gratuitos, encargados no a especialistas independientes, sino a uno de los ideólogos de la 4T. Desde la Secretaría de Educación Pública se defendieron como instrumento de transformación social; críticos y académicos señalaron errores conceptuales, falta de rigor, carga ideológica y opacidad en su elaboración. El responsable fue Marx Arriaga, a quien defendieron a capa y espada.
Mario Delgado, titular de la SEP, tomó la decisión de retirar del cargo a Marx Arriaga; seguramente consultó a la presidenta, quien dio luz verde. Lo demás son pataletas de uno de los marxistas más recalcitrantes de la 4T. Que su salida sirva para revisar los materiales, corregir el rumbo e intentar saldar una deuda histórica con la educación.
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Hasta la próxima.
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