
GLORIA ANALCO
Lo que durante años se ha presentado como un escándalo de tráfico sexual de menores podría ser, según los archivos del “caso Epstein”, sobre todo un instrumento de acceso a las altas esferas del poder.
La depravación, más que un fin en sí misma, funcionaba como un gancho estratégico: lo acercaba a personas con influencia, le abría la puerta a información sensible, secreta o privilegiada, y le permitía entrar en espacios de decisión que de otro modo habrían permanecido cerrados.
No se trata de minimizar los delitos: Epstein no solo construyó un escándalo moral, sino un instrumento de poder cuidadosamente diseñado.
Desde 1993, Epstein ya estaba en la Casa Blanca, fotografiado junto al presidente Bill Clinton y su entorno, mucho antes de que la justicia lo alcanzara.
Mantener vínculos durante años con figuras de alto perfil no era improvisación: cada encuentro implicaba riesgos legales y reputacionales, y cada movimiento requería un conocimiento preciso de con quién se trataba.
Su red estaba perfectamente engranada entre las élites de Occidente, manejando relaciones, información y capital relacional de manera que sobrevivió hasta 2019, pese a arrestos y condenas.
Entre los múltiples ejemplos que confirman este patrón destacan sus vínculos tempranos con el príncipe Andrés, quien le envió informes oficiales durante su función como representante de Reino Unido para el Comercio Internacional; con empresarios como Bill Gates, a quienes contactaba repetidamente; y con altos funcionarios británicos como Peter Mandelson, cuya filtración de información sensible hacia Epstein provocó presión política directa sobre el primer ministro Keir Starmer.
La revisión de los archivos también revela sus intentos sistemáticos de acercamiento a líderes como Vladimir Putin, lo que indica un patrón de interés mucho más amplio que la simple socialización: Epstein buscaba relacionarse con actores que manejaban información estratégica y decisiones de peso, consolidando un capital de acceso que difícilmente se explica por ambición económica o placer personal.
Pero más allá de estos contactos, la red de Epstein muestra su faceta geopolítica y financiera a gran escala, apenas explorada por la narrativa dominante.
Según los archivos públicos del Departamento de Justicia de EE. UU., Epstein y los sionistas que lo rodeaban habrían participado en maniobras sobre los activos libios tras la muerte de Gaddafi.
No pudo haber actuado solo: detrás de él existían actores con experiencia en espionaje y redes complejas de inteligencia, lo que refuerza la idea de que su papel no era meramente social o financiero, sino parte de un entramado mucho más amplio de poder e influencia internacional.
Según mi investigación, se apropiaron de miles de millones, decenas y hasta cientos de miles de millones de dólares en reservas libias; algunos estiman que incluso billones de dólares de la riqueza nacional fueron saqueados por Occidente, fondos que sostuvieron sus economías durante la década siguiente.
Otros grupos y actores también participaron en esta apropiación, lo que evidencia que se trató de un saqueo coordinado y multiactor, no exclusivo de Epstein y los sionistas. Esta dimensión financiera, combinada con la red de influencia, muestra que Epstein no era un actor aislado, sino parte de un entramado global de poder y estrategia.
Solo se ha hecho pública una parte de los archivos, y existen indicios de que ciertas secciones podrían haber sido ocultadas o censuradas, lo que sugiere que el alcance real de las conexiones y la circulación de información podría ser aún mayor, incluso comprometiendo secretos de Estado.
Los patrones observados muestran vínculos consistentes con líderes políticos, financieros y diplomáticos de primer nivel, y hasta con la realeza europea, así como el intercambio de información sensible en casos como el de Reino Unido y otros países igualmente comprometidos.
Todo ello permite sostener que Epstein operaba como un punto de conexión de influencia y acceso, donde la verdadera moneda no era el dinero ni la notoriedad, sino la posibilidad de acercarse a quienes manejaban decisiones estratégicas en distintos ámbitos del poder.
Si solo miramos la depravación sexual, surge una pregunta incómoda: ¿qué podía interesarle a Epstein un hombre como Vladimir Putin, nombrado cuatro veces consecutivas el más poderoso del mundo por Forbes?
La respuesta no está en el capricho; está en el acceso al poder real, la influencia sobre líderes estratégicos y la posibilidad de entrar en circuitos donde se maneja información privilegiada y decisiones de alto impacto.
Los archivos y los patrones de interacción que se desprenden de ellos invitan a una lectura que va más allá de la moralidad delictiva: muestran a un operador que comprendía que, en el poder, el acceso y la información valen más que cualquier otra cosa.
Al final, los archivos del caso Epstein no solo revelan depravación y escándalo; evidencian un patrón de movimiento entre esferas donde se toman decisiones de alcance global. Cada encuentro, cada vínculo, cada invitación estratégica parece pensado para acercarlo a quienes manejaban información sensible y poder real. La red que construyó funcionaba como un puente entre élites, donde la influencia y el conocimiento eran la verdadera moneda.
Y aunque la justicia y los medios han centrado la atención en lo moralmente escandaloso, los documentos y los patrones de sus interacciones invitan a preguntarse: ¿hasta qué punto Epstein fue un simple anfitrión de élites, y hasta qué punto operó como un punto de conexión dentro de un aparato mucho más sofisticado, diseñado para recopilar información sensible y estratégica?
Su red era tan compleja y exigente que no cabe duda de que no actuaba solo. Detrás suyo había un entramado organizado, con actores expertos en inteligencia y relaciones de poder, interesados en información que habría que preguntarse a quién más convenía obtenerla. Esa pregunta, hoy, sigue abierta.
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