
SARA LOVERA
SemMéxico, CIUDAD DE MÉXICO. Acabo de enterarme de que febrero es el mes de la purificación, una oportunidad para limpiar el alma, renovar la energía y prepararse para un nuevo ciclo, subrayado al inicio del periodo legislativo que habrá de tomar decisiones que definirán el sexenio de Claudia Sheinbaum Pardo.
También febrero, según los romanos, es el mes de la muerte. Hoy vivimos un ambiente de tensión política, con muchas aristas, que en la gobernanza y el Legislativo probará la fortaleza o debilidad de las mujeres colocadas en el poder real.
A prueba está el sector del feminismo que aplaude la llegada de las mujeres a la toma de decisiones, dicen, para cambiar el rumbo, el camino de la democracia, donde nadie se quede atrás; ellas, para encabezar reivindicaciones largamente anheladas: las de la clase trabajadora y de las y los pobres, los derechos humanos y la igualdad.
La agenda es inmensa, parte planteada en la agenda legislativa, en el momento de las mujeres. Está en sus manos el rumbo: resolver la Reforma Electoral, donde no se pierda la pluralidad y la libre expresión; en la reforma laboral, el paso histórico para decretar las 40 horas semanales para la jornada laboral, que en la lógica histórica implica dos días de descanso, es decir, la justicia obrera para que jóvenes y mujeres accedan a todas las oportunidades de desarrollo.
Esa reforma laboral beneficiaría, al menos a 15 millones de mujeres trabajadoras, para un mejor equilibrio vida-trabajo, con tiempo para el descanso, el autocuidado y la atención a su salud, aspectos rezagados históricamente por las largas jornadas de trabajo sin remuneración. ¿Será posible que el partido gobernante sea consciente?
Pareciera que el grado de dificultad económica y social está en manos de Morena, donde asoman contradicciones varias.
Lo importante es que las mujeres, como nunca, desde el poder, están a prueba. ¿Serán o no cómplices cuando Morena oculte corruptelas y candidaturas machistas y delincuenciales? ¿Evadirán el sentido de la jornada laboral que debería contener dos días de descanso, como delinea la Organización Internacional del Trabajo? ¿Dejarán pasar, una vez más, la escasa inversión para el Sistema Nacional de Cuidados? ¿O avanzarán, escuchando sin dogmatismo a las oposiciones que claman ser escuchadas en estos grandes asuntos?
La actuación de Claudia Sheinbaum Pardo, Laura Itzel Castillo Juárez y Kenia López Rabadán es genérica. Tres mujeres que en esta coyuntura están colocadas, por sus cargos, en posiciones clave para definir ese rumbo.
Históricamente, el feminismo busca interpelar al poder patriarcal: esa es su misión, para lograr la justicia laboral para millones de mujeres que hacen trabajo no remunerado, equivalente al 25 por ciento del producto interno bruto. Tienen la oportunidad de enfrentar la violencia contra las mujeres y están obligadas a materializar la paridad efectiva; podrían atender profundamente problemas como el matrimonio forzado y el embarazo infantil. No pueden negar a las buscadoras y desaparecidas: tienen los diagnósticos, saben dónde y cómo actuar. No pueden voltear la cara.
Mis cuestionamientos son básicos: estas mujeres pueden o no activar el poder del Estado. Por primera vez en la historia es claro su poder. Agrego a la fiscal general, Ernestina Godoy Ramos, actora central para paliar la crisis de impunidad, con todos los hilos para la prevención de la violencia de género.
Una más es la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez Velázquez, encargada de gestionar los acuerdos políticos en todo el país; en sus manos está el conocimiento de las corruptelas estatales y municipales, la actuación del funcionariado y el tamaño y localización de los conflictos sociales.
Cambiar a México, desde luego, no es sencillo. Ellas tienen la palabra. Veremos.
*Periodista, editora de género en la OEM y directora del portal informativo semmexico.mx.
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