PALABRAS MÁS/ ¡Indigno!

El sentido del mundo tiene que residir

fuera de él y, por añadidura,

fuera del lenguaje significativo

Ludwig Wittgenstein

ARTURO SUÁREZ RAMÍREZ/ @arturosuarez

Hace unos días tomé un café con un par de amigos que recién se jubilaron del sector salud. Trabajaron durante años en hospitales del Gobierno de la Ciudad de México y también en el ISSSTE. La coincidencia en la conversación fue clara: la creciente demanda de los usuarios, la falta de planeación e inversión y las malas prácticas han llevado a un servicio deficiente que, desde 2018, se ha agudizado, sumiendo a algunas áreas en crisis extremas.

Aquello de que tendríamos el mejor sistema de salud del mundo fue una promesa sin sustento, una propuesta del Pejelagarto cimentada en la demagogia de un populista al que se le vino encima una pandemia como la del Covid-19, mal manejada; la desaparición del Seguro Popular; el discurso de la corrupción en las compras que no dejó a nadie en la cárcel; y, por si fuera poco, el desabasto de medicamentos, con todo y su “farmaciotota” que una mañana se le ocurrió anunciar frente a las cámaras. Eso, dicen los médicos jubilados, se llama jugar con la salud.

Otro amigo, que trabaja en el Hospital de Troncoso, en varias ocasiones me ha enviado mensajes con material sobre el desabasto. En las fotografías aparecen, marcados con plumón rojo, los faltantes y la petición de que se haga público para que algo se pueda hacer. Obviamente, ellos no pueden hacerlo por las represalias que podrían enfrentar. En otra ocasión, me mostró el trato que se da a los cadáveres, que los camilleros deben bajar cargando por las escaleras porque los elevadores no funcionan. Eso es el pan de todos los días en muchos hospitales del país. Quiero decir: ojalá fuéramos como Dinamarca, pero al que se le ocurrió esa comparación lo atendieron en el Hospital Militar; eso no sucede con el grueso de la población.

Qué decir de las historias que, de manera indiscutible, se entretejen todos los días entre los usuarios: malos tratos, negligencia, citas lejanas, falta de aparatos o equipos descompuestos por el uso extremo. Es una realidad que la gente muere esperando estudios o cirugías, aunque la narrativa oficial diga otra cosa. No se puede esperar algo diferente: todos los gobiernos han prometido un sistema mejor.

A la presidenta Claudia Sheinbaum se le han presentado reclamos por el servicio médico en más de una ocasión. La semana pasada tuvo que bajar de su camioneta para escuchar, mientras le gritaban “no somos politiquería”, el mismo calificativo que ella y su mentor han usado para quienes se quejan del desabasto y los malos servicios. Es parte de la herencia maldita del Pejelagarto y todo indica que estamos lejos de ver un buen final.

Ahora esos reclamos alcanzaron a Martí Batres. Durante un encuentro público, Uriel Rodríguez, derechohabiente del ISSSTE, encaró al director general y denunció que su hija enferma lleva cuatro años sin recibir la atención médica necesaria, lo que desató reclamos de otros usuarios por el desabasto de medicamentos y el mal servicio en esa clínica. La cara descompuesta del funcionario lo dijo todo, y no faltó quien intentara silenciar al quejoso. Afortunadamente, Batres aguantó y prometió atención inmediata.

Estos no son casos aislados ni exageraciones: son escenas repetidas de un sistema que se prometió distinto y terminó siendo igual o peor. Mientras el discurso insiste en narrativas triunfalistas, la realidad se impone en pasillos sin medicinas, elevadores descompuestos y pacientes que esperan lo que nunca llega.

“Si mi niña se hubiera muerto, qué hago, a quién le reclamo, quién me la va a devolver” le dijo Uriel Rodríguez a Martí Batres. La salud no admite propaganda ni paciencia infinita; cuando el Estado falla en lo más básico, lo que se pierde no es solo la confianza, sino hasta la vida.

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Hasta la próxima.

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