
LUIS RAMÍREZ VAQUEIRO
“Soberbia y orgullo son lo contrario de la humildad”. – P. Mariano Esteban Caro.
XALAPA, Veracruz. Bien se dice que político que no es ave de tempestades no es político. En ese axioma popular cabe, sin esfuerzo, la figura de Marcelo Ebrard Casaubón, hoy colocado —otra vez— en el ojo del escrutinio público y, por qué no decirlo, en medio del huracán político que él mismo ayudó a formar.
La pregunta obligada es clara y directa: ¿por qué Marcelo Ebrard se activó con los contras de Morena y decidió tender puentes con los desechos del poder del viejo MCPRIAN? La respuesta no está en la ideología, ni en la defensa de principios, sino en algo mucho más simple y humano: el miedo a perder por tercera ocasión la carrera antes de arrancar.
En el altiplano se afirma —y no en voz baja— que Omar García Harfuch aparece muy por encima de Ebrard en las encuestas. Ese escenario no le es ajeno. Ya lo vivió dos veces: primero cuando Andrés Manuel López Obrador lo rebasó en la contienda por la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México; después, cuando Claudia Sheinbaum le ganó con claridad la encuesta presidencial. Dos derrotas que no solo dejaron huella política, sino una herida personal que nunca cerró del todo.
Marcelo Ebrard no es un político de masas, no es cercano al pueblo ni cómodo en el territorio. Es un hombre de élites, de salones cerrados, de acuerdos cupulares y cafés finos. Le incomoda el “ras de suelo” y le seduce, en cambio, la lógica del negocio y la administración del poder como mercancía. No es casual que, pese a su largo recorrido, nunca haya logrado construir una base social auténtica y leal.
El economista —porque eso es antes que militante— no es un hombre de izquierda. Es acomodaticio, pragmático hasta el cinismo, y a estas alturas aún no entiende —o no quiere entender— la esencia de la Cuarta Transformación. Para Ebrard, la política se cocina en las cúpulas; el pueblo es espectador, no actor. Mucho menos los “afortunados” que, sin apellidos ilustres ni padrinazgos históricos, llegaron al poder por aferrarse al proyecto de Andrés Manuel López Obrador.
Desde esa lógica, mientras más elitista sea quien controle el poder, más fácil es administrar el statu quo. Por eso no resulta extraño que la incursión de personajes afines a su visión —como los Yunes de Boca del Río— le resulte no solo funcional, sino estratégica. No es una alianza ideológica, es coyuntural, fría y calculada.
En esa apuesta estratégica queda expuesta otra de las contradicciones de Marcelo Ebrard: se recarga en los Yunes, una familia política experta en perder elecciones clave, derrotada una y otra vez cuando el escenario deja de ser controlado y la voluntad popular se impone. Ebrard confía en un capital político que se ha ido agotando en las urnas, mientras ignora —o minimiza— un hecho contundente: Rocío Nahle ha ganado todas las contiendas difíciles que ha enfrentado, desde las más técnicas hasta las más rudas en el terreno político. Nahle no hereda estructuras ni apellidos; construye victorias. La diferencia es de fondo: unos viven del recuerdo del poder, ella del ejercicio efectivo y comprobable del mismo.
Veracruz no es un detalle menor: es uno de los tres bastiones electorales más importantes del país. Controlar ese territorio significa asegurar un caudal de votos decisivo. Para los hoy inmobiliarios del poder en Boca del Río, y para un Ebrard urgido de oxígeno político, el acuerdo cae como anillo al dedo.
Marcelo Ebrard vuelve a apostar a lo que mejor conoce: el reacomodo desde arriba, la negociación con lo que queda del viejo régimen, la tormenta como método. El problema es que, en la era de la 4T, las tempestades ya no siempre elevan a las aves: a veces las exhiben… y las dejan sin refugio.
Al tiempo.
“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx
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