
EDUARDO MERAZ
Violencia y muertes en y entre cercanos a la clase política en los meses recientes, en especial durante el primer mes del año en curso, no es un fenómeno aislado ni un accidente del destino: es el síntoma de un desgaste profundo, de una ruptura de los lazos que alguna vez unieron al poder político con los sectores incómodos del crimen organizado.
Como en las viejas coplas que dicen: “si los lazos que nos unen, se llegaran a romper, que se acabe ahorita mismo, la existencia de mi ser”, la fractura parece inevitable, y con ella, el riesgo de que las lanzas se crucen en un enfrentamiento abierto.
Cada vez son más frecuentes y evidentes los caminos de la violencia entre la clase gobernante y el sector incómodo, como se ha visto en los últimos días, con el atentado a los diputados de Movimiento Ciudadano, y el asesinato de familiares del secretario de Educación Pública, Mario Delgado Carrillo.
Estos hechos son apenas la punta visible de un iceberg, en donde se revelan inconformidades acumuladas y estados de ánimo exaltados, por el cariz adquirido en las relaciones entre quienes gobiernan y quienes, desde las sombras, han sido socios incómodos, a causa de las nuevas circunstancias, tanto nacional como internacionalmente.
La violencia política, ya sea de género o no, se convierte en lenguaje, en advertencia, en recordatorio de que los pactos tácitos ya no garantizan fidelidades.
La renovación de los tres poderes de la unión en México, entre 2024 y 2025, implicó la recomposición interna de las alianzas existentes en la administración anterior. Los equilibrios que sostenían la administración anterior se desmoronaron, y en su lugar surgieron nuevas configuraciones, más frágiles, más tensas.
Como elemento adicional y de un peso específico mayúsculo, fue la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, sobre todo si consideramos que la política mexicana, siempre permeable a los vientos del norte, se ve obligada a adaptarse a un proceso de reingeniería que no está exento de crudeza ni de violencia.
La suma de estos elementos ha conducido a un reconfiguración de los responsables en la toma de decisiones en ambos lados de la frontera; proceso de reingeniería no exento de crudeza y violencia, pues la confianza entre antiguos socios se ha ido perdiendo.
La entrega de prácticamente un centenar de capos o barones de las drogas mexicanos a Estados Unidos, pasando por encima de acuerdos y leyes, pone en tela de juicio las lealtades y fidelidades que los habían convertido prácticamente en un solo cuerpo.
México se encuentra, pues, en un momento liminar: un umbral donde los viejos pactos se desmoronan y los nuevos aún no se consolidan. La clase política, atrapada entre la necesidad de mostrar firmeza y la urgencia de sobrevivir, enfrenta un dilema que no admite soluciones fáciles; el crimen organizado, por su parte, se siente traicionado, desplazado, obligado a redefinir sus estrategias.
El resultado es un escenario donde los caminos de la violencia se multiplican, donde cada atentado, cada asesinato, es un mensaje cifrado en sangre.
Los lazos, que alguna vez fueron vínculos de complicidad, se han desgastado hasta romperse; las lanzas, que simbolizan el enfrentamiento abierto, se preparan para ser lanzadas, en un escenario donde el gobierno desconoce si la convienen más los lazos o las lanzas.
Mientras, el país entero se convierte en un campo de batalla simbólico, donde las alianzas políticas y criminales se acomodan bajo la presión de circunstancias nacionales e internacionales y la violencia deja de ser un fenómeno marginal para convertirse en el eje alrededor del cual gira la política.
Los atentados y asesinatos no son ya noticias excepcionales, sino parte del paisaje cotidiano, en un país que se acostumbra a vivir bajo la sombra de la amenaza, que aprende a leer los mensajes ocultos detrás de cada crimen.
La presión para que México entregue capos y barones de la droga no es solo una estrategia judicial: es también un gesto político que redefine las relaciones de poder; al ceder ante esa presión, el gobierno mexicano envía un mensaje claro a sus antiguos socios: las lealtades han cambiado, las prioridades son otras.
¿Será posible reconstruir nuevos lazos que sustituyan a los que se han roto? ¿O el país está condenado a vivir en un estado permanente de enfrentamiento, donde las lanzas se crucen una y otra vez?
La ruptura de los lazos entre política y crimen organizado no es solo un asunto de seguridad: es un cambio estructural que redefine la manera en que se ejerce el poder.
La copla inicial resuena como un eco trágico: “si los lazos que nos unen, se llegaran a romper, que se acabe ahorita mismo, la existencia de mi ser”. México parece estar viviendo ese momento: los lazos se han roto, las lanzas están listas.
El país entero aguarda, con el corazón en vilo, el desenlace de esta historia que se escribe día a día con tinta guinda.
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