
EDUARDO MERAZ
Después de casi medio siglo de ejercer, desde distintas trincheras, el oficio periodístico, me percato de la relevancia actual de la censura, pero sobre todo de aquellos dispuestos a ejercerla con tal fruición y vehemencia, como en los mejores tiempos de la Santa Inquisición.
La censura, esa vieja dama que nunca envejece, vuelve a pasearse por las calles de nuestra vida pública con el mismo aire solemne con que lo hacía en la época feudal.
Los límites al periodismo siempre han existido en nuestro país, así como la autocensura, pero en esta época el descaro en uno y otro bando -el externo y el autoinfligido-, nos revelan el dominio de la llamada “generación de cristal”, cuya sensibilidad es de tal magnitud, como antes y ahora es su caparazón para denostar a quienes han venido a sustituir.
Atrás quedan los sueños de una sociedad abierta y plural. Hoy, la censura no se oculta ya en sótanos oscuros ni se disfraza de decreto burocrático: se exhibe con descaro, se ejerce con fruición, se celebra como si fuera un acto de justicia.
Y lo más inquietante es que no solo proviene del poder político, sino también de los propios ciudadanos, que han aprendido no solo a censurar a los demás, sino censurarse a sí mismos, temerosos de la hoguera digital que se enciende en las redes sociales.
Por eso hoy se habla de una generación de cristal, no sólo en el plano social, sino fundamentalmente entre la mal llamada clase política, extremadamente sensible a cualquier crítica, meme o ironía se convierte en afrenta intolerable.
Los mismos que ayer exigían libertad absoluta para denostar a sus adversarios, hoy se sienten víctimas de acoso cuando reciben un comentario mordaz. La paradoja es evidente: quienes reclamaban la libertad de expresión como bandera, ahora la restringen con el argumento de la fragilidad emocional.
Los gobernantes actuales, que en su tiempo de oposición rogaban a los periodistas que les prestaran atención, hoy se han transformado en francotiradores desde sus atalayas moralinas.
No buscan el diálogo ni la confrontación de ideas: buscan el silencio del adversario y para lograrlo recurren a viejas tácticas que Maquiavelo habría aplaudido: crear medios alternativos que repitan la versión oficial, manipular la publicidad oficial para premiar a los dóciles y castigar a los críticos, ahogar financieramente a los medios incómodos hasta llevarlos a la inanición.
La censura, en este sentido, no necesita decretos ni leyes explícitas. Basta con el control discrecional de los recursos públicos, con la amenaza velada de retirar contratos, con la presión constante de campañas de desprestigio. Es un mecanismo sutil, pero devastador, que convierte la libertad de prensa en una lucha heroica.
Desde tiempos inmemoriales, este ha sido el camino más socorrido por los hombres del poder para establecer los términos de su relación; otro, ha sido la compra de medios, de voces, de voluntades en el gremio.
Como efecto de este comportamiento del poder, existe cada día un mayor número de adeptos, a través del ejercicio legal, ilegal o convenenciero de la censura.
Sin embargo, en la presente década, la censura ha adquirido un papel protagónico, en esos afanes de conquistar el alma de los mexicanos y tener una visión única, casi tan perfecta que dejaría de ser humana.
Pero quizá lo más preocupante no sea la censura externa, sino la autocensura: el periodista que mide cada palabra para no incomodar, el ciudadano que calla su opinión por miedo a la lapidación digital, el académico que suaviza sus conclusiones para no ser acusado de parcialidad.
Y es en este escenario donde los gobernantes de estos días se desnudan, mostrando sus miserias y queriendo que la censura se instale en nuestra conciencia como un verdugo interior, siempre dispuesto a recordarnos que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Para ellos, mientras haya poderosos dispuestos a controlar y ciudadanos dispuestos a callar, la censura seguirá viva.
De ahí que uno de los apotegmas del cuatroteísmo: “censuro, luego existo”, lo ondean para no atragantarse de verdad.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
El Ejército Mexicano y la Fuerza Aérea Mexicana desplegaron 1,600 efectivos, incluyendo 90 integrantes del Cuerpo de Fuerzas Especiales, en los municipios de Culiacán y Mazatlán, Sinaloa, para reforzar la seguridad en la entidad.
Es la enésima vez que tratan de tapar el pozo de la violencia en Sinaloa y ninguna fórmula ha dado resultado. Debe ser altamente frustrante para las fuerzas armadas el papel que les asignan.
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