PALABRAS MÁS/ ¿Cuál trabajo?

La realidad es simplemente una ilusión,

aunque una muy persistente

Thomas Stearns Eliot

ARTURO SUÁREZ RAMÍREZ/ @arturosuarez

La construcción de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos tomó años. Por ahí pasaron personajes que hicieron un buen papel y otros no tanto, pero sin lugar a dudas la peor ha sido Rosario Piedra Ibarra: una militante abiertamente de Morena, adoradora de López Obrador, con un apellido histórico y simbólico en la lucha de las buscadoras, y con la enorme responsabilidad de ser la voz de las víctimas ante el gobierno, pero que en muchos casos prefirió el silencio y la opacidad.

El Pejelagarto la defendía cuando se le criticaba. Creía que los abusos de poder por parte de las autoridades y del gobierno se habían terminado simplemente por decreto. Nada más erróneo que eso. Ahí quedaron la falta de fármacos para la población, la indefensión del personal médico durante la pandemia por covid-19, el trato a los migrantes y una larga lista de agravios; no alcanzaría el espacio de este comentario para dar detalles.

La CNDH, como otras instituciones, no fue pensada para ser una oficina de trámites, mucho menos una extensión del gobierno en turno. Su función es la defensoría de las víctimas, emitir recomendaciones y acompañar a quienes han sido vulnerados por el Estado, aunque eso signifique incomodar a los amigos. Pero cuando se debe el cargo, resulta difícil. Durante el periodo de Piedra Ibarra, la institución que encabeza ha parecido más preocupada por no molestar que por cumplir su mandato constitucional, y se ha montado en la narrativa de culpar a los medios por las severas críticas.

En su más reciente comparecencia ha dicho que todo es un tema de percepción, que la CNDH está en un periodo de transformación y que se terminó con la “simulación” para colocar al centro a las víctimas y el bienestar social. Mientras tanto, la oposición y diversas organizaciones la acusaron de maquillar cifras, de falta de autonomía y de guardar silencio frente a casos de desapariciones, la militarización del país y la postura ante la prisión preventiva oficiosa.

Cabe recordar que Rosario Piedra Ibarra no era la primera opción de la presidenta Claudia Sheinbaum. Su permanencia fue resultado de una maniobra de Adán Augusto López para conservarla en el cargo; incluso fue quien obtuvo el puntaje más bajo por su desempeño en el primer periodo. En su visita a San Lázaro, ante la Comisión Permanente, Piedra Ibarra tuvo la oportunidad de reivindicar su papel, reconocer errores y enviar un mensaje claro de independencia. Prefirió atrincherarse en una defensa política de su gestión e ignorar los reclamos de colectivos, organizaciones civiles y familiares de víctimas que desde hace años exigen una CNDH activa, empática y valiente.

Dice Rosario Piedra que “han querido desvirtuar nuestro trabajo”. ¿Cuál? Es experta en los brazos caídos: se asume como víctima de ataques, pero evita responder. El silencio sistemático ha sido su respuesta ante ejecuciones, desapariciones, abusos militares y la crisis de derechos humanos que vivimos. Una CNDH subordinada al poder no defiende derechos: los administra políticamente.

¿Dónde está la CNDH y su titular en un país donde los agravios se cuentan por miles? Esa omisión también es una forma de violencia… pero mejor ahí la dejamos.

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Hasta la próxima.

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